CAPÍTULO 16.6: El precio de la mentira
Día 148 – Quinto mes, Estacionamiento Hotel Emperador, 11:42 PM
El champagne todavía le ardía en la garganta cuando Arturo finalmente escapó del Gran Salón. Las luces del hotel parecían burlarse de él ahora, reflejando su propia farsa en cada ventanal.
Adelina seguía dentro —acorralada por inversionistas que querían "solo cinco minutos más"— pero le había hecho la señal universal de "vete, estoy bien" con una mirada cansada que decía exactamente lo contrario.
Caminó hacia su auto, ese sedán modesto que era parte del disfraz, aflojando la corbata que sentía como un lazo alrededor del cuello. El aire nocturno era fresco, casi frío, y por primera vez en horas respiró sin sentir el peso de las miradas evaluadoras.
Se apoyó contra el capó del auto, mirando hacia el cielo donde las estrellas eran invisibles tras el resplandor de la ciudad. La noche había sido un recordatorio cruel de todo lo que había construido —y de todo lo que había perdido al construirlo.
Su teléfono vibró en el bolsillo. Otro mensaje de Ricardo, probablemente. O quizá de su familia, recordándole la reunión de mañana. O tal vez...
Lo sacó. No era Ricardo.
Era un número desconocido.
Adjunto: una foto.
Arturo abrió el mensaje y el mundo se detuvo.
Era una foto de él. Esta misma noche. Subiendo a este mismo auto. Tomada desde un ángulo que sugería distancia, quizá con zoom. En la oscuridad del estacionamiento, pero lo suficientemente clara para reconocer su rostro, su traje, el auto.
Debajo de la foto, un texto:
"Interesante elección de vehículo para alguien de tu... pedigree. ¿Jugando a ser pobre otra vez? Qué divertido. — S.M."
S.M.
Sebastián Mora.
La sangre le golpeó los oídos con tal fuerza que casi no escuchó el siguiente ping:
"No te preocupes, tu pequeño secreto está a salvo. Conmigo. Por ahora. Pero me debes una conversación. Mañana, 2 PM, Café Noir. Ven solo. O quizá Adelina descubra qué tipo de juegos psicológicos juegas con mujeres que merecen algo mejor que un mentiroso."
Arturo apretó el teléfono hasta que los nudillos se pusieron blancos. El dispositivo crujió en protesta, pero él ni lo notó.
¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?
Revisó la foto de nuevo. El ángulo... desde la entrada del hotel, probablemente. Sebastián debió haber salido momentáneamente, lo vio, tomó la foto. O tenía a alguien haciéndolo.
Pero eso no era lo importante.
Lo importante era que sabía.
O al menos sospechaba lo suficiente para chantajear.
Arturo cerró los ojos, dejando que la realidad lo golpeara en oleadas:
Sebastián Mora sabía —o creía saber— que Arturo no era quien decía ser.
Lo estaba chantajeando.
La amenaza era Adelina.
Subió al auto, encendió el motor, pero no salió. Solo se quedó ahí, con las manos en el volante, mirando sin ver a través del parabrisas.
Las opciones se alineaban frente a él, cada una más amarga que la anterior:
Opción A: Ir a la cita. Escuchar qué quería Sebastián. Probablemente algo relacionado con Adelina —alejarse de ella, sabotear algún negocio, quién sabía.
Opción B: Ignorarlo. Arriesgarse a que Sebastián le contara a Adelina una versión distorsionada —o peor, la verdad— antes de que él pudiera hacerlo.
Opción C: Contarle todo a Adelina ahora. Antes de que Sebastián tuviera la oportunidad.
Opción D: Desaparecer. Renunciar, irse, dejar que Arturo Vega se esfumara como el personaje que siempre había sido.
Cada opción terminaba en pérdida. Cada una significaba herir a Adelina de maneras que no podía perdonarse.
Su teléfono vibró de nuevo. Esta vez era Adelina:
"Finalmente escapé. Gracias por aguantar esta noche contigo. Fue menos insoportable. Que descanses. — A.G."
Menos insoportable.
No "fue un placer" o "gracias por tu profesionalismo". Menos insoportable.
Era el tipo de agradecimiento que se reservaba para personas con las que se compartía una complicidad real. El tipo de honestidad que no se tenía con empleados, sino con... ¿amigos? ¿Algo más?
Arturo escribió y borró tres respuestas antes de enviar:
"El placer fue mío. Descansa, Adelina. Te lo has ganado."
Simple. Profesional. Una mentira más a la pila.
La respuesta de ella llegó en segundos: 😊
El mismo emoji. El mismo gesto pequeño de humanidad en medio del caos.
Arturo dejó el teléfono en el asiento del acompañante y finalmente sacó el auto del estacionamiento. Pero no condujo hacia su apartamento modesto. Ni hacia la mansión De la Vega.
Condujo sin rumbo, dejando que la ciudad lo guiara a través de calles cada vez más vacías, mientras en su cabeza resonaba una sola pregunta:
¿Cuánto tiempo más podía vivir dividido entre dos hombres, ninguno de los cuales era completamente real?
El reloj del auto marcaba 12:17 AM cuando finalmente estacionó frente a un lugar que no había visitado en meses: el edificio decrépito donde había comenzado todo esto. Donde había conocido a Marco, a Sofía, a Daniel. Donde Arturo Vega había nacido como personaje.
Las luces estaban apagadas. Todos dormían. La ciudad pobre y real descansaba mientras la ciudad rica y falsa seguía brillando en la distancia.
Arturo bajó la ventana, dejó que el aire oliera a basura y vida real entrara al auto.
Desde aquí, todo parecía más simple. Más claro.
Había comenzado este experimento para probar que el amor sin dinero era posible. Había encontrado a alguien que lo valoraba sin dinero. Había respondido su propia pregunta.
Y ahora, esa respuesta lo estaba destruyendo.
Porque la verdadera pregunta nunca había sido "¿Me amarían sin dinero?".
Editado: 14.01.2026