La pobreza del millonario [rom Com - Concurso]

CAPÍTULO 3: Parte 1

CAPÍTULO 3: Despedidas Selectivas

PARTE I: EL VETERANO Y LA BRÚJULA

El apartamento de Marco Sandoval olía a café viejo y linimento. Arturo lo notó inmediatamente al entrar: ese olor medicinal que indica que el cuerpo está luchando contra el tiempo. Pero la sala estaba impecable como siempre. Marco no toleraba el desorden, incluso cuando sus propias manos temblaban demasiado para limpiar apropiadamente.

Era domingo por la mañana. Arturo había llamado la noche anterior para preguntarle si podía visitarlo, pues necesitaba hablar con él sobre algo importante.

Marco, con la intuición que solo setenta y dos años de vida pueden dar, había respondido simplemente:

—Ven temprano. El café estará listo.

Ahora Arturo se sentaba en el sofá desgastado donde había tenido tantas conversaciones transformadoras años atrás. Marco, en su sillón reclinable —regalo de Arturo que Marco había aceptado solo después de una brutal insistencia—, con las manos descansando sobre un bastón entre sus rodillas.

Los ojos ciegos de Marco estaban fijos en la dirección general de Arturo, pero como siempre, parecían ver más de lo que los ojos funcionales capturaban.

—Vas a irte —sentenció Marco antes de que Arturo pudiera hablar.

No era una pregunta.

Arturo no debería sorprenderse. Marco siempre había sabido.

—Sí.

—Lejos.

—Muy lejos.

Marco asintió lentamente, como si confirmara algo que había sospechado durante meses.

—¿Ella va contigo?

—Adelina. Sí. Fue idea de ambos.

—Bien. Sería estúpido si solo tú fueras. Y ella es lo suficientemente inteligente para no dejarte ir solo.

A pesar de la gravedad del momento, Arturo sonrió.

—Quería decírtelo personalmente. Antes de que desaparezcamos. No… no quería que solo dejara de aparecer un día.

—Aprecio eso —Marco tomó su taza de café con manos que temblaban ligeramente. Sorbió con cuidado—. ¿Cuándo?

—Tres semanas.

—¿Adónde?

—Prefiero no decir. No porque no confíe en ti, sino porque…

—Mientras menos gente sepa, más seguro es tu secreto —Marco completó—. Inteligente. Aprendiste algo después de todo.

Un silencio cómodo. El tipo que solo existe entre personas que se conocen profundamente.

—¿Me estás pidiendo permiso? —inquirió Marco eventualmente—. Porque si lo estás, muchacho, no lo necesitas. Hace años que no necesitas mi aprobación.

—No es permiso. Es… una bendición, supongo. La validación de que no estoy siendo egoísta o cobarde.

Marco rio —un sonido áspero que terminó en tos. Arturo esperó mientras recuperaba la compostura.

—Egoísta sería quedarte —dijo Marco finalmente—. Quedarte porque tu padre quiere. Porque la sociedad espera. Porque es más fácil que cambiar. Eso sería egoísmo. Cobardía.

—¿Y esto?

—Esto es lo contrario. Coraje. El tipo de coraje que la mayoría de la gente nunca tiene. Porque requiere admitir que todo por lo que trabajaste —todo ese dinero, poder, prestigio— no te hace feliz. La mayoría de la gente se miente sobre eso hasta que muere.

Arturo sintió un nudo en la garganta.

—Tengo miedo.

—Deberías. Solo los idiotas no tienen miedo de un cambio así —Marco inclinó la cabeza—. ¿De qué tienes miedo específicamente?

Arturo consideró honestamente.

—De fallar. De llegar allá y descubrir que el problema no era mi vida, era yo. Y que me lo llevo conmigo.

—Eso no es miedo —dijo Marco—. Es la realidad. Por supuesto que te llevas contigo. No hay escape de ti mismo. Pero aquí está la cosa: ya hiciste el trabajo. Terapia. Crecimiento. Cambio real. No estás huyendo de problemas. Estás eligiendo un ambiente diferente donde puedes ser una versión mejor de ti.

—¿Y si descubro que no soy mejor? ¿Que solo era el dinero haciéndose pasar por profundidad?

Marco rio de nuevo, más suave esta vez.

—Muchacho, si eso fuera verdad, no estarías aquí. No habrías venido a despedirte. La gente superficial no hace despedidas. Solo desaparecen porque otras personas son accesorios, no conexiones reales.

Arturo no había pensado en eso.

—Vas a estar bien —continuó Marco—. Ambos van a estar bien. Porque finalmente entendiste lo que traté de enseñarte hace años.

—¿Qué es eso?

—La libertad no es tener todo. Es no necesitar nada.

Las palabras se asentaron en el espacio entre ellos. Profundas. Ciertas.

—Cuando estábamos en la guerra —Marco cambió de tema abruptamente, como hacía cuando algo lo emocionaba demasiado—, cargábamos todo en nuestras espaldas. Equipo, armas, raciones, cartas de casa. Mientras más cargabas, más pesado era cada paso.

—Los soldados inteligentes aprendían: solo llevas lo esencial. Agua. Municiones. Brújula. Lo demás —fotos, recuerdos, comodidades— lo dejabas atrás o lo enterrabas. Porque en combate, la velocidad y la movilidad salvan vidas.

Arturo escuchaba intensamente.

—Ustedes están haciendo eso ahora. Dejando peso muerto. Todo ese equipaje de expectativas, obligaciones, identidades que no les pertenecen. Viajando ligeros.

Marco se inclinó hacia adelante con esfuerzo, alcanzando el cajón en la mesa lateral. Sus dedos tantearon hasta encontrar lo que buscaba.

Una brújula. Vieja. Militar. Carcasa de bronce gastada por décadas de uso. Vidrio rayado pero intacto.

—Esto —dijo Marco, extendiéndola hacia Arturo— me mantuvo vivo en tres guerras. Vietnam. Afganistán. Operaciones que no puedo nombrar en lugares que no existen oficialmente.

Arturo tomó la brújula con reverencia. Era pesada. Sólida. Real.

—Marco, no puedo aceptar esto. Es…

—¿Qué? ¿Valioso? No monetariamente. Apenas vale veinte dólares en una tienda de antigüedades. Pero para mí —Marco tocó donde sabía que Arturo sostenía la brújula— es más valiosa que cualquier medalla que me dieron.

—Exactamente por qué no puedo…

—Escúchame, muchacho —la voz de Marco se endureció—. Tengo setenta y dos años. La salud no es lo que era. No me queda tanto tiempo.



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En el texto hay: humor, romance, amor

Editado: 14.01.2026

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