La pobreza del millonario [rom Com - Concurso]

Parte III

PARTE III: LA PRIMERA NOCHE

Colchón inflable no llegó hasta las 9 PM. Servicio de entrega local—no Amazon Prime, no entrega same-day de tienda de lujo—solo Ray's Furniture and Delivery, con camioneta que necesitaba afinación y conductor que se disculpó tres veces por "llegar tan tarde."

—No hay problema—dijo Arturo, ayudando a descargar—. Apreciamos que hicieran entrega hoy.

Ray—el conductor y aparentemente dueño—pareció genuinamente sorprendido por gratitud.

—La mayoría de gente se queja. Especialmente en esta zona.—Bajó voz—. Los de aquí pagan bien pero esperan servicio de hotel de cinco estrellas.

—Bueno, nosotros solo necesitamos un lugar donde dormir esta noche—dijo Adelina, firmando recibo—. Y esto lo hará.

Ray sonrió ampliamente.

—Van a encajar bien aquí. Buena noche, señores.

Se fue, camioneta haciendo ruido por la calle.

Arturo y Adelina miraron la caja del colchón inflable.

—¿Alguna vez has inflado uno de estos?—preguntó Adelina.

—Una vez. Campamento universitario. Hace veinte años.

—Yo nunca.

—Entonces esto será aventura.

Lo fue. La bomba eléctrica funcionó, pero el proceso tomó quince minutos de ruido ensordecedor que probablemente despertó a vecinos. El colchón, una vez inflado en habitación principal, ocupó la mayor parte del piso.

—Es... grande—observó Adelina.

—Queen size. Para dos personas.

—Pero en habitación vacía parece gigante.

Se sentaron en el borde, probándolo. Rebotó ligeramente. No era colchón de espuma memory de cinco mil dólares de penthouse de Adelina. Tampoco era cama antigua de la mansión De la Vega que había pertenecido a tres generaciones.

Era colchón inflable de cincuenta dólares que Ray había entregado en camioneta ruidosa.

Y cuando se acostaron—todavía vestidos porque sábanas llegaban mañana junto con resto de muebles—se hundieron juntos en el centro por gravedad y diseño imperfecto.

—No puedo moverme—dijo Adelina, riendo—. Estoy atrapada.

—Yo también. Supongo que dormiremos en la misma posición toda la noche.

—¿Podríamos regresar?

—¿Dónde?

—Al penthouse. A la mansión. Hay camas reales allá. Con sábanas de mil hilos.

—Podríamos. Están a seis horas de vuelo.

—Demasiado esfuerzo.

—Acordado.

Rieron en la oscuridad. Luz de calle filtrándose por ventana sin cortinas apropiadas todavía. Sonidos de vecindario asentándose para la noche—perros ladrando distancia, auto pasando, cricket cantando cerca.

—Arturo—dijo Adelina después de largo silencio.

—¿Sí?

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por saltar conmigo. Habrías sido más fácil hacer esto solo. Sin tener que considerar a otra persona.

—Habría sido imposible sin ti. Esto solo funciona porque somos dos. Porque nos mantenemos mutuamente honestos. Porque cuando uno de nosotros comienza a dudar, el otro recuerda por qué lo hicimos.

—Entonces gracias a ambos.

—Gracias a ambos.

Permanecieron acostados en el centro del colchón inflable, sin poder moverse sin esfuerzo deliberado, observando sombras en el techo.

—¿Crees que funcionará?—Adelina preguntó—. Todo esto. Nueva vida. Nuevas identidades. ¿Crees que realmente podemos mantenerlo?

Arturo consideró honestamente.

—No lo sé. Probablemente habrá complicaciones que no anticipamos. Gente que sospecha. Momentos donde casi nos descubren. Desafíos que no hemos considerado.

—Eso no es muy reconfortante.

—Pero también creo—continuó—que vale la pena intentar. Porque incluso si solo dura dos años. Tres. Cinco. Habremos tenido tiempo genuino donde vivimos como queríamos. Sin apellidos. Sin expectativas. Solo nosotros.

—¿Y si dura más? ¿Qué si realmente funciona?

—Entonces habremos logrado algo extraordinario. Habremos escapado de jaulas que la mayoría de gente ni siquiera reconoce que están dentro.

Adelina rodó—con esfuerzo—para enfrentarlo. Sus rostros apenas visibles en oscuridad.

—Te amo—dijo—. No por dinero que tienes o no tienes. No por apellido. Solo por ti. Por el hombre que tuvo coraje de deshacerlo todo y comenzar de nuevo.

—Te amo también—respondió Arturo—. Por tu fuerza. Tu inteligencia. Tu voluntad de saltar cuando habría sido más fácil quedarte.

Se besaron. Suave. Dulce. Promesa de todo por venir.

Eventualmente se quedaron dormidos. En colchón inflable de cincuenta dólares. En casa vacía. En un pueblo donde nadie sabía quiénes eran.

Y durmieron mejor que habían dormido en años.

Afuera, Valle Sereno dormía también. Pacífico. Ignorante de los dos refugiados de riqueza que acababan de llegar.

Mañana traería muebles. Desempaque completo. Comienzo de vida ordinaria.

Pero esta noche—primera noche en su nueva realidad—fue perfecta en su imperfección.

Dos personas. Cuatro maletas. Un colchón inflable.

Y todo el futuro esperando ser escrito.

FIN DEL CAPÍTULO 4



#1497 en Novela romántica
#442 en Otros
#194 en Humor

En el texto hay: humor, romance, amor

Editado: 14.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.