CAPÍTULO 16.5: Los pretendientes
Día 148 – Quinto mes, Gala Anual de Innovación Empresarial, Hotel Emperador, 8:17 PM
El Gran Salón del Hotel Emperador era puro despliegue: candelabros de cristal que valían fortunas, mármol italiano en cada superficie, arreglos florales que parecían jardines enteros. Quinientas personas de la élite circulaban con copas de champán caro, intercambiando sonrisas calculadas y tarjetas que abrían puertas.
Arturo había asistido cinco veces antes como heredero De la Vega: aburrido, superior, sintiéndose por encima de la pompa. Esta noche iba como Arturo Vega, asistente ejecutivo de Adelina Gómez, y cada detalle se sentía distinto. Crudo. Expuesto.
Se paró cerca de la entrada, ajustando el nudo de su corbata por enésima vez. Su traje —el mejor de los tres modestos, azul marino de marca respetable— parecía repentinamente pobre entre Armani y Tom Ford. Nadie lo miraba dos veces. Era invisible. Fondo. Exacto lo que buscó con su experimento: ser valorado por algo más que estatus.
Entonces, ¿por qué se sentía tan desnudo?
—Arturo, ahí está.
Se volvió. Adelina caminaba hacia él, y su respiración se cortó.
Siempre la vio en trajes sastre neutros, maquillaje mínimo, joyas discretas. Esta noche era distinta. Vestido azul medianoche que abrazaba su figura con elegancia modesta, cabello suelto en ondas suaves sobre hombros, ojos ahumados que hacían sus ojos café casi dorados bajo candelabros.
Deslumbrante. Y visiblemente incómoda con ello.
—¿Muy exagerado? —preguntó, notando su mirada—. Mi estilista insistió. “Feminidad accesible” para suavizar imagen corporativa —comillas audibles, tono irónico.
—Se ve hermosa —dijo honesto, luego corrigió—. Profesionalmente perfecta para el evento.
Adelina sonrió leve, alivio fugaz en ojos.
—Gracias. Preferiría estar en oficina con números —miró salón, suspiro—. Ocho premios entregar, dieciséis discursos escuchar, incontables charlas superficiales. ¿Por qué hacemos esto?
—Porque Grupo Gómez patrocina mitad premios y su ausencia notaría —repitió justificación que ella dio cuando rechazó ir tres veces.
—Correcto. Precio influencia —respiró hondo, máscara CEO on—. Quédese cerca pero no pegado. Si necesito rescate conversación insufrible, señal.
—¿Señal?
—Toco lóbulo oreja derecha. Invente emergencia requiera atención inmediata.
—Entendido.
Adelina empezó alejarse, detuvo.
—Si necesita rescate, use mi nombre. “Señora Gómez necesita consultarme.” Nadie cuestiona.
Gesto consideración. Reconocía noche agotadora para ambos. Arturo apreció más de lo expresable.
—Gracias.
Adelina asintió, adentró mar trajes caros.
Arturo siguió distancia respetuosa, espacio liminal: con ella, no de ella.
Observó navegar conversaciones: ejecutivos, políticos, herederos. Fascinante. Ajustaba tono audiencias: cálida sin débil, firme sin fría, inteligente sin condescendiente.
También incómodo: cómo hombres la miraban.
No respeto profesional oficina. Crudo. Apreciación. Deseo velado sonrisas corporativas.
Arturo reconoció miradas: él las dio innumerables veces. Evaluación calculada mujer hermosa poderosa posible conquista.
Revolvió estómago verlo dirigido ella.
Procesando realización —quizá fue ese hombre más veces quería admitir— cuando hombre acercó Adelina confianza nunca rechazado.
Sebastián Mora: alto, mandíbula cincelada, cabello plateado peinado atrás, bronceado yates. Traje Brioni, reloj Patek cien mil. Sonrisa blanca brillante calculada encantar.
—Adelina Gómez —voz rica—. Cada año más radiante. Injusto competir atención cuando estás sala.
Arturo, metros distancia, sintió retorcerse estómago.
Adelina sonrió cortés, no ojos.
—Sebastián. Sorpresa verte.
—¿Sorpresa? Culminación año social. Principalmente porque sé verte —inclinó más cerca, invadiendo sutil—. Excepcional noche. Vestido… perfección.
—Gracias —tono enfrió perceptible, Sebastián no notó o ignoró.
—¿Aceptarás cena? Pido meses. Sinergia real Grupo Gómez MoraTel explorar. Preferiblemente vino excelente restaurante favorito.
—Sebastián, discusiones negocios horario oficina—
—Mejores tratos fuera oficinas, ¿no? Ambientes… íntimos —sonrisa ensanchó—. Necesitas descanso trabajo. Muestro relajarse apropiadamente.
Arturo apretó copa fuerza sorprendió no romper. Instinto intervenir, poner lugar hombre confiado.
No podía. No posición. Asistente, no guardián. No novio. No igual.
Adelina manejó gracia profesional.
—Aprecio invitación, agenda no permite futuro previsible. Si MoraTel propuestas, equipo contacte mío detalles formales.
—Siempre profesional —risa condescendiente—. Parte encanto. Algún día darás cuenta vida más reuniones reportes. Cuando suceda, llámame —entregó tarjeta cartulina pesada bordes dorados. Número personal.
Adelina aceptó educación forzada, deslizó bolso sin mirar.
—Disfrutaré evento, Sebastián.
Despido claro. Sebastián ignoró.
—Espera, presentarte alguien. Embajador Singapur interés inversiones Latinoamérica…
Sebastián continuó, sin dejarla ir.
Adelina tocó lóbulo oreja derecha.
Señal.
Arturo acercó inmediato, expresión disculpa profesional.
—Señora Gómez, disculpe interrupción —miró Sebastián deferencia asistente—. Llamada urgente equipo Tokio. Diferencia horaria necesita autorización quince minutos o perdemos ventana.
Inventado, plausible.
Adelina volvió él gratitud sutil ojos.
—Por supuesto. Sebastián, discúlpame. Negocios siempre —sonrisa disculpa cortesía—. Placer verte.
Antes Sebastián protestara, Adelina alejó Arturo siguiéndola distancia.
Navegaron multitud corredor lateral menos poblado.
Fuera vista, Adelina suspiró.
—Gracias. Hombre no entiende sutilezas.
—Persistente —dijo Arturo neutral, furia burbujeando pecho.
Editado: 14.01.2026