La grieta en el lateral del casco de Lorenzo emitía un siseo constante, un silbido sutil pero terrorífico que marcaba la entrada del veneno ambiental en su sistema de soporte: Sssssssssssssss! Cada bocanada de aire que inhalaba sabía a óxido, azufre y a esa resina ácida tan característica de la Colonia Beta que ya flotaba en densas volutas purpúreas sobre el Desfiladero de las Piedras. El dolor en sus pulmones comenzó como una quemadura leve, una opresión detrás del esternón que amenazaba con nublarle la vista, pero Lorenzo obligó a su mente a concentrarse en la superficie de la vía. Su terminal de muñeca continuaba parpadeando con desesperación, tiñendo el policarbonato de su visor con destellos de color carmín: Fshhh....Tsuk...Fshhh... Fshhh...Tsuk... !! Alerta. Critica:, Saturación de bioesporas en cámara de mezcla.Tiempo de conciencia estimado :,3 minutos.. A su lado, Pedro mantenía el peso de su cuerpo sobre la pierna sana, aferrando el tubo de hierro galvanizado con ambas manos. Sus dedos enguantados temblaban debido a la fatiga muscular acumulada desde el taller de la gasolinera, pero sus ojos permanecían fijos en la masa de caparazones de obsidiana que caía desde las ramas altas de los pinos. El enjambre ya no volaba en círculos; las obreras venenosas se arrastraban unas sobre otras, formando una alfombra de quitina negra que avanzaba por el suelo de la plataforma sur, cerrando cualquier posibilidad de retirada hacia los talleres.
—Lorenzo... el saliente —dijo Pedro, señalando con la barbilla hacia el borde del precipicio, justo debajo de los restos de la caseta de hormigón—. Si saltamos ahora, caeremos sobre la repisa de mantenimiento de la antigua tubería de desagüe. Son unos tres metros de caída. Con mi pierna así va a ser un impacto brutal, pero es la única forma de salir de la línea de visión directa de esas cosas.
—Haremos el salto juntos, Pedro —respondió Lorenzo, levantando la pesada llave de perro para golpear a una obrera que acababa de lanzarse contra su pecho.
El impacto partió la sección delantera del insecto, pero el fluido purpúreo volvió a salpicar los cables de sujeción rotos que colgaban sobre el vacío.
—A la de tres... Una... dos... ¡tres!
Los dos supervivientes se impulsaron hacia atrás, abandonando el borde de la pista forestal justo cuando la masa principal del enjambre cubría la roca donde habían estado parados un segundo antes. El vacío los engulló durante un instante eterno, hasta que sus botas impactaron con un estruendo metálico sobre la pasarela de rejilla de la vieja tubería de purga de la cantera.
El impacto fue demoledor. Pedro soltó un grito ahogado a través del modulador cuando su tobillo herido cedió por completo, haciéndole rodar sobre la estructura de hierro oxidado. Lorenzo cayó de costado, amortiguando el golpe con el hombro derecho, sintiendo cómo la junta agrietada de su casco se abría un milímetro más por la desaceleración. El aire del foso era aún más denso; una calima ocre y tibia subía desde los subniveles de la estación, flotando alrededor de los grandes remaches de la tubería como un vapor maldito.
La mesa de control norte.
Al otro lado del desfiladero, en el interior de la tienda de mando del puesto avanzado del ejército, el caos administrativo era total. Susana y Vanesa permanecían de pie, escoltadas por dos soldados armados, mientras el oficial de contención tecleaba frenéticamente en la consola de transmisiones tácticas por satélite.
Sobre la mesa de campaña, la maleta de aluminio permanecía abierta. Los viales del suero neurovascular brillaban bajo los fluorescentes militares con un tono azul cobalto estabilizado gracias a la energía de los acumuladores.
—¡Tengo la verificación molecular del complejo de laboratorios periféricos! —gritó el técnico de transmisiones, quitándose los auriculares de un tirón—. Señor, el código del antídoto coincide con los registros del proyecto original del subsuelo. Es el compuesto neurovascular puro. El factor de curación molecular es del noventa y ocho por ciento frente a la mutación Beta.
Susana dio un paso al frente, apoyando las palmas de sus guantes sobre el borde de la mesa de mapas.
—¡Entonces detenga los aviones! —bramó, con la voz quebrada por la angustia—. Mis compañeros están en la ladera sur. Si lanzan el fósforo blanco, el fuego químico destruirá el suero que queda en sus trajes y erradicará cualquier posibilidad de replicar el antídoto a gran escala. ¡Quedan menos de siete minutos!
