La pobreza del millonario [rom Com - Concurso]

Capítulo 13

CAPÍTULO 13: El palacio de cristal

Día 35 – Sede Corporativa Grupo Gómez, 7:47 AM (Lunes, primer día)

El edificio del Grupo Gómez era una declaración de poder disfrazada de elegancia: cincuenta y dos pisos de vidrio y acero que atrapaban la luz del amanecer y la devolvían multiplicada, como diciendo “mírame, soy el centro del mundo”. Arturo había pasado delante cientos de veces sin detenerse a mirarlo de verdad. Ahora, plantado en la acera con el estómago revuelto, parecía una catedral dedicada a un dios en el que ya no sabía si creía.

La entrada principal era puro espectáculo: puertas giratorias de cristal que se movían en silencio absoluto (seguramente costaban más que el sueldo anual de Paola), lobby de triple altura donde la luz natural se filtraba por claraboyas calculadas al milímetro, suelo de mármol italiano tan pulido que devolvía tu reflejo. Y ahí estaba Arturo, viéndose nervioso, con traje nuevo que aún olía a tienda y zapatos que no habían pisado nunca una jornada de almacén.

Los torniquetes de seguridad eran lo esperado en un imperio multimillonario: escaneo de tarjeta mientras un guardia tras cristal blindado vigilaba tres pantallas con todos los ángulos. No entrabas sin ser visto, registrado, catalogado. Seguridad, sí. Pero también recordatorio: aquí te observan. Compórtate.

Arturo pasó la tarjeta temporal que Ricardo le había entregado la noche anterior (con advertencia de “no la pierdas, el reemplazo sale caro”). Beep suave. El guardia —cincuentaitantos, placa “MARTÍNEZ”— asintió con profesionalismo.

—Señor Vega. Primer día. Piso cuarenta y ocho. Elevadores ejecutivos al fondo, derecha. Alguien lo espera.

—Gracias.

—Bienvenido al Grupo Gómez —Martínez sonrió, algo cálido bajo la coraza—. Consejo gratis: no use escaleras. Cincuenta y dos pisos matan y los ejecutivos juzgan a quien llega sudando.

Arturo soltó una risa nerviosa.

—Anotado. Solo elevadores.

Los ejecutivos eran otra liga: paneles de acero pulido, botones con luz azul suave, música instrumental tan sutil que casi no existía. El trayecto al cuarenta y ocho duró cuarenta y tres segundos exactos (los contó para no pensar). Tan suave que apenas notabas movimiento.

Las puertas se abrieron directo a la suite ejecutiva.

Y ahí empezó el verdadero espectáculo.

No era una oficina. Era una declaración. Paredes de vidrio por todas partes: no cubículos cerrados, sino espacio abierto donde veías a decenas trabajando al mismo tiempo. Ilusión de transparencia, pero con jerarquía clara. Escritorios junto a las ventanas: ejecutivos senior. Centro: mandos intermedios. Núcleo del edificio, sin luz natural: asistentes y coordinadores.

Geografía como metáfora de poder.

Pero lo que golpeó a Arturo fue la eficiencia. Nada de caos. Nadie corriendo ni gritando. Solo movimiento calculado. Voces moderadas al teléfono. Teclados con propósito. Pasos deliberados hacia destinos concretos.

Como observar un organismo gigante donde cada célula sabía su función.

Una mujer surgió del flujo con precisión de misil: treintaitantos, traje que valía tres meses de su renta anterior, moño perfecto que gritaba “me levanto a las cinco para esto”, expresión de quien ha visto cien primeros días y ya te ha clasificado.

—Señor Vega. Patricia Ruiz, asistente ejecutiva senior de la señorita Gómez —mano firme, mitad saludo, mitad prueba—. Bienvenido. Tenemos diecisiete minutos antes de su reunión inicial. Recorrido eficiente. ¿Preguntas urgentes?

—¿Dónde está el baño?

Parpadeó —no era la pregunta esperada—, luego señaló.

—Final pasillo, izquierda. Código 4789. Cambia mensual. No compartir con pisos inferiores. Suena elitista porque lo es —tono que sugería que ella lo encontraba absurdo pero cumplía—. ¿Algo más crítico?

—Estoy bien.

—Perfecto. Sígame. Y señor Vega, intente no parecer aterrorizado. Asusta a los juniors.

El “recorrido eficiente” fue eso: Patricia a velocidad de quien cobra por minuto, Arturo intentando seguir mientras señalaba.

—Sala descanso ejecutiva. Café gratis pero horrible. Traiga el suyo. Salas conferencias A a D, reserva online, guerras por horarios comunes y a veces sangrientas metafóricamente. Oficinas CFO, CAO, CTO —todos los C-algo-O en este piso. No molestar salvo emergencia corporativa vital.

Pararon ante puerta de vidrio esmerilado: “A. GÓMEZ – CEO”. Letras simples. Sin ostentación.

—Oficina de la señorita Gómez —bajó voz—. Reglas: toque siempre, aunque la llame. Si está en llamada, espere fuera. Cinco minutos son exactamente cinco. Ni seis, ni cuatro y medio. Es máquina con el tiempo. Y señor Vega, último consejo.

—¿Sí?

—Es brillante, justa e implacable con estándares. Si falla, le dirá exactamente cómo y por qué. Si acierta, lo reconocerá sin adulación. Requiere piel gruesa.

—Entendido.

Patricia miró su reloj —Cartier, seguramente regalo anual—.

—Ocho en punto. Hora exacta. Toque, entre cuando diga y, por favor, no se disculpe en exceso. Lo detesta.

Se fue.

Arturo ante la puerta, mano alzada. Peso del momento. Esto era real. No juego. Trabajo con jefe real y consecuencias reales si fallaba.

Tocó tres veces. Firme.

—Entre.

Voz de Adelina a través del vidrio: autoridad sin alzar volumen.

Abrió.

La oficina no era grande —cuatro por cinco quizá—, porque cuando eres CEO no necesitas impresionar con tamaño. Tu presencia lo hace. Lo que tenía era funcionalidad obsesiva.

Escritorio de pie con tres monitores: mercados globales, calendario minuto a minuto, métricas en tiempo real de subsidiarias.

Pizarra cubriendo pared entera: análisis estratégico Q4 en letra elegante y urgente. Marcadores ordenados por color.

Cinta de correr en esquina con laptop montada: trabajo mientras corres.

Ventanas piso a techo con vista que rivalizaba su antiguo penthouse, persianas a media altura para controlar luz. Demasiado sol distrae.



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En el texto hay: humor, romance, amor

Editado: 14.01.2026

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