La pobreza del millonario [rom Com - Concurso]

Capítulo 9

CAPÍTULO 9: El veterano ciego

Día 14 – Techo del Edificio, 11:47 PM

Arturo descubrió el techo por accidente durante su segunda semana, cuando buscaba un sitio donde el edificio no pareciera querer tragárselo vivo. La puerta decía “PROHIBIDO EL ACCESO – SOLO MANTENIMIENTO”, pero el candado llevaba roto desde que Reagan era presidente y nadie se había molestado en arreglarlo.

El techo era un desastre glorioso: alquitrán agrietado, dos sillas de jardín que habían sobrevivido varios inviernos por pura cabezonería y vistas privilegiadas a la parte trasera de otros edificios igual de feos. En resumen: perfecto.

Sobre todo a las 11:47 de la noche, cuando el edificio por fin se callaba y podías fingir que la ciudad era tuya en vez de indiferente.

Arturo estaba en una de las sillas supervivientes, bebiendo cerveza barata —dos noventa y nueve la lata, sabor a arrepentimiento con gas— cuando oyó la puerta abrirse a su espalda.

—Sabía que encontraría a alguien aquí —dijo una voz conocida: Marco del 3-D—. Huelo autodesprecio mezclado con cerveza cutre desde tres pisos abajo.

—¿Cómo sabías que era yo?

—Proceso de eliminación. Danny del 4-B fuma pitis los jueves. Hoy es martes. Paola sube cuando los críos duermen por fin, pero trae vino, no birra. Tú eres el único lo bastante nuevo como para creer que descubriste este sitio —Marco avanzó hacia la segunda silla con esa precisión que solo da la práctica de años, bastón golpeando ritmo familiar—. Además, pisas fuerte. Como alguien cuyo cuerpo no está acostumbrado a curro físico. Todavía.

Arturo había cruzado pocas palabras con Marco más allá de saludos en el pasillo y la cena comunitaria. El hombre era presencia constante pero misteriosa: cincuentaitantos, ciego desde una historia militar que nadie mencionaba directamente, viviendo solo en el 3-D con un piano vertical que a veces se oía a través de las paredes tocando jazz demasiado bueno para este edificio.

—¿Quieres birra? —ofreció Arturo—. Compré pack de seis. Aparentemente eso es lo que haces cuando tienes veintidós pavos y decisiones malas.

—¿Marca?

—La que estaba en oferta.

—Entonces sí, rotundamente —Marco extendió la mano. Arturo puso la lata fría en ella, viendo cómo los dedos se ajustaban solos, comprobando la lengüeta antes de abrirla con satisfacción ritual—. Ah. Cerveza que sabe a depresión económica. Mi favorita.

—¿Vienes mucho?

—Martes y viernes. Martes porque son peores que los lunes —al contrario de lo que dice la gente, el lunes es solo malo; el martes es cuando te das cuenta de que toda la semana va a ser así—. Y viernes porque si sobreviviste, te mereces recompensa que no te puedes permitir.

—Filosofía muy concreta.

—Veinte años para perfeccionarla —Marco se acomodó, la silla protestó—. Entonces. Dos semanas. ¿Cómo va el experimento?

Arturo casi escupió la cerveza.

—¿Qué experimento?

—Dale crédito a un ciego, nuevo rico. Solo porque no vea no significa que no observe. Tu forma de hablar, de moverte, cómo te sorprendes cuando las cosas cuestan pasta… No estás pobre. Estás jugando a pobre. La pregunta es por qué.

No tenía sentido mentir. Marco ya lo había calado.

—Necesitaba saber algo —admitió—. Sobre la gente. Sobre mí. Sobre si alguien podía valorarme sin el dinero.

—Ah. La clásica crisis existencial del rico —sonrió—. ¿Y? ¿Aprendiste o solo confirmaste prejuicios?

—Las dos cosas. Ninguna. Aún no lo sé.

—Respuesta más honesta que podrías dar —Marco se acomodó—. ¿Puedo decirte algo, nuevo rico? Algo que aprendí en un sitio que hacía que este edificio pareciera el Ritz?

—Adelante.

—El dinero no te hizo malo, chaval. Solo te hizo cobarde.

Las palabras le golpearon como puñetazo.

—Explícate.

—Es fácil culpar al dinero de todo. “Ay, la gente solo me quiere por la pasta. Ay, no encuentro amor real porque soy rico. Pobrecito yo” —imitación exagerada pero dolorosamente acertada—. Pero la verdad: usas el dinero como escudo. Excusa para no ser vulnerable de verdad. Porque si fallas con dinero, puedes echarle la culpa al dinero. Si fallas sin él…

—Entonces es solo por mí.

—Exacto —Marco terminó la cerveza, aplastó la lata con placer y la dejó a su lado—. Perdí la vista hace veintidós años. Mina en un sitio cuyo nombre ni pronuncio, haciendo curro que no puedo contar para un país que olvidó que existía. ¿Sabes qué fue lo peor?

—¿Perder la vista?

—No. Que todos asumieran que la ceguera me definía. “Pobre Marco, no ve, tratémoslo como cristal”. Tardé años en demostrar que era el mismo cabrón con métodos de navegación distintos. El reto real nunca fue la oscuridad física. Fue la que los demás proyectaban sobre mí.

—No veo la conexión…

—¿No? Lo estás haciendo al revés. Te quitas el dinero pensando que revelará tu “yo auténtico”. Pero tu yo auténtico no lo define tu saldo. Lo definen tus elecciones. Y hasta ahora has elegido distancia. Experimentos. Pruebas. En vez de arriesgarte con honestidad pura.

—Intenté honestidad. Con alguien. La cagué a lo grande.

—Adriana —no era pregunta—. Paola me contó. Por cierto, Paola sabe todo lo que pasa aquí. Es terrorífico.

—¿Cómo lo haces? —preguntó Arturo—. Confías en Elena. Se nota. ¿Cómo sabes que no está contigo por… no sé, comodidad? Seguridad?

Marco soltó una carcajada profunda que retumbó en el techo vacío.

—¿Quieres saber cómo conocí a Elena?

—Dale.

—Estaba en un Home Depot. Intentando comprar tornillos. El dependiente me mandó al pasillo equivocado —otra vez— y estaba palpando estantes como gilipollas cuando oí una voz: “A menos que estés construyendo algo con pegamento para madera, estás en la sección mala”. Me giré, solté alguna chorrada sobre la incompetencia del empleado y ella contestó: “O quizá tu ego te impidió pedir ayuda como Dios manda. Los dependientes responden mejor a educación que a sarcasmo”.



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En el texto hay: humor, romance, amor

Editado: 14.01.2026

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