El oficial de contención levantó la vista de la pantalla de fósforo verde, con el rostro tenso tras la máscara de triple filtro.
—La escuadrilla de bombarderos "Fénix" ya ha cruzado la línea de no retorno sobre el embalse del norte, civil. Están en la fase de descenso automático por guiado láser. El sistema central del Sector requiere una confirmación física de que el vector biológico no ha quebrado el perímetro. Si cancelo la orden de erradicación sin una lectura de aislamiento total en el foso, el alto mando me procesará por traición biológica antes de que acabe el día.
—¡Pues use las ametralladoras pesadas del perímetro para limpiar la entrada del búnker sur! —intervino Vanesa, señalando los monitores de vídeo de los binoculares de largo alcance—. Lorenzo y Pedro han bajado a la tubería de purga. Si mantenéis el fuego de cobertura sobre la cornisa superior, las obreras no podrán bajar a por ellos mientras tramitáis la contraorden.
El oficial dudó durante tres segundos que parecieron horas en el interior de la tienda de campaña. El sonido sordo y lejano de los motores a reacción de los cazas de combate comenzó a filtrarse desde las nubes altas del norte, un rugido sibilante que anunciaba el inicio del fin para San Miguel de las Piedras.
—Transmisiones... conecta la línea directa con el líder de la escuadrilla Fénix —ordenó finalmente el oficial, ajustando el dial de su radio de alta frecuencia—. Vamos a intentar una retención de impacto de tres minutos basados en la recuperación del material científico. Pero si esa masa negra del sur se mueve un solo metro hacia los cables caídos... yo mismo daré la orden de abrir los depósitos de fósforo.
La boca de la reina.
Abajo, en la penumbra de la pasarela de la tubería, Lorenzo ayudaba a Pedro a arrastrarse hacia el arco de ladrillo que marcaba la entrada al túnel de mantenimiento tapiado. La reja de hierro estaba cubierta de cemento bruto, tal como había advertido el teniente Jiménez a través de la radio, pero un pequeño hueco en la base del forjado, provocado por las filtraciones de agua de la montaña, abría una rendija de apenas medio metro de ancho.
—Entra primero, Pedro... —dijo Lorenzo, cuya voz ya sonaba pastosa y entrecortada debido a la hipoxia y a los primeros efectos neurotóxicos de las esporas que se filtraban por su casco—. Pasa el tubo de hierro... yo iré justo detrás...
Pedro se deslizó de vientre por el lodo grisáceo del canal, arrastrando su pierna herida con un esfuerzo sobrehumano. Al quedar la mitad de su cuerpo en el interior del búnker tapiado, se detuvo en seco, y un jadeo de puro pánico inundó el intercomunicador.
—Lorenzo... la tubería... no estamos solos aquí abajo...
Desde el fondo de la galería técnica que corría por debajo del desfiladero, un temblor sordo hizo crujir los ladrillos del forjado. El fluido ambarino que goteaba de las juntas comenzó a fluir con mayor velocidad, arrastrando pequeños fragmentos de caparazones viejos. De la oscuridad absoluta del subnivel emergió un brillo violeta de una intensidad electromagnética que hizo que las pantallas de sus trajes NBQ emitieran estática pura.
No era un soldado, ni tampoco una obrera calcificada. Dos inmensas antenas translúcidas, de más de dos metros de longitud y cubiertas de filamentos nerviosos que palpitaban con luz propia, asomaron por el recodo del conducto. Detrás de ellas, una cabeza monumental de quitina blanca y segmentada, carente de ocelos pero dotada de unas mandíbulas triples que se abrían en abanico, comenzó a avanzar por el canal de purga.
La Reina de la Colonia Beta había abandonado las incubadoras de la estación ferroviaria. Sabiendo que su enjambre exterior estaba siendo diezmado por las ametralladoras pesadas del ejército en la superficie, la soberana de la plaga bajaba por las arterias técnicas del subsuelo para interceptar a los dos últimos núcleos de calor humano que se atrevían a respirar en los límites de su territorio.
Lorenzo se quedó congelado en la pasarela, con la llave de perro de fundición alzada en su mano derecha, mientras el rugido de los aviones de combate en el cielo del norte se transformaba en un trueno definitivo que anunciaba el inicio de los últimos sesenta segundos de la cuenta atrás.
Fin del Capítulo 18.