La Plaga Tétrica.

Epílogo: El retorno de la primavera verde.

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​Seis meses después de que el cielo de San Miguel de las Piedras se tiñera con el fuego químico del fósforo blanco, el silencio de la colina norte ya no era el de una tumba biológica, sino el de una montaña en plena reconstrucción. Las heridas en el paisaje del valle seguían siendo visibles: las cortezas de los pinos centenarios mostraban las cicatrices oscuras y endurecidas del calor extremo, pero entre la tierra calcinada y las agujas grises ya olvidadas, los primeros brotes de helechos silvestres comenzaban a abrirse paso hacia la luz del mediodía.
​El aire de la sierra cantábrica soplaba limpio, arrastrando el aroma a resina fresca y a tierra mojada tras las lluvias de la primavera. Ya no quedaba rastro de la calima ocre ni del persistente olor a azufre que había mantenido al municipio bajo el yugo de la Colonia Beta. El perímetro militar de contención biológica de la carretera nacional había sido desmantelado tres semanas atrás, dejando paso de nuevo al tráfico civil y a los camiones de materiales que subían desde la costa para la reconstrucción del casco urbano.
​En el arcén de la antigua pista forestal, justo donde el Desfiladero de las Piedras se abría hacia el abismo, un todoterreno civil permanecía estacionado con el motor apagado.
​Lorenzo descendió del asiento del conductor, apoyando las botas sobre la grava limpia de la calzada. Ya no vestía la lona rígida y asfixiante del traje NBQ; en su lugar, llevaba una cazadora de algodón abierta y una camisa de cuadros gastada. Las secuelas de la noche del juicio seguían grabadas en su piel en forma de una fina cicatriz rosada que le subía por el lateral del cuello hasta la base de la oreja, el sello indeleble de las últimas bioesporas que habían quebrado el aislamiento de su casco en el Capítulo 17. Sin embargo, su respiración era ahora profunda, regular y exenta del monótono compás del respirador mecánico que lo había acompañado durante diecinueve capítulos.
​Se acercó a la parte trasera del vehículo, donde Pedro permanecía sentado sobre el portón abierto, observando el fondo del foso con unos prismáticos de largo alcance. La pierna izquierda del muchacho, aunque libre ya de las férulas rígidas del hospital militar, mantenía una ligera rigidez que lo obligaba a apoyarse en un bastón de madera tallada para caminar por el terreno irregular.
​—Los ingenieros del ejército han terminado de sellar los subniveles de la estación vieja —anunció Pedro, bajando los prismáticos y señalando hacia el fondo del tajo de piedra caliza, donde una descomunal losa de hormigón armado cubría ahora la entrada del antiguo túnel minero—. Han inyectado más de diez mil toneladas de cemento silicatado en las galerías de la cantera. Nada que tenga caparazón va a volver a salir de ese agujero, Lorenzo.
​—La Reina del subsuelo fue la última, Pedro —respondió Lorenzo, apoyando los brazos sobre el capó del coche—. El suero neurovascular de Susana funcionó en los laboratorios periféricos tal como ella predijo. El noventa y ocho por ciento de la población expuesta en los búnkeres de evacuación del Sector Norte se ha recuperado por completo sin secuelas celulares. La mente colmena de la Colonia Beta está muerta. Lo que queda en los fosos profundos son meros restos calificados de quitina.
​La gasolinera de la curva.
​Una hora más tarde, el todoterreno descendió por la carretera de curvas que conducía al acceso sur del municipio, deteniéndose frente a la marquesina oxidada de la gasolinera del Capítulo 3.
​El lugar presentaba un aspecto muy diferente al del inicio de su odisea. Las pintadas de cuarentena y los restos de los cristales rotos del vestíbulo habían sido retirados por los equipos de limpieza civil. Los surtidores de combustible, aunque inactivos, lucían mangueras nuevas, y sobre la puerta de la tienda de repuestos, un cartel de madera recién barnizado anunciaba la próxima reapertura del complejo bajo el nombre de "Taller y Estación de Servicio Las Piedras".
​Susana y Vanesa salieron del interior del taller de reparaciones al escuchar el sonido del motor. Susana llevaba el pelo recogido y portaba una carpeta de plástico con los planos de distribución de los nuevos laboratorios de control ambiental que el Ministerio de Sanidad iba a implantar en la antigua destilería del Sector Norte. Al ver a Lorenzo, dejó la carpeta sobre una mesa de camping y se acercó a él con paso rápido, entrelazando sus dedos con los del mecánico en mitad del patio de cemento.
​—El equipo del CSIC ha verificado las últimas muestras de agua del acuífero profundo —dijo Susana, con una sonrisa que disipaba de golpe las sombras de terror que habían poblado sus ojos tras el policarbonato durante toda la crisis—. Las lecturas de esporas latentes están a cero en todo el valle, Lorenzo. La primavera ha limpiado la tierra.
​Vanesa se acercó a Pedro, golpeando amistosamente el hombro de su cazadora antes de arrebatarle los prismáticos de la mano.
—La semana que viene traen los nuevos elevadores hidráulicos para el taller de Lorenzo —comentó Vanesa, señalando el interior de la nave limpia donde el óxido de las herramientas viejas ya había sido lijado—. Pedro va a ser el jefe de mecánicos de la línea sur. Al fin vamos a dejar de usar llaves de perro y tubos de hierro galvanizado para defendernos de las cosas.
​Pedro soltó una carcajada limpia que resonó bajo la marquesina de la gasolinera, un sonido humano y reconfortante que desterró para siempre el eco de los chillidos de las obreras de la colmena.
​Los cuatro supervivientes se alinearon junto al borde de la calzada, observando el valle de San Miguel de las Piedras que se extendía a sus pies. Las chimeneas de las casas del pueblo volvían a emitir columnas de humo blanco y doméstico, y el sol de la tarde iluminaba los castaños del paseo central, cuyas hojas verdes comenzaban a nacer de nuevo tras el invierno de ceniza. La plaga tétrica había sido borrada de la faz de la tierra, y la vida, testaruda e implacable como la propia naturaleza humana, reclamaba su lugar bajo el cielo limpio del norte.
​FIN




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