La Plaga Tétrica.

Capítulo 20: La quietud del amanecer químico.

​El silencio que siguió a la deflagración fue denso, pesado y absoluto, roto únicamente por el crujido del asfalto y las vigas de hierro que seguían enfriándose bajo la marea de fósforo en la superficie. El humo blanco, cargado con el olor de la quitina calcinada y el magnesio, flotaba en densas capas horizontales sobre el canal de purga, bloqueando por completo la luz del exterior. La Reina de la Colonia Beta yacía inmóvil en el centro de la galería técnica; su imponente caparazón de quitina blanca se había tornado grisáceo y quebradizo, y las antenas bioluminiscentes que antes palpitaban con fuerza destructiva eran ahora meros filamentos inertes y carbonizados.
​Pedro tiró del cuerpo de Lorenzo con las últimas fuerzas que le quedaban en los brazos. El esfuerzo le hizo morderse el labio inferior tras el visor, sintiendo cómo el dolor de su tobillo se transformaba en un pinchazo frío que le recorría toda la columna. Con un último impulso espasmódico, logró arrastrar las botas de Lorenzo a través del estrecho hueco del muro tapiado, introduciéndolo por completo en la galería de mantenimiento secundaria. Fshhh...Tsuk...Fshhh...Tsuk!!
El respirador de Pedro continuaba funcionando, pero el de Lorenzo emitió un silbido agudo y desfallecido antes de detenerse por completo. La junta lateral de su casco se había separado dos milímetros más durante el arrastre, dejando la cámara de mezcla desprotegida frente a la atmósfera residual del foso.
​—Lorenzo... Lorenzo, mírame —jadeó Pedro, arrodillándose sobre el suelo de hormigón limpio de la galería.
​Con los dedos entumecidos por el grosor de los guantes NBQ, Pedro buscó en el lateral del panel de baquelita de la pared el selector de purga manual de la sala técnica. Al presionarlo, un siseo de aire a presión comprimido —oxígeno de reserva almacenado en los calderines estancos del búnker desde los años sesenta— inundó la pequeña estancia aislada, barriendo los restos de humo ocre hacia los conductos exteriores de la montaña.
​La línea de vida.
​En el exterior, las lamas de la tienda de campaña militar del sector norte se abrieron de par en par. El oficial de contención salió a la carretera nacional escoltado por Susana y Vanesa, quienes se negaban a soltar la maleta de aluminio que contenía el suero neurovascular purificado.
​La vista sobre San Miguel de las Piedras era desoladora. El pueblo entero estaba cubierto por una alfombra de ceniza blanca y luminosa que seguía emitiendo pequeñas columnas de vapor químico. El enjambre de la plaza Mayor había desaparecido; millones de alas de obsidiana yacían acumuladas en los arcenes de la carretera, reducidas a una costra inerte por el fuego del fósforo. La plaga en la superficie había sido esterilizada con precisión quirúrgica, pero el precio del paisaje era el de un desierto radiactivo y gris.
​—¡Miren los monitores térmicos del foso! —gritó Vanesa, señalando la pantalla del vehículo de reconocimiento avanzado que avanzaba por el borde del desfiladero.
​La firma de calor de la Reina se había apagado por completo, pero en el centro del muro tapiado del subsector sur, dos pequeños puntos anaranjados comenzaron a pulsar con debilidad en el espectro infrarrojo. Eran dos firmas térmicas humanas, débiles pero constantes, protegidas por los muros de hormigón armado de la vieja cantera.
​—Están vivos... —Susana sintió que las piernas le flaqueaban por primera vez en toda la noche, apoyándose en el hombro de Vanesa—. El búnker los ha protegido del fósforo. Oficial, tiene que enviar al equipo de rescate ya. El aislamiento de Lorenzo estaba comprometido antes del salto.
​El oficial de contención observó las lecturas moleculares que parpadeaban en su terminal de muñeca. La concentración de bioesporas en el aire exterior estaba cayendo en picado a medida que el fósforo blanco completaba la esterilización del valle. La Colonia Beta ya no era un vector de dispersión masiva; la cadena biológica se había roto con la muerte de la soberana en el subsuelo.
​—Equipo de avanzada Alfa, preparen las camillas rígidas y los equipos de respiración de circuito cerrado —ordenó el oficial a través del canal de radio general, con una voz que había perdido toda la rigidez militar anterior—. Bajen por la línea de cables del puente derruido. Tenemos dos supervivientes en la galería de purga sur. Traigan el antídoto con ustedes; iniciaremos la transfusión de emergencia en el propio campo de contención.
​El reencuentro en la zona limpia.
​Diez minutos más tarde, las compuertas neumáticas del búnker técnico fueron forzadas desde el exterior con herramientas de corte hidráulico. Cuatro soldados con trajes NBQ pesados entraron en la estancia de hormigón, levantando los haces de sus linternas tácticas hacia el rincón donde Pedro permanecía sentado, manteniendo la cabeza de Lorenzo apoyada sobre sus rodillas.
​Susana y Vanesa entraron inmediatamente detrás de los militares, rompiendo los protocolos de distancia biológica. Susana se arrodilló junto a Lorenzo, retirando con sumo cuidado el casco dañado ahora que los medidores ambientales del ejército confirmaban que el aire de la estancia era completamente seguro.
​El rostro de Lorenzo estaba pálido, surcado por hilos de sudor frío y pequeñas quemaduras superficiales en el cuello causadas por la acidez de las esporas residuales, pero sus ojos se abrieron lentamente al sentir el contacto de los guantes de Susana sobre sus mejillas.
​—Lo... lo logramos, Susana... —consiguió articular Lorenzo con un hilo de voz, esbozando una sonrisa cansada que rompió la tensión acumulada durante diecinueve capítulos de agonía—. La maleta... ¿está a salvo?
​—Está a salvo, Lorenzo —respondió Susana, sintiendo cómo las lágrimas empañaban el interior de su propio visor de policarbonato mientras el equipo médico conectaba los primeros tubos del suero neurovascular a la vía intravenosa de su traje—. El valle va a recuperarse. San Miguel va a despertar de la plaga.
​Vanesa se sentó en el suelo junto a Pedro, pasándole el brazo sobre los hombros mientras los sanitarios comenzaban a entablillar la pierna rota del mecánico. A lo lejos, a través de la rendija del muro destrucido, los primeros rayos del sol del amanecer comenzaron a filtrarse sobre las colinas del norte, disipando la calima ocre y tiñendo la ceniza gris del bosque con un tono dorado y limpio. La noche de las alas de obsidiana había terminado, y los supervivientes de la decimoséptima novela respiraban, por fin, el aire de un nuevo mundo.
​Fin del Capítulo 20.




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