La pobreza del millonario [rom Com - Concurso]

Capítulo 6

CAPÍTULO 6: Las primeras traiciones

Habitación 3-F, 4:47 PM – 23 minutos después de la llamada

Arturo había limpiado la habitación tres veces en veinte minutos. No porque estuviera sucia de verdad —ya lo estaba cuando llegó—, sino porque necesitaba hacer algo con las manos mientras el reloj avanzaba lento y cruel. Limpiar un espacio de tres por cuatro metros duraba exactamente noventa segundos. Le quedaban diecinueve minutos y medio de pura ansiedad.

En su vida de antes, habría mandado a su asistente a “solucionar la visita incómoda”. Ahora él era la visita incómoda, sentado en una cama que olía a vidas anteriores, esperando a una mujer que venía a consolarlo por una ruina que había planeado con precisión quirúrgica.

El edificio vivía su propia vida: crujidos, portazos lejanos, del 3-E ahora una discusión acalorada sobre la renta y un primo que “juró que mandaba la plata pero nada”. Del 3-G, silencio absoluto, como si ahí guardaran los fantasmas del lugar.

El móvil prepaid vibró. Valentina: “He estado pensando. Tal vez deberíamos posponer la boda. Solo hasta que te estabilices. El Chateau devuelve el 50% si cancelamos esta semana. Espero que entiendas. 💕”

Cincuenta por ciento. Ya había hecho las cuentas antes de sugerir el “aplazamiento”.

Arturo no respondió. No confiaba en sus dedos.

Otro mensaje, Lucía: “Arturo, espero que estés bien! Sé que no es momento, pero mi inversor principal se echó atrás tras las noticias (algo de ‘riesgo reputacional’). Si tu situación se arregla pronto y vuelves a tener liquidez… acuérdate de mí? 🙏💼”

Traducción: “Ahora no sirves, pero si recuperas el dinero, fingiré que siempre estuve preocupada”.

Borró sin contestar.

Tres golpes firmes en la puerta. No pregunta. Anuncio.

Abrió.

Adriana estaba ahí, con dos bolsas del supermercado y una expresión que bailaba entre la preocupación y el cabreo contenido.

—Vale —dijo, pasando por su lado sin esperar invitación—. Primero: este cuarto es un delito contra la humanidad. Segundo: traje víveres. Tercero: vas a contarme qué coño pasa de verdad.

Dejó las bolsas en el escritorio liliputiense y empezó a sacar: pan de molde, mantequilla de cacahuete, mermelada, dos ramen de vaso, manzanas, botella grande de agua y —absurdamente optimista— una vela aromática.

—La vela es por el olor —explicó sin que él preguntara—. Esto huele a que la esperanza vino, se deprimió y se suicidó.

—¿Tan malo?

—Peor. He fotografiado ruinas con más alma —encendió la vela (vainilla francesa, ridículamente alegre) y se giró hacia él—. Ahora. Habla. Y esta vez sin rollos de consultor evasivo.

Arturo se sentó en la cama porque no había otra opción. Adriana tomó la única silla —plástico naranja rescatado de alguna cafetería universitaria de los noventa.

—¿Qué quieres saber?

—Todo. Empezando por qué un heredero multimillonario se hizo pasar por consultor vagueando conmigo en el Café Libertad.

—No me hice pasar —dijo, y era técnicamente cierto en el sentido más retorcido—. Necesitaba… conocer gente que no supiera quién era. Que no me viera como una cuenta con piernas.

—O sea, me usaste de conejillo de indias para tu estudio antropológico: “Cómo trata la plebe a los ricos cuando no sabe que son ricos”.

—No. No fue eso.

—¿Entonces qué fue?

Buscó palabras que fueran verdad sin destapar la gran mentira.

—Toda mi vida he estado rodeado de gente que quería algo. Dinero, contactos, estatus, fotos. Nunca supe quién era real. Contigo… no sabías nada del dinero. Podías ser tú misma.

—¿Y lo fui?

—Completamente. Brutal. Refrescante.

Adriana lo miró con esa intensidad que le desnudaba el alma.

—Vale. Lo acepto. Raro, pero lo acepto —pausa—. Ahora explícame lo de las noticias. Lo del tío traidor suena a culebrón barato.

Ahí estaba. El momento de doblar o triplicar la apuesta.

—Es… exactamente lo que parece. Fernando tenía acceso a cuentas. Hizo movimientos sin autorización. Todo se derrumbó —las palabras le supieron a cartón—. En semanas perdí todo.

—¿Todo?

—Penthouse embargado. Cuentas congeladas. Empresas familiares me apartaron pending investigación. Soy… esto —señaló alrededor—. Un treintañero en un cuarto de setecientos al mes que huele a derrota.

—A esperanza suicidada. Ya te lo dije.

—Eso también.

Silencio pesado. Arturo oyó su propio corazón martilleando con cada mentira.

—¿Y Valentina? —preguntó ella al fin—. La vi en fotos tuyas antes de que borraras Instagram. Parecía muy… comprometida con el lifestyle.

—Sugirió posponer la boda. Calculó que recuperamos el cincuenta por ciento del depósito si cancelamos ya.

—Auch.

—Sí.

—¿La quieres?

La pregunta fue un gancho al hígado.

—No lo sé —admitió, y esa sí era verdad pura—. Pensé que sí. Ahora dudo si solo quería la idea. La estética. Cómo quedábamos en fotos.

—Eso es superficial hasta doler.

—Lo sé. Bienvenida a mi mundo.

Adriana se levantó, fue hasta la ventana que no cerraba y miró el callejón donde dos cocineros del chino fumaban y discutían en mandarín.

—Mira, voy a ser sincera porque es lo mío y tú estás claramente en crisis. Me siento rara con todo esto. Nuestra amistad empezó con una parte fundamental de ti escondida.

—Lo sé. Lo siento.

—Pero también entiendo. Crecer con tanto dinero aísla de formas que gente como yo no pillamos del todo. Buscabas conexión real. Eso es… humano. Aunque el método sea cuestionable de cojones.

—¿Cuestionable?

—Estás haciendo un experimento social sin consentimiento informado. Éticamente dudoso, como poco.

—No estoy haciendo… —empezó, y se calló. Porque sí lo estaba haciendo.

Adriana volvió a la silla.

—No pretendo que seamos almas gemelas. Nos conocemos hace semanas. Pero me caes bien, Arturo. O quienquiera que seas debajo del dinero y las capas de trauma evidente.



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En el texto hay: humor, romance, amor

Editado: 14.01.2026

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