CAPÍTULO 12: La oferta inesperada
Día 28 – Apartamento 3-C, 6:53 PM (Domingo)
Arturo llegó siete minutos antes porque cuatro semanas sin red le habían enseñado que “puntual” era llegar temprano y “tarde” era perder turno, oportunidad o lugar en la fila.
Tocó con una mano, bandeja de galletas en la otra, oyendo el caos habitual: Daniel gritando sobre dinosaurios, Camila inventando canción sin melodía y Paola dirigiendo todo con la precisión de quien ha sobrevivido a mil batallas domésticas.
Paola abrió con delantal que ponía “KISS THE COOK OR GO HUNGRY” y cara de quien llevaba horas en la cocina.
—Nuevo rico. Temprano. Progreso —vio las galletas, ojos abriéndose—. ¿Las hiciste tú?
—Con supervisión estricta de Carlos del Libertad. Me dejó usar su horno a cambio de turno de mañana.
—¿Curraste en el café para hornear galletas para mi cena?
—Resumiendo, sí.
Paola tomó la bandeja, las estudió con ojo experto y asintió.
—Doradas perfectas. Sin quemar. Chips bien repartidos. Nuevo rico, me has impresionado. Pasa antes de que Daniel convierta la sala en zona de guerra —se apartó, dejando ver el apartamento transformado.
La mesa plegable habitual —seis apretados— había crecido con una tabla sobre caballetes para diez. Platos mezclados: algunos a juego, otros no, pero todo limpio y puesto con orgullo.
La cocina olía a gloria: ajo, cilantro, comino, algo dulce en el horno.
Daniel construía con Lego una estructura que desafiaba la física. Camila coloreaba con concentración absoluta.
—¿Cuántos vienen?
—Nueve. Tú, yo, los críos, Marco y Elena, Danny del 4-B y dos más que conocerás. Personas importantes —dejó las galletas en la encimera—. Estas tienen pinta de ser buenas de verdad.
—Gracias. Carlos es un maestro.
—Carlos es de los que no enseña a cualquiera. Si te dejó currar con él, le caes bien —empezó a pasarlas a plato—. ¿Viste a Adriana hoy?
Claro que Paola sabía.
—Sí. En el café. Estaba en una cita.
—Con Sofía. Lo sé —lo miró directo—. ¿Y cómo te sentó?
—Como una patada. Y como si me la mereciera.
—Respuesta honesta. Me gusta —volvió a la olla—. ¿Sabes lo que no preguntaste?
—¿El qué?
—Si es seria. La cita. No preguntaste si Adriana está interesada de verdad o si te estaba probando.
—¿Debería haberlo hecho?
—No. Que no lo hicieras me dice que vas aprendiendo. Hace un mes habrías calculado ángulos, estrategias, formas de ganar. Ahora aceptas que tus decisiones tienen consecuencias y no puedes manipular tu camino de vuelta a su vida —sonrió—. Crecimiento. Me gusta verlo.
Toque en la puerta. Paola se iluminó como no la había visto antes.
—Son ellas. Arturo, conocerás a gente importante. Sé amable. Sé tú. No seas raro.
—Las dos primeras se contradicen con la tercera.
—Prioriza no raro —abrió con sonrisa amplia—. ¡Pasad!
Entraron dos mujeres.
La mayor —sesentaitantos, elegante sin esfuerzo, solo con porte— era Patricia De la Vega. Su tía. CFO familiar.
La más joven —treintaitantos, traje que costaba más que todo el mobiliario del apartamento, presencia que llenaba espacios— era…
—Arturo —dijo con voz rica que él conocía de cientos de reuniones—. Al fin nos conocemos en… estas circunstancias.
Paola miró entre ellos, confusa.
—Espera. ¿Os conocéis?
—No exactamente —la mujer extendió mano a Arturo—. Adelina Gómez. CEO de Grupo Gómez. Y creo que tenemos mucho de qué hablar.
El apartamento se quedó en silencio. Hasta Daniel paró su construcción.
Arturo estrechó la mano en automático, cerebro en shock.
—¿Cómo…?
—Tu tía Patricia me contactó —dijo Adelina, directa—. Está preocupada por ti. Por tu… experimento. Tras revisar tu situación, decidí que debíamos hablar.
Patricia habló al fin, voz cargada de semanas de ansiedad.
—Arturo, esto ha ido demasiado lejos. Probaste tu punto. Ahora vuelve antes de que el daño a la compañía sea irreversible.
—¿Cómo supiste que estaría aquí? —miró a Paola, que alzó manos.
—No me mires. Invité a Patricia porque ayudó a Daniel con un lío escolar el mes pasado. No sabía que era… ¿tu tía? ¿En serio?
Patricia parecía incómoda.
—Paola, perdona el engaño. Pero cuando supe que Arturo vivía aquí, necesitaba conocer a la gente de su entorno. Entender qué pasaba de verdad. Tú… has sido buena con él. Lo agradezco.
—O sea —Paola cruzó brazos, voz subiendo— fingiste ser trabajadora social. Viniste a mi casa. Conociste a mis hijos. ¿Todo para espiar a tu sobrino?
—Para protegerlo —corrigió Patricia—. Y conocer a quienes… claramente le importan.
Marco se levantó, bastón golpeando suelo.
—Vale. Drama familiar que no necesito. Elena, nos vamos.
—Marco, espera —Arturo recuperó voz—. No sabía que vendrían. Paola, lo siento…
—¿Por qué te disculpas? —lo cortó—. No lo sabías. Pero ELLA —señaló a Patricia— sí. Y jugó a pretender en mi vida.
—Tienes razón en estar molesta —dijo Patricia calmada—. Pero Paola, entiende. Arturo es mi sobrino. Perdió a su madre joven. Ha estado… perdido. Y este experimento necesitaba saber que estaba a salvo. Que la gente a su alrededor era real.
—¿Y yo qué? ¿Pasé tu prueba? ¿Soy lo bastante genuina para Su Alteza?
—Con honores —Patricia se acercó—. Has sido amable sin interés. Lo has alimentado, tratado con dignidad, enseñado cosas que su educación cara nunca le dio. Por eso estoy aquí. Para agradecerte. Y pedirte un favor.
—¿Cuál?
Patricia miró a Adelina, que asintió.
—Deja que Adelina haga su oferta. Escúchala. Y luego… deja que Arturo decida. Sin presión familiar. Sin presión de amigos. Solo él.
Adelina avanzó, tacones resonando en linóleo con autoridad.
—Arturo, he seguido tu caso. La caída pública, tu tiempo aquí, el curro en almacén. Y me impresiona.
—¿Impresiona por qué?
—Porque la mayoría en tu lugar habría corrido de vuelta al dinero en tres días. Tú llevas cuatro semanas. Trabajando de verdad. Viviendo pobreza de verdad. Experimentando consecuencias reales —pausa—. Sea cual sea tu motivo, muestra carácter. Y carácter es lo que valoro.
Editado: 14.01.2026