PARTE II:
ATERRIZAJE EN LO DESCONOCIDO
El Aeropuerto Regional de Valle Sereno era exactamente tan pequeño como Ricardo había prometido.
Una terminal. Seis puertas. Una banda de equipaje. Cafetería pequeña que vendía sándwiches pre-empaquetados y café que olía a haber sido hecho esa mañana. Quizás ayer.
Pero estaba limpio. Funcionaba. Y lo más importante: nadie los miró dos veces.
No había fotógrafos. No reconocimiento. No susurros de "¿No es ese Arturo De la Vega?"
Solo viajeros cansados recogiendo maletas y saliendo hacia sus vidas.
Adelina estiró mientras esperaban sus cuatro maletas en la banda.
—Mis piernas están entumecidas. ¿Siempre es así en económica?
—Sí. Parte del encanto.
—Necesito encanto diferente la próxima vez. Como asientos con espacio para piernas humanas reales.
—Eso cuesta extra.
—Podemos permitírnoslo.
—Pero consultores freelance exitosos pero no ricos probablemente no pagarían por eso en vuelo corto.
Adelina hizo mueca.
—Tienes razón. Maldita sea. Ya odio ser de clase media.
—Clase media-alta—corrigió Arturo—. Todavía bastante cómodos. Solo no ostentosos.
Sus maletas aparecieron. Las recogieron—Arturo llevando tres, Adelina una, rotación que cambiarían después porque Adelina insistió en igualdad incluso en cargar equipaje.
Salida fue a través de puertas automáticas hacia estacionamiento pequeño. Aire de montaña golpeó inmediatamente—fresco, limpio, con olor a pino que ningún ambientador de jet privado había capturado nunca correctamente.
—Huele... verde—dijo Adelina, inhalando profundamente.
—Eso es porque hay árboles reales. No decorativos en macetas. Bosques reales.
Su auto rentado los esperaba—Toyota Highlander de tres años. Compacto pero espacioso. Confiable pero no memorable. Reservado bajo nombre de LLC que Ricardo había establecido.
Arturo cargó maletas mientras Adelina estudiaba el mapa en su teléfono.
—Dice veinte minutos hasta la casa. ¿Lista?
—Completamente no. Vamos.
Condujeron a través de ciudad pequeña que sería su hogar. Valle Sereno era exactamente como Ricardo había descrito: suficientemente grande para tener infraestructura real, suficientemente pequeño para mantener carácter de pueblo.
Calle principal con tiendas locales. Cafetería con gente sentada afuera incluso en día ligeramente frío. Supermercado. Farmacia. Librería. Dos restaurantes que lucían decentes. Banco local. Oficina de correos.
Todo lo esencial. Nada superfluo.
—Es... pintoresco—dijo Adelina, observando por ventana.
—Ese es el punto.
—No, quiero decir genuinamente pintoresco. No como esos pueblos falsos que construyen para turistas. Esto se siente... vivido.
Tenía razón. Había calidad autónoma al lugar. Gente no estaba actuando para visitantes. Simplemente vivían sus vidas.
Dejaron calle principal, subiendo levemente hacia área residencial. Calles se volvieron más anchas. Árboles más densos. Casas más espaciadas.
El vecindario de Arturo y Adelina estaba en lo que agente inmobiliaria Patricia Rodríguez había llamado "la zona profesional." Casas bonitas pero no mansiones. Jardines cuidados pero no mantenidos por jardineros profesionales. Autos en entradas que eran modelos de los últimos diez años—nada vintage, nada de este año.
Clase media-alta. Establecida. Respetable.
—Calle Maple, 847—leyó Adelina—. Debería ser... ahí.
Arturo giró en entrada de grava. Y ahí estaba su nueva casa.
Estructura de dos pisos pintada de gris claro con molduras blancas. Techo de tejas oscuras. Porche frontal con dos sillas Adirondack que Patricia había incluido como "regalo de bienvenida." Jardín frontal con césped que necesitaba corte y flores que necesitaban deshierbe.
Garaje para dos autos adjunto. Ventanas con cortinas que Patricia había instalado. Buzón al final de entrada con números 847 en letrero simple.
No era impresionante. No aparecería en revista de arquitectura. No haría que visitantes jadearan de admiración.
Era, en todos sentidos, casa ordinaria en vecindario ordinario.
Adelina se bajó del auto lentamente, observándola.
—Es... pequeña.
—Comparada con qué habitual, sí. Comparada con dónde la mayoría de gente vive, bastante espaciosa.
—No me malinterpretes. Es hermosa. Solo... diferente.
Arturo entendió. El penthouse de Adelina había sido 4,000 pies cuadrados. Esta casa probablemente era 1,800. La mansión De la Vega había sido 15,000.
Perspectiva era difícil de ajustar.
Se acercaron al porche. Arturo sacó llave—enviada por Patricia semana anterior. La insertó en cerradura.
La puerta se abrió con pequeño chirrido que necesitarían aceitar.
Dentro, el espacio olía a pintura fresca y madera. Patricia había contratado a limpiadores para asegurar que todo estuviera impecable para su llegada.
Sala de estar a la izquierda—espaciosa, con chimenea de gas, ventanas grandes que dejaban entrar luz natural. Vacía por ahora. Muebles llegarían mañana.
Cocina directamente adelante—moderna pero no de alta gama. Electrodomésticos de acero inoxidable. Encimeras de granito básico. Isla pequeña con dos taburetes. Suficiente espacio para cocinar comidas reales pero no para entretener a cincuenta invitados.
Comedor a la derecha—íntimo, con espacio para mesa de seis personas.
Escaleras llevaban al segundo piso. Tres habitaciones. Dos baños completos.
Adelina subió primero. Arturo la siguió con dos maletas.
Habitación principal tenía ventana con vista al jardín trasero. Closet de tamaño decente—no walk-in de cien pies cuadrados, pero funcional. Baño en suite con ducha y tina separadas.
—Este es nuestro cuarto—declaró Adelina, parándose en el centro del espacio vacío.
—Acordado.
Segunda habitación—más pequeña—podría ser oficina.
Tercera habitación—aún más pequeña—para invitados eventuales. O, eventualmente, otras cosas.
Editado: 14.01.2026