PARTE III: EL AMIGO QUE LO SABÍA TODO
La oficina de Ricardo Morales estaba en el piso treinta de un rascacielos de vidrio en el distrito financiero. Esquina. Ventanas de piso a techo. Vista a una ciudad que nunca dormía. Todo lo que un socio senior en una firma de abogados de élite merecía.
Ricardo estaba detrás del escritorio masivo de caoba cuando Arturo entró. No levantó la vista inmediatamente —revisando un contrato, marcando cláusulas con una pluma fuente que probablemente costaba más que la renta mensual de una persona promedio.
—Dos minutos —dijo sin levantar la vista.
Arturo se sentó en una de las sillas de cuero italiano frente al escritorio. Esperó. Observó.
Ricardo había cambiado en los años desde que se conocieron en la escuela preparatoria. Más canoso. Líneas más profundas alrededor de los ojos. Pero la misma inteligencia afilada. La misma lealtad inquebrantable.
Había sido el único amigo de Arturo durante el primer experimento. El único que sabía todo. El único que había ayudado a estructurar la farsa original —y el único que había advertido, correctamente, que terminaría en desastre.
Y ahora, el único ayudando a estructurar el escape permanente.
Ricardo finalmente firmó el documento, lo puso en la bandeja de salida, levantó la vista.
—Todo listo. Los fideicomisos finalizados esta mañana. Las LLCs registradas. Los administradores en posición. Legalmente, pueden desaparecer mañana si quieren.
—Tres semanas —corrigió Arturo—. Unas últimas cosas que cerrar.
—Las despedidas.
—Sí.
Ricardo se recostó en la silla, estudiando a su amigo.
—¿Cómo van?
—Marco me dio su brújula militar.
—Mierda. Eso es... significativo.
—Sofía lloró. Sus hijos emocionados pero tristes. Promesas de llamadas semanales y visitas eventualmente.
—¿Y tu familia?
—Todavía no.
—¿Vas a hacerlo? ¿Una despedida en persona?
Arturo consideró. Había estado evitando responder esa pregunta para sí mismo.
—No lo sé. Parte de mí siente que se lo debo. Otra parte piensa que causará más daño que bien.
—Probablemente ambas partes tienen razón —dijo Ricardo—. Típico de ti, complicar decisiones simples con consideración excesiva.
Sonrió mientras lo decía. Sin malicia. Solo la verdad entre amigos viejos.
—¿Qué harías tú? —preguntó Arturo.
—¿Honestamente? Dejaría una nota. Una explicación por escrito. Sin confrontación. Tu padre no va a entender de todos modos. Tu madre —descanse en paz— entendería, pero está muerta. Tus primos solo están enojados porque estás abandonando la nave que esperaban heredar eventualmente.
—Suena cobarde.
—Suena práctico. Y tú ya no tienes que probar tu valentía a nadie. —Ricardo se inclinó hacia adelante—. Arturo, has pasado años probándote. A mí. A Marco. A Adelina. A ti mismo. Ya pasaste la prueba. No necesitas una confrontación dramática con tu padre para validar tu decisión.
Tenía razón. Por supuesto que tenía razón. Ricardo generalmente tenía razón —fue su maldición y su regalo.
—¿Y Adelina? —Arturo preguntó—. ¿Su familia?
—Ya lo manejo. Su madre está furiosa pero impotente. GRUPO GÓMEZ tiene un nuevo CEO competente. La transición fue suave. Los medios ya pasaron al siguiente escándalo corporativo. En dos meses, nadie recordará que Adelina Gómez existió. Que es exactamente el punto.
—¿Crees que estamos cometiendo un error?
Ricardo no respondió inmediatamente. Se levantó, caminó hacia la ventana panorámica, manos en los bolsillos.
—Cometí el error hace diez años —dijo finalmente—. Me ofrecieron una posición en una startup en Silicon Valley. Riesgosa. Emocionante. Salario bajo pero participación accionaria significativa. Hubiera sido una aventura.
—No lo hiciste —dijo Arturo, conociendo la historia.
—No lo hice. Elegí la seguridad. Esta firma. Salario garantizado. Un camino predecible. La startup eventualmente valió mil millones. Mi participación habría valido cien millones.
—Ric...
—No lo menciono por el dinero —Ricardo interrumpió—. Lo menciono porque me pregunto: ¿cómo habría sido mi vida? ¿Más feliz? ¿Más satisfactoria? No lo sé. Nunca lo sabré. Porque elegí la seguridad sobre la aventura.
Se volvió para enfrentar a Arturo.
—Tú estás eligiendo la aventura. El riesgo. Lo desconocido. Podrías fracasar espectacularmente. Podrías odiar la vida que construyes. Podrías arrepentirte en cinco años.
—Gracias por el apoyo —Arturo dijo secamente.
Ricardo sonrió.
—Pero también podrías tener éxito. Podrías encontrar la paz que nunca tuviste aquí. Podrías construir la vida que realmente quieres en lugar de la vida que heredaste. Y en veinte años, cuando mires atrás, sabrás que tuviste el coraje de intentarlo.
—¿Mientras tú?
—Mientras yo miro mi bonita oficina y me pregunto qué pasó.
Silencio pesado.
—No es demasiado tarde —dijo Arturo—. Tú también podrías...
—No —Ricardo cortó firmemente—. Mi momento pasó. Tomé mi decisión. Tengo una esposa que ama su vida aquí. Hijos en buenas escuelas. Una hipoteca manejable. Una práctica legal exitosa. Estoy... bien. No feliz como tú podrías ser. Pero bien.
—Ric...
—Y eso está bien —Ricardo insistió—. No todos necesitan un gran escape. Algunos de nosotros encontramos paz suficiente en la estabilidad. Pero tú —apuntó a Arturo—, tú necesitas más. Siempre lo has necesitado. Por eso hiciste el experimento estúpido original. Por eso te enamoraste de Adelina. Por eso estás haciendo esto ahora.
—¿Y crees que es correcto?
—Creo que es necesario. Para ti. Para ella. Para cualquier futuro que construyan juntos. —Ricardo caminó hacia Arturo, extendió la mano—. Así que sí. Tienes mi bendición. Y mi envidia. Y mi apoyo continuo.
Arturo tomó su mano, luego lo jaló hacia un abrazo.
—Te voy a extrañar, hermano.
—Yo también. Pero —Ricardo se separó— no tanto como crees. Porque voy a visitarte. Regularmente. Traeré a mi familia. Conoceré tu nuevo lugar. Seré parte de tu nueva vida tanto como me dejes.
Editado: 14.01.2026