El aire en el interior del casco de Lorenzo se había convertido en un veneno espeso que le quemaba la garganta con cada bocanada. El siseo de la fisura lateral (¡Sssssssss...!) sonaba como una burla mecánica en mitad de la penumbra del foso, mientras el parpadeo carmín de su terminal de muñeca proyectaba sombras intermitentes sobre la inmensa cabeza de la Reina.
La soberana de la Colonia Beta avanzaba por el canal de purga con una lentitud majestuosa y aterradora. Su caparazón de quitina blanca, translúcido en los extremos, permitía ver el fluir de los impulsos bioluminiscentes violetas que recorrían su sistema nervioso central. Las mandíbulas triples se abrían y cerraban en un abanico perfecto, desprendiendo hilos del fluido ambarino que siseaba al entrar en contacto con el agua estancada de la pasarela.
Fshhh...Tsuk...Fshhh...Tsuk!!
—¡Lorenzo, muévete! ¡Entra de una vez! —el grito de Pedro resonó en los auriculares, distorsionado por el pánico y el eco del hormigón. Desde el otro lado del muro tapiado, los dedos enguantados de Pedro se estiraban desesperadamente a través de la rendija inferior de medio metro, intentando alcanzar las botas de su compañero.
Lorenzo no se movió. Sabía que si intentaba reptar de espaldas por el fango grisáceo en ese mismo instante, su traje NBQ, rígido y desgastado, se atascaría en el estrecho hueco de ladrillo, ofreciendo su espalda desprotegida a las mandíbulas de la bestia. Sus pulmones exigían oxígeno, pero solo recibían las esporas ácidas que la Reina exhalaba a través de sus espiráculos torácicos.
—Pedro... no voy a caber a tiempo —consiguió articular Lorenzo, sintiendo cómo el frío de la hipoxia comenzaba a entumecerle las yemas de los dedos—. Si esa cosa mete las antenas en el búnker, te disolverá en el conducto. Quédate atrás. ¡Quédate atrás, joder!
En ese preciso segundo, el cielo sobre el Desfiladero de las Piedras se rasgó por completo. El rugido sibilante de los cazas de combate "Fénix" se transformó en un estruendo ensordecedor cuando la primera oleada de bombarderos estratégicos niveló sus alas sobre la colina norte. No hubo alertas acústicas en el pueblo; el mando militar había automatizado la suelta de carga por coordenadas láser precisas.
La lluvia de fósforo.
Desde el andén de la carretera nacional, Susana y Vanesa vieron cómo las compuertas inferiores de los reactores se abrían en la penumbra. Una salva de proyectiles cilíndricos de color plata cayó en vertical sobre el casco urbano de San Miguel de las Piedras y la ladera boscosa del desfiladero.
La noche se convirtió de golpe en un mediodía químico y cegador. Al hacer impacto contra las copas de los pinos y los tejados de las estaciones, las bombas de fósforo blanco no generaron una onda expansiva destructiva, sino una dispersión masiva de partículas incandescentes que ardían a más de 1300^\circ\text{C} al entrar en contacto con el oxígeno del aire.
El fuego químico, de un blanco azulado y brillante que derretía los visores ópticos de las cámaras de control, descendió como una cascada de luz maldita sobre el bosque de las agujas grises. Los pinos centenarios se transformaron en antorchas instantáneas, y los millones de obreras venenosas de la Colonia Beta que cubrían la pasarela superior comenzaron a chillar, con los caparazones de obsidiana agrietándose y estallando bajo el efecto del calor extremo. El humo blanco, denso, pesado y altamente tóxico, comenzó a inundar el foso del desfiladero, bajando por las paredes de piedra caliza como una marea asfixiante.
—¡Lorenzo! ¡Pedro! —chilló Susana en el interior de la tienda de mando, rompiendo la línea de los soldados para golpear el cristal de los monitores tácticos. La pantalla térmica reflejaba una mancha blanca masiva que cubría todo el sector sur, borrando cualquier firma de calor humano bajo el océano de fuego.
El sacrificio de la luz.
En el fondo del canal, el resplandor blanco del fósforo iluminó las entrañas del arco de ladrillo con la intensidad de un relámpago continuo. La Reina, sensible a las radiaciones térmicas extremas, detuvo su avance un instante, alzando sus inmensas antenas translúcidas hacia la boca de la tubería, donde las primeras gotas de fuego químico comenzaban a escurrir desde las ranuras del techo.
Lorenzo supo que era su única oportunidad. Con un movimiento espasmódico, metió la mano derecha en el bolsillo lateral del chaleco táctico del Teniente Jiménez, el mismo que Vanesa había saqueado en la chimenea de la destilería. Sus dedos tropezaron con la superficie cilíndrica de la última bengala de magnesio de alta intensidad de la patrulla militar.
—A ver si te gusta este calor... maldita bicha —masculló Lorenzo entre dientes.
Con las últimas fuerzas que le quedaban en los brazos, golpeó el percutor de la bengala contra el riel de hierro oxidado que corría junto a la tubería. Un destello de magnesio blanco y cegador brotó del cilindro, emitiendo una llamarada incandescente que Lorenzo arrojó directamente al centro geométrico de las mandíbulas triples de la Reina.
El magnesio impactó de lleno en el tejido blando del interior de la boca de la criatura. Al entrar en contacto con el fluido ambarino de incubación, altamente cargado de compuestos alcohólicos y reactivos biológicos del subsuelo, la mezcla reaccionó de forma deflagrante. Una llamarada violeta y violenta estalló en el interior de la garganta de la Reina, extendiéndose por los filamentos nerviosos de sus antenas.
La soberana de la plaga soltó un alarido agudísimo, una frecuencia ultrasónica que reventó los moduladores de los auriculares de Lorenzo y Pedro, haciendo que los cristales de policarbonato de sus cascos vibraran hasta astillarse. La inmensa masa blanca de quitina comenzó a retorcerse en mitad del canal de purga, golpeando las paredes de ladrillo con su tórax hipertrofiado en un intento desesperado por apagar el fuego químico que devoraba sus centros sensores desde el interior.
Lorenzo se desplomó sobre el fango grisáceo, con la vista completamente nublada por el humo blanco del magnesio y la falta de aire. El segundero de su reloj de muñeca marcaba las 06:02 de la madrugada. San Miguel de las Piedras ardía bajo un manto de fósforo, y en la penumbra del búnker tapiado, la mano de Pedro se cerró finalmente sobre la lona del hombro de Lorenzo, tirando de él hacia la oscuridad de la zona muerta mientras la Reina colapsaba en llamas a sus espaldas.
Fin del Capítulo 19.