CAPÍTULO 4: La Llegada a Valle Sereno
PARTE I: EL VUELO DE LA LIBERTAD
El Aeropuerto Internacional de la capital estaba en caos usual de martes por la mañana. Viajeros de negocios corriendo con maletines y cafés. Familias arrastrando maletas sobrecargadas. Anuncios constantes sobre puertas, retrasos, abordajes.
Arturo y Adelina se mezclaban perfectamente con la multitud. Jeans. Sudaderas. Mochilas. Cuatro maletas de tamaño mediano entre ambos. Nada que gritara "multimillonarios en fuga."
Habían volado primera clase—o clase ejecutiva, o jets privados—tantas veces que Arturo había perdido la cuenta. Pero cuando compraron boletos para este viaje, Adelina había pausado en la pantalla de selección.
—¿Qué tal... económica?
Arturo había parpadeado.
—¿Económica? ¿En vuelo de seis horas?
—Piénsalo. ¿Cuándo fue la última vez que volamos como gente normal? Y si vamos a ser freelancers profesionales que trabajan desde casa, no tendría sentido pagar primera clase regularmente.
Tenía razón. Como siempre.
Entonces ahí estaban. Puerta 42B. Sección de asientos detrás de primera clase, sin lounge de acceso exclusivo para esperar.
Adelina miraba todo con fascinación apenas contenida. La hilera de sillas de plástico conectadas donde la gente esperaba. El pequeño puesto de café con precios que habrían sido considerados robo hace años pero ahora eran solo... normales. Los niños pequeños corriendo entre filas mientras padres agotados intentaban controlarlos.
—Es como... humanidad concentrada—murmuró.
Arturo sonrió. Para él, esto era regreso. Durante su experimento original, había volado autobús. Tren. Una vez, aventón. Esto era lujo comparado con aquello.
Para Adelina, era revelación.
Cuando llamaron su grupo de abordaje—Grupo 4, no "pasajeros de primera clase"—se unieron a la fila. Adelina observó el proceso con ojos de antropóloga descubriendo tribu nueva.
Dentro del avión, encontraron sus asientos. 23E y 23F. Ventana y medio. No pasillo. Arturo había olvidado cómo se sentía asiento de en medio—ese espacio liminal donde no controlas ventana ni tienes libertad de pasillo.
Adelina se metió en asiento de ventana con emoción que no había mostrado en años de viajes corporativos.
—Mira—susurró mientras más pasajeros abordaban—, puedo ver el ala.
—Sí, cariño. Así es como funcionan los aviones.
—No seas condescendiente. Sabes a qué me refiero. Cuando vuelas primera clase, no ves estas cosas. Estás aislado. Aquí estás... parte de la máquina.
Tenía razón. Nuevamente.
El avión se llenó. Su fila completada por hombre de negocios en asiento de pasillo que inmediatamente se puso audífonos y abrió laptop. No hizo contacto visual. Perfecto.
Instrucciones de seguridad. Adelina las observó completas—algo que Arturo nunca la había visto hacer en vuelos de primera clase donde normalmente seguía trabajando durante toda la presentación.
—¿Siempre han sido tan detalladas?—preguntó.
—Literalmente idénticas en cada vuelo.
—Fascinante.
Despegue fue suave. Adelina presionó cara contra ventana como niña en su primer vuelo. Arturo la observó, corazón hinchándose con afecto que todavía lo sorprendía después de cinco años juntos.
Esta mujer había comandado corporación de miles de millones de dólares. Había negociado con CEOs de Fortune 500. Había dado discursos frente a miles de personas.
Y ahora estaba emocionada por ver nubes desde ventana de avión.
Media hora después del despegue, carrito de bebidas llegó.
Asistente de vuelo—mujer en sus cincuentas con sonrisa profesional pero genuina—se detuvo en su fila.
—¿Algo de beber?
—Agua, por favor—dijo Arturo.
—Coca Cola—dijo Adelina. Luego, cuando asistente sirvió en vaso de plástico pequeño, añadió con asombro genuino—: ¿Es gratis?
La asistente rio.
—Sí, señora. Bebidas no alcohólicas son gratis en vuelos domésticos.
—Oh. Wow. No sabía.—Adelina tomó el vaso como si fuera champán en copa de cristal.
Arturo intentó no reír. Falló.
—¿Qué?—Adelina lo miró defensivamente—. ¿Cuándo fue la última vez que volé económica? Universidad. Hace veinte años. Las cosas cambian.
—No las bebidas gratis. Esas siempre fueron gratis.
—Bueno, lo olvidé.—Bebió su Coca Cola con dignidad exagerada—. Y es deliciosa.
El hombre de negocios en asiento de pasillo los miró brevemente, ligeramente molesto por la conversación. Luego regresó a su laptop.
Adelina sacó libro—novela de misterio que había comprado en librería de aeropuerto. Arturo sacó su propia lectura—biografía de arquitecto que había querido leer durante meses pero nunca había tenido tiempo.
Volaron en silencio cómodo. Sin WiFi de jet privado. Sin asistentes trayendo comidas gourmet. Solo pretzels pequeños en bolsas plateadas y café mediocre que costaba cinco dólares.
Era perfecto.
Tres horas después, Adelina se quedó dormida con cabeza apoyada en hombro de Arturo. Libro abierto en su regazo. Respiración suave y uniforme.
Arturo la observó dormir. Sin maquillaje profesional. Sin traje de diseñador. Sin armadura de CEO que había usado durante década.
Solo Adelina. Su esposa. Su compañera en este salto absurdo hacia lo desconocido.
Por primera vez en semanas—quizás meses—sintió paz completa.
No paz de tener todo resuelto. Paz de finalmente estar en camino correcto.
Editado: 14.01.2026