PARTE II: LA CEREMONIA DEL ARTIFICIO
Los jardines de la mansión De la Vega eran obscenamente hermosos.
Diez acres de césped perfectamente cortado. Fuentes sincronizadas con luz y música. Carpas blancas del tamaño de casas pequeñas, con pisos de madera pulida instalados específicamente para esta noche. Mesas con manteles de lino irlandés. Centros de mesa de orquídeas importadas. Quinientas sillas Chiavari doradas —no trescientas como se planeó originalmente; la lista de invitados había crecido porque “¿Cómo no invitar al embajador después de que nos invitó a su gala?”.
Arturo y Adelina llegaron a las siete y cuarenta y cinco, usando la entrada privada de la propiedad para evitar a los invitados que ya comenzaban a arribar. Se cambiaron en suites separadas —tradición absurda que la tía Patricia de Arturo había insistido porque “el novio no debe ver a la novia el día de la boda”.
—Ya me viste hace tres horas —Adelina había protestado.
—Esa no cuenta —Patricia había respondido con lógica que solo existía en el universo de la alta sociedad.
En su suite, Arturo se puso el esmoquin. El traje era un uniforme, una armadura. Lo hacía sentir como el hombre que había sido, no el que era.
Tocaron la puerta. Ricardo entró, también en esmoquin, aunque claramente más cómodo en el suyo.
—¿Listo para el circo?
Arturo sonrió sin humor.
—¿Tengo opción?
—Siempre tienes opción, hermano. Podemos salir por la puerta trasera ahora mismo. Perderte. Dejar que todos asuman que tuviste una crisis nerviosa.
Por un momento —solo un momento—, Arturo lo consideró genuinamente.
Luego suspiró.
—No. Adelina merece esto. Su familia merece esto. Y necesitamos… cerrar este capítulo apropiadamente.
Ricardo lo estudió.
—¿Cerrar?
Arturo se volvió, sosteniéndole la mirada a su amigo más viejo.
—Ric, no podemos vivir así para siempre. Un pie en cada mundo. Eventualmente tendremos que elegir.
—¿Y ya elegiste?
—Elegimos hace tres horas. En un salón comunitario con sillas plegables y tamales caseros. Esto —gesticuló vagamente hacia la ventana, donde una orquesta de cámara comenzaba a tocar— es una despedida.
Ricardo procesó esto.
—Tus primos van a perder la cabeza.
—Que la pierdan. Ya no me importa.
Pero su voz temblaba ligeramente. Porque sí le importaba. No su opinión, sino el acto de cortarse de la única familia de sangre que tenía. Incluso si esa familia estaba podrida.
Otra puerta. Esta vez, su padre. Alejandro De la Vega, setenta y dos años, aún imponente con cabello blanco peinado hacia atrás y una presencia que llenaba cualquier habitación.
—Hijo.
No era un término cariñoso. Era una categorización. Identificación de relación biológica sin implicación emocional.
—Padre.
Silencio incómodo. Ricardo consideró irse, pero Arturo lo detuvo con un gesto sutil.
—Te ves apropiado —dijo Alejandro finalmente—. Como un De la Vega debe verse.
No como lucía esta mañana, el subtexto gritaba. Alejandro no había asistido a la primera ceremonia. Había enviado una tarjeta con una disculpa falsa sobre “compromisos previos imposibles de cancelar”. La verdad: no pisaría el Barrio San Miguel ni aunque ardiera.
—Gracias —Arturo respondió sin emoción.
—Tu madre estaría orgullosa.
Y ahí estaba. La única arma que Alejandro aún podía blandir. El recuerdo de María Elena De la Vega, quien había muerto cuando Arturo tenía quince años. La única persona que lo había amado incondicionalmente. La única pérdida que Arturo nunca había superado por completo.
—Mi madre —dijo Arturo cuidadosamente— estaría en el Barrio San Miguel ahora mismo, ayudando a limpiar y abrazando a Sofía. Ella entendía lo que significa realmente familia.
Alejandro se endureció.
—No reescribas la historia para justificar tus… decisiones.
—No reescribo nada. Solo recuerdo a la mujer real, no a la versión sanitizada que prefieres recordar.
La tensión era palpable. Ricardo se movió ligeramente, preparado para intervenir si era necesario.
Alejandro respiró profundo, recomponiendo su máscara de civilidad.
—Hay trescientos invitados esperando. Invitados importantes. Inversores, socios, contactos políticos. Confío en que recordarás eso durante tu… performance.
Performance. Exactamente la palabra que Arturo había usado. Pero viniendo de su padre, sonaba como una acusación.
—Recordaré que es mi boda —respondió Arturo—. No tu evento de networking.
Alejandro lo miró largamente. Algo pasó por su rostro —¿decepción? ¿resignación?— antes de desaparecer.
—Tu esposa te espera.
Salió sin otra palabra.
Ricardo soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Jesús, Arturo. ¿Siempre es así?
—Esto fue amable comparado con el promedio.
En la suite nupcial al otro lado de la mansión, Adelina enfrentaba su propia batalla.
El vestido era Vera Wang. Cuarenta mil dólares de seda, encaje francés y pedrería Swarovski. La costurera había llorado al verlo completado. “Es arte”, había susurrado. “Arte ponible”.
Adelina se sentía como un maniquí.
Tres maquillistas habían trabajado en su rostro durante noventa minutos. Contorneo, iluminación, sombra, labios perfectos en tono “Nude Sophistication”. Su cabello —usualmente en una cola de caballo práctica— estaba peinado en una construcción elaborada que requirió setenta horquillas y media lata de espray.
Se veía en el espejo y no se reconocía.
Era la versión de ella misma que había existido hacía seis años. Adelina Gómez, CEO de Grupo Gómez, rostro en portadas de Forbes y Fortune. Mujer que dormía cuatro horas por noche y medía su valor en reportes trimestrales.
Había matado a esa mujer deliberadamente.
Y aquí estaba, resucitada por obligación social.
Su madre, Gabriela Gómez, revoloteaba alrededor con el organizador de eventos, coordinando detalles de último minuto. Gabriela había organizado este evento como una campaña militar. Nada quedaba al azar. Cada flor, cada nota musical, cada plato del menú de siete tiempos —todo aprobado personalmente.
Editado: 14.01.2026