CAPÍTULO 16: La jaula dorada
Día 118 – Cuarto mes, Grupo Gómez, 8:12 PM
El piso ejecutivo estaba casi desierto. Las luces automáticas se habían apagado en la mayoría de las oficinas, dejando solo el resplandor suave de las emergencias y el brillo constante de la ciudad a través de los ventanales. Arturo caminaba por el pasillo con una carpeta bajo el brazo, rumbo a la oficina de Adelina. Quedarse hasta tarde ya no era excepción; era rutina. Pero esta noche el edificio se sentía particularmente vacío, como si la ciudad entera hubiera decidido dormir y ellos dos fueran los únicos que no podían.
La puerta de Adelina estaba entreabierta, como siempre cuando trabajaba hasta altas horas. La luz de su escritorio se derramaba al pasillo, un faro en la penumbra.
Arturo tocó suavemente.
—Adelante —dijo ella, voz cansada pero alerta.
Entró. Adelina estaba de pie junto a la ventana, taza de café en mano —la tercera que Arturo le había visto esa tarde—, mirando la ciudad. Llevaba el mismo traje del morning meeting, pero la chaqueta colgaba del respaldo de la silla y las mangas de la blusa estaban arremangadas. El moño perfecto de la mañana había cedido un poco; algunos mechones sueltos enmarcaban su rostro.
No se giró inmediatamente. Siguió mirando abajo, donde las luces de los autos formaban ríos interminables.
—Arturo —dijo al fin, sin voltear—. ¿Olvidó algo?
—Traigo el análisis revisado de la propuesta Argentina. La versión con el programa de capacitación que sugerí la semana pasada.
Adelina asintió, tomó la carpeta que él extendía, pero no la abrió. Siguió mirando la ciudad.
—¿Sabe qué veo desde aquí? —preguntó, voz baja.
Arturo se acercó a la ventana, quedando a su lado. La vista era impresionante: la ciudad extendiéndose como un circuito vivo, luces parpadeando en patrones que parecían aleatorios pero no lo eran.
—Veo todo lo que construimos —continuó ella—. Cada luz es un cliente, un empleado, una familia que depende de que tomemos decisiones correctas. Y cada decisión correcta cuesta algo. Tiempo. Energía. Sueño.
Arturo no respondió de inmediato. Había aprendido que con Adelina, los silencios no eran incómodos. Eran espacio para pensar.
—Hoy aprobamos el programa de capacitación para Argentina —dijo él al fin—. Eso salva empleos. Eso es una decisión correcta.
—Sí —Adelina tomó sorbo de café, hizo mueca al encontrarlo frío—. Pero para aprobarlo, rechacé la expansión acelerada en Brasil. Eso significa crecimiento más lento. Menos bonus para ejecutivos. Más presión de accionistas. Siempre hay trade-off.
Se giró hacia él por primera vez. Sus ojos estaban cansados, ojeras sutiles que ningún maquillaje ocultaba del todo a esta hora.
—Usted lo hace parecer fácil —dijo Arturo—. Equilibrar todo eso.
Adelina soltó risa breve, sin humor.
—No es fácil. Es agotador. Pero alguien tiene que hacerlo.
—¿Y siempre tiene que ser usted?
Ella lo miró, sorprendida por la pregunta directa.
—¿Quién más? Soy la CEO. Es mi responsabilidad.
—Responsabilidad no significa hacerlo todo sola —respondió Arturo suavemente—. Delegar no es abdicar. Es confiar.
Adelina se recostó contra el marco de la ventana, estudiándolo.
—Usted dice eso como alguien que aprendió por las malas.
Arturo pensó en Adriana. En el cierre doloroso pero necesario. En cómo aprender a soltar había sido el regalo más grande que ella le dejó.
—Así es —admitió—. Aprendí que intentar controlarlo todo, probarlo todo, termina aislando más que protegiendo.
Adelina asintió lentamente, como si las palabras resonaran en algo personal.
—Tiene razón. Pero confiar… es difícil cuando has visto lo que pasa cuando confías en la persona equivocada.
Silencio compartido. Arturo sintió el peso de sus propias mentiras, pero también la claridad que había ganado desde el encuentro con Adriana. El capítulo con ella estaba cerrado. No con rencor, sino con comprensión. Y esa comprensión le había dado espacio para ver a Adelina no como salvación o trofeo, sino como persona. Compleja. Brillante. Solitaria.
—¿Café? —preguntó, señalando la máquina en el rincón.
Adelina miró su taza fría, luego sonrió —pequeña, genuina.
—Sería la cuarta. Pero sí. Gracias.
Mientras preparaba dos tazas —negro para él, con un toque de leche para ella, como había aprendido que prefería después de las 7 PM—, Arturo notó algo en su pantalla: una página abierta de una fundación benéfica infantil. Formulario de donación. Cantidad: significativa. Casilla “anónima” marcada.
No comentó. Pero lo archivó. Otro pedazo del rompecabezas Adelina: la mujer que dirigía imperio con mano firme, pero donaba en silencio a causas que nunca publicitaría.
Le pasó la taza. Sus dedos se rozaron breve, y esta vez Arturo no sintió descarga dramática. Solo calidez. Conexión humana simple.
—Gracias —dijo ella, tomando sorbo—. Perfecto.
Se sentaron en la pequeña mesa de reuniones junto a la ventana, no en el escritorio formal. Gesto inconsciente de informalidad que Arturo apreciaba.
—Hoy vi la transferencia aprobada para la fundación Sonrisas de Esperanza —dijo Arturo cuidadosamente—. La niña del conserje, ¿verdad?
Adelina lo miró, sorprendida pero no molesta.
—¿Cómo lo supo?
—Vi la página abierta antes. Y recordé que mencionó a la hija del conserje.
Adelina tomó otro sorbo, mirando la ciudad.
—No quiero reconocimiento. Solo… ayudar. Cuando puedo.
—Es por eso que admiro cómo dirige esto —dijo Arturo—. No solo números. Personas.
Adelina lo miró largo.
—Usted también, Arturo. Cada sugerencia suya últimamente considera el impacto humano. No solo financiero. Es… refrescante.
Calor pecho. No deseo posesión. Admiración mutua. Afecto creciendo lento, orgánico.
—Aprendí de la mejor —respondió.
Adelina sonrió, ojos suavizándose.
—Halagador. Pero también aprendido de experiencia dura, ¿no?
Editado: 14.01.2026