PARTE III: LA OFICINA EN CASA Y LA DOBLE VIDA
La oficina en el segundo piso fue cuidadosamente construida durante los primeros cuatro días.
Dos escritorios frente a frente—IKEA, ensamblados por Arturo con solo moderada frustración y tres piezas sobrantes que aparentemente no eran críticas. Sillas ergonómicas—no Herman Miller de mil dólares, sino versiones de doscientos de Office Depot que eran sorprendentemente cómodas.
Laptops personales en cada escritorio—MacBooks de un año, suficientemente nuevos para correr todo el software necesario, suficientemente viejos para no gritar "acabo de comprar el modelo más reciente."
Y los elementos críticos: iluminación y fondos de Zoom.
Arturo había investigado extensamente. Ring lights de treinta dólares de Amazon. Posicionados para crear iluminación profesional pero natural. Fondos digitales cuidadosamente seleccionados—estantes de libros genéricos, oficina moderna pero no lujosa, ocasionalmente "fondo borroso" cuando querían evitar detalles.
Pero no necesitaban fondos digitales todo el tiempo. Porque habían decorado la oficina específicamente para videoconferencias.
Estante detrás del escritorio de Arturo: libros sobre negocios, estrategia, liderazgo. Todos comprados de tienda de libros usados por cinco dólares cada uno. Mezclados con algunas novelas para parecer humano. Planta pequeña—falsa, porque ninguno tenía tiempo para mantener real viva. Lámpara de escritorio. Marco con foto de él y Adelina de su boda (la primera, del barrio).
Estante detrás del escritorio de Adelina: libros sobre diseño, creatividad, branding. Muestras de trabajo—ella había pasado dos días creando portfolio falso usando Canva y Photoshop. Suficientemente bueno para parecer profesional si alguien miraba de cerca durante videollamada. Otra planta falsa. Taza de café con logo de agencia de diseño que había encontrado en Goodwill.
Todo cuidadosamente curado para decir: "Profesionales exitosos pero no extraordinarios."
Y luego estaba el trabajo real.
Todas las mañanas, 5:45 AM, sus alarmas sonaban. Café rápido. Se cambiaban a ropa profesional de cintura para arriba—porque videollamadas solo mostraban parte superior. Pants de pijama abajo porque nadie sabía.
6:00 AM, conectaban a sesiones encriptadas con administradores que manejaban sus imperios verdaderos.
Para Arturo: actualizaciones sobre siete empresas donde tenía participación mayoritaria. Reportes financieros. Decisiones estratégicas que requerían su aprobación. Generalmente tomaba hora, hora y media.
Para Adelina: llamadas con nuevo CEO de GRUPO GÓMEZ—hombre llamado Fernando Castillo a quien ella había mentoreado durante años. Era competente. Leal. Y entendía que su rol era ejecutar visión mientras Adelina supervisaba remotamente. Media hora para revisar métricas clave. Otra media hora para decisiones estratégicas.
Todo antes de 8 AM.
Luego desayuno. Se cambiaban a ropa casual. Y comenzaba su día "normal."
El miércoles de su primera semana, tuvieron su primera reunión de junta directiva formal. Empresa de tecnología de Arturo que desarrollaba software para logística.
Junta completa conectada vía Zoom: CFO, CTO, VP de Ventas, tres miembros externos de junta.
Arturo en su oficina, iluminación profesional, fondo de estante de libros, AirPods para audio claro.
—Buenos días a todos—comenzó el CFO—. Tenemos agenda completa. Arturo estará con nosotros remotamente como usual.
"Como usual." Como si esto fuera normal. Porque para ellos, lo era. Arturo había estado supervisando remotamente durante año antes de mudarse a Valle Sereno. Esta era simplemente continuación.
Revisaron métricas Q3. Crecimiento de ingresos: 23%. Retención de clientes: 94%. Dos nuevos contratos mayores cerrados.
—Excelente trabajo, equipo—dijo Arturo cuando llegó su turno de hablar—. Propongo bonos para equipo de ventas y continuar inversión agresiva en I+D. ¿Discusión?
Hubo. Durante treinta minutos. Arturo participó, hizo preguntas, desafió suposiciones. Todo desde oficina de segunda planta en Valle Sereno que nadie en la llamada sabía que existía.
Al final: decisiones tomadas. Votación unánime. Junta terminada.
—Gracias, Arturo. Siguiente reunión en cuatro semanas.
—Confirmado.
Click. Desconectado.
Arturo se quitó AirPods, se cambió a sudadera, bajó escaleras donde Adelina estaba haciendo café.
—¿Cómo estuvo?
—Productivo. Están ejecutando bien. No me necesitan en sitio.
—Igual que Fernando. GRUPO GÓMEZ está funcionando como máquina bien aceitada sin mí.
—¿Eso te hace sentir bien o mal?
Adelina consideró mientras servía café.
—Bien, creo. Significa que construimos sistemas que funcionan sin nosotros. Esa era siempre la meta. Simplemente no pensé que la usaríamos para desaparecer.
—¿Arrepentida?
—No. Solo... procesando.
Terminaron café. Se pusieron zapatos para caminar.
—¿Lista para actuar como gente normal?—preguntó Arturo.
—¿Es actuación si realmente lo estamos haciendo?
—Filosofía profunda para 9 AM.
—Te doy filosofía profunda gratis. Es parte del paquete matrimonial.
Salieron a caminar. Ruta de dos millas alrededor del vecindario que habían establecido como rutina matinal. Saludaron a otros caminantes—pensionado con su labrador, madre empujando cochecito doble, hombre de negocios hablando agresivamente por teléfono.
Gente normal haciendo cosas normales.
Y ahora, Arturo y Adelina también.
Editado: 14.01.2026