La pobreza del millonario [rom Com - Concurso]

Parte II

PARTE II: LA MADRE GUERRERA Y SUS HIJOS

La casa de Sofía Ramírez era un caos organizado. Siempre lo había sido. Pero ahora, con Daniel de veinte años prácticamente viviendo independiente y Camila de diecisiete preparándose para la universidad, había una calidad diferente al desorden. No el caos de niños pequeños. El caos de adultos jóvenes lanzándose al mundo.

Arturo y Adelina llegaron juntos. Sofía había insistido: "Quiero verlos a ambos. Despedidas apropiadas."

Sofía abrió antes de que tocaran. Como si hubiera estado esperando en la puerta.

—Pasen, pasen. Daniel está en su cuarto. Camila en camino —llegó desde casa de una amiga.

La sala olía a canela y café. Sofía había horneado —pan dulce casero que Arturo reconoció como una receta especial que solo hacía para ocasiones importantes.

—Siéntense. Coman. Después hablaremos.

Era una orden, no una invitación. Arturo y Adelina obedecieron.

Sofía se movía por la cocina con la eficiencia que venía de años manejando casa, trabajo y familia simultáneamente. Sirvió café. Cortó pan. Puso todo en la mesa como si fuera un domingo normal.

Pero no era normal. Todos lo sabían.

Daniel bajó —ya no el niño que Arturo había conocido. Un hombre joven con barba incipiente y una altura que excedía la de Arturo. Estudiaba ingeniería en la universidad estatal. Trabajaba medio tiempo en una startup tecnológica. Responsable. Enfocado. Todo lo que Sofía había trabajado para que fuera.

—Tío Arturo. Tía Ade. —Abrazos automáticos. La familia elegida hacía eso—. ¿Es cierto? ¿Realmente se van?

—Es cierto —confirmó Arturo.

—Guau. Eso es... guau.

Camila llegó veinte minutos después. Diecisiete años, pero parecía mayor. Una artista talentosa cuyo portfolio ya había ganado premios locales. Aceptada en tres escuelas de arte. Creativa, apasionada, independiente.

—No puedo creer que se vayan —fueron sus primeras palabras—. Justo cuando las cosas se ponían interesantes.

Una vez que todos estuvieron reunidos, Sofía se sentó. Miró a Arturo y Adelina directamente.

—Expliquen.

No era una petición hostil. Era una madre que necesitaba entender.

Arturo y Adelina intercambiaron miradas. Habían preparado una versión de la historia. Pero frente a Sofía —quien los conocía, realmente los conocía—, la versión preparada se sentía insultante.

Arturo decidió: la verdad completa.

—No podemos seguir viviendo como hemos estado —comenzó—. Divididos entre dos mundos. Pretendiendo pertenecer a ambos. Nos está matando.

—¿Matando cómo? —Sofía no dramatizaba. Si decían "matando", quería saber específicamente.

Adelina tomó el turno.

—Cuatro ataques de pánico en el último mes. Dos tan severos que pensé que estaba teniendo un ataque cardíaco. Insomnio crónico. La relación con mi madre está completamente rota. Cada cena familiar se siente como un interrogatorio.

—Y yo —Arturo continuó— apenas reconozco a la persona en el espejo cuando tengo que ponerme un traje para eventos corporativos. Cada reunión familiar es una batalla. Mi padre no me ha mirado a los ojos en meses. Llevo dos vidas y ambas se sienten falsas.

Sofía escuchó sin interrumpir. Cuando terminaron, asintió lentamente.

—¿Y creen que irse resolverá eso?

—No todo —admitió Adelina—. Nuestros problemas vienen con nosotros. Pero al menos no tendremos la presión constante de dos familias, dos sociedades, dos identidades.

—¿Adónde van?

—No podemos decir —dijo Arturo suavemente—. No porque no confiamos en ti, sino porque...

—Mientras menos gente sepa, más segura es su privacidad —Sofía completó, las mismas palabras que Marco había usado—. Entiendo. No soy estúpida.

Daniel se inclinó hacia adelante.

—Esto es como un programa de protección de testigos, pero voluntario. Están desapareciendo.

—Básicamente —confirmó Arturo.

—Eso es... honestamente increíble —dijo Daniel, con los ojos brillando—. Quiero decir, aterrador. Pero increíble. ¿Cuánta gente tiene el coraje de hacer eso?

Camila era más cautelosa.

—Pero nos van a olvidar. Eventualmente. Sin nosotros viéndolos, ellos viéndonos... las relaciones se desvanecen.

—No —Adelina dijo firmemente—. No los olvidaremos. Y no dejaremos que la relación se desvanezca.

—¿Cómo? —el desafío razonable de Camila—. Si no podemos visitarlos. Si no sabemos dónde están.

Arturo sacó el teléfono. No su teléfono regular —uno nuevo. Sin nombre registrado. Solo un número.

—Este —explicó— es una línea directa. Encriptada. Segura. Solo ustedes tres y Ricardo tendrán este número. Llamadas, mensajes, video —todo funciona. Pero no rastreable.

Pasó el teléfono a Sofía. Ella lo examinó como un artefacto alienígena.

—¿Cómo funciona?

—Igual que un teléfono normal. Pero si alguien —digamos, mi padre o la madre de Adelina— trata de rastrearlo, solo encontrarán código. Sin ubicación. Sin registros.

—Espías de verdad —murmuró Daniel, impresionado.

—Y hay más —añadió Adelina—. Vamos a establecer una cuenta bancaria accesible para ustedes tres. No mucho —no queremos levantar preguntas—, pero suficiente. Si alguna vez necesitan algo. Una emergencia. Una oportunidad. Lo que sea.

Sofía se endureció inmediatamente.

—No necesitamos su dinero.

—No es caridad —dijo Arturo rápidamente—. Es la familia cuidando a la familia. Como tú cuidaste de mí cuando no tenía nada. Cuando me diste de comer de tu propia mesa cuando apenas tenías suficiente.

—Eso era diferente. Eras...

—Solo para emergencias —cedió Sofía—. No para cosas que podemos manejar nosotros mismos.

—Acordado.

Daniel, siempre el pragmático, preguntó:

—¿Y si algo les pasa? ¿Cómo sabremos?

Era la pregunta que Arturo había temido. Porque la respuesta era incómoda.

—Ricardo Morales es nuestro contacto de emergencia legal. Si algo nos pasara —un accidente, una enfermedad, lo que sea—, él los contactaría inmediatamente.



#1497 en Novela romántica
#442 en Otros
#194 en Humor

En el texto hay: humor, romance, amor

Editado: 14.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.