CAPÍTULO 15: El encuentro decisivo
Día 92 – Tercer mes, nuevo estudio de Adriana, 7:18 PM
Arturo había tardado casi tres semanas en localizar el nuevo estudio de Adriana. No fue fácil: ella había borrado gran parte de su presencia digital después de la confrontación en el café, y preguntar directamente a Paola habría levantado sospechas. Al final, un comentario casual de Danny —“Adriana anda liada con unas sesiones en un local nuevo por el barrio de las artes”— y una búsqueda discreta en redes de contactos comunes le dieron la dirección.
El estudio estaba en un edificio reconvertido, planta baja con grandes ventanales que daban a la calle. Fachada de ladrillo visto, puerta negra mate con un cartel sencillo: “A. RIVAS – FOTOGRAFÍA”. Luces encendidas dentro, silueta moviéndose entre fondos y trípodes.
Arturo se quedó en la acera un minuto entero, mano alzada para tocar, corazón latiéndole fuerte. Había ensayado lo que diría: explicación sobre el trabajo nuevo, disculpa sincera, oferta de amistad limpia. Nada sonaba suficiente.
Tocó. Tres veces.
Pasos. La puerta se abrió.
Adriana apareció con camiseta vieja manchada de revelador, pelo recogido en moño caótico, expresión que pasó de irritada a sorprendida.
—Arturo.
No pregunta. Constatação.
—Hola —dijo él, voz más ronca de lo planeado—. ¿Puedo pasar? Cinco minutos. Solo hablar.
Adriana lo miró largo, brazos cruzados. Luego se apartó.
—Cinco minutos. Estoy revelando. No toques nada.
Entró. El espacio era diáfano, caos organizado: fondos enrollados, luces apiladas, mesa llena de ampliadoras y cubetas químicas, paredes cubiertas de fotos impresas —retratos crudos, bodas íntimas, niños en charcos—. Olía a química y café viejo.
Adriana cerró puerta, se apoyó en mesa trabajo.
—Habla.
Arturo respiró hondo.
—Acepté trabajo en Grupo Gómez. Asistente ejecutivo de la CEO. Buen salario, beneficios. Empecé hace mes.
Adriana alzó ceja.
—Felicidades. ¿Vienes a contármelo porque…?
—Porque quería que lo supieras de mí. No por rumores. Y porque… necesito explicarte por qué lo tomé. No es volver a vida rica fingiendo nada cambió. Es oportunidad hacer algo útil. Con alguien que cree en cosas que importan.
Adriana lo observó, expresión neutra.
—¿Y eso arregla todo lo anterior?
—No. Nada arregla mentirte. Usarte. Fingir ser quien no era —pausa—. Lo siento, Adriana. De verdad. No por tomar trabajo. Por cómo empecé contigo. Por no ser sincero desde principio.
Silencio. Adriana tomó trapo, limpió manos sin mirarlo.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que siempre supe que eras rico.
Arturo sintió suelo inclinarse.
—¿Qué?
—Trabajé años para familias como la tuya. Asistente en eventos alta sociedad. Bodas, galas, quinceañeras con presupuestos de película. Reconozco signos. Manera sostienes copa. Cómo caminas como si mundo ajustara a ti. Detalles pequeños: reloj “olvidaste” pero marcas zapatos delatan. Siempre supe. O sospechaba tanto que era certeza.
Arturo procesaba, atónito.
—Entonces… ¿por qué no dijiste nada?
—Porque quería ver qué hacías. Si eras honesto cuando oportunidad surgía. Si confiabas suficiente contar verdad —miró directo—. No lo hiciste. Sigues fingiendo. Incluso cuando creías pobre, seguías actuando. No eras real. Ni rico ni pobre. Versión controlada.
Arturo sintió palabras como golpes.
—No quiero rico —continuó Adriana—. Ni pobre fingido. Quiero alguien real. Que no necesite pruebas ni experimentos para saber si vale. Que confíe suficiente ser vulnerable sin red.
—Te amo —salió crudo—. Eres diferente. Me hiciste querer ser mejor. Real.
Adriana miró largo, ojos suavizándose segundo antes endurecerse.
—Amas idea de mí, Arturo. Chica normal que te hace sentir auténtico. Trofeo validación. No quién soy realmente. Mis días revelando hasta tres mañana porque cliente urgente. Mis deudas estudios. Mi miedo no llegar nunca. Mis relaciones complicadas porque prefiero mujeres pero probé contigo porque pensé… quizá.
Pausa. Arturo sintió mundo girar.
—Estoy comprometida. Con Sofía. La fotógrafa con quien me viste. Es real. Honesta. No finge nada.
Arturo sintió lágrimas picar, contuvo.
—Felicidades —voz ronca—. Mereces eso. Alguien real.
Adriana asintió, expresión mezcla dolor comprensión.
—Tú también. Pero no lo encontrarás fingiendo. Ni probando gente. Solo siendo. Completo. Con dinero o sin. Pero honesto.
Silencio pesado.
Arturo asintió.
—Gracias. Por honestidad. Por… todo.
—Cuídate, Arturo.
Salió estudio, puerta cerrándose suave tras él.
Caminó calles sin verlas, lágrimas cayendo libre. No por rechazo. Por comprensión.
Adriana razón. Siempre.
Rechazo no por pobreza. Por falta autenticidad.
Amaba idea ella: validación cinismo o redención, según día.
No a ella. Con deudas, miedos, preferencias, vida real.
Llanto no drama. Liberación.
Herida abierta meses cerrándose, dolorosamente limpia.
Regresó apartamento modesto, sentó cama, miró techo mancha agua.
Por primera vez mucho tiempo, sintió claridad.
Capítulo Adriana cerrado.
No rabia. Comprensión. Gratitud.
Listo enfocar nueva vida.
Trabajo Grupo Gómez. Adelina. Posibilidades reales, no fingidas.
Al día siguiente, Arturo despertó sin alarma, luz filtrándose cortinas baratas.
No fue oficina.
Caminó ciudad, café mano, observando gente real vidas reales.
Y por primera vez meses, sintió posibilidad.
No experimento.
Vida.
Justo cuando sentaba parque, móvil vibró.
Mensaje Sofía (la de Adriana):
“Ella me contó visita. Dijo estabas… diferente. Si necesitas hablar, o café amistad, aquí estoy. Sin juicios.”
Arturo miró mensaje largo.
Sonrió pequeño, genuino.
Escribió:
“Gracias. Quizá acepte. Algún día.”
Editado: 14.01.2026