La pobreza del millonario [rom Com - Concurso]

Parte II

PARTE II: LA CASA VIVIDA

El domingo, Arturo y Adelina debatieron asistir.

—No la conocemos—argumentó Arturo—. Podría ser trampa social. Otra Brenda Harrison evaluándonos.

—No lo creo. Había algo... diferente en ella.—Adelina no podía explicarlo mejor.

—¿Fuiste a biblioteca y ahora tenemos invitación social de desconocida? ¿Cómo es eso menos sospechoso?

—No lo sé. Pero instinto dice que deberíamos ir.

Instinto de Adelina era generalmente correcto. Fueron.

156 Calle Elm estaba en parte más antigua de Valle Sereno. Casas aquí eran de los años 50s y 60s—antes de que comunidad se convirtiera en enclave de clase media-alta. Arquitectura tenía carácter que construcciones modernas carecían: porches envolventes, ventanas de guillotina, jardines maduros con árboles de décadas.

Casa de los Whitmore era joya: Craftsman de dos pisos con tablillas de madera pintadas en azul pálido, molduras blancas, roble japonés masivo sombreando jardín frontal. Mecedoras en porche. Enredadera de glicinia trepando por columnas.

—Es hermosa—murmuró Adelina mientras caminaban hacia puerta.

Antes de que tocaran, puerta se abrió. Hombre mayor—finales de sesentas, cabello plateado, suéter de lana sobre camisa de botones, jeans cómodos, sonrisa cálida.

—Deben ser Arturo y Adelina. Charles Whitmore. Eleanor está en cocina peleando con prensa francesa. Entren, entren.

Interior era todo lo que casa de Harrison no era.

Vivido. Personal. Real.

Libros en todas partes. No decorativa

mente arreglados como en biblioteca de diseñador—apilados en mesas, llenando estantes hasta techo, marcadores sobresaliendo, notas adhesivas marcando páginas. Arte en paredes que era ecléctico—algunas piezas claramente caras, otras obviamente de artistas locales, algunas que parecían creadas por niños (¿nietos?). Muebles que eran cómodos en lugar de coordinados—sofá de cuero gastado, sillas disparejas alrededor de mesa de comedor, alfombras orientales descoloridas por décadas de pisadas.

Y plantas. Plantas reales. En todos lados. Algunas prosperando, algunas claramente luchando, todas claramente cuidadas con afecto en lugar de mantenidas por servicio profesional.

—Eleanor, están aquí—llamó Charles hacia cocina.

Eleanor emergió limpiándose manos en toalla, sonrisa genuina.

—Adelina, qué placer. Y este debe ser tu esposo.

—Arturo.—Extendió mano.

Eleanor la ignoró, dando abrazo breve pero cálido en su lugar.

—Somos abrazadores en esta casa. Espero que esté bien.

—Completamente bien—dijo Arturo, sorprendido pero complacido.

Charles guió a sala.

—Siéntense donde sea cómodo. Todo es viejo pero confiable.

Arturo eligió silla cerca de estante de libros. No pudo evitar escanear títulos: filosofía, historia, literatura clásica, ficción contemporánea, libros de arquitectura, colección masiva de poesía.

—Charles era arquitecto—explicó Eleanor, trayendo bandeja con prensa francesa, tazas, plato de galletas que parecían caseras—. Cuarenta años diseñando edificios.

—Retirado hace tres—agregó Charles—. Ahora principalmente leo y molesto a Eleanor.

—Y yo solía enseñar literatura en preparatoria—dijo Eleanor, sirviendo café—. Treinta y cinco años intentando convencer a adolescentes de que Shakespeare era relevante.

—¿Tuviste éxito?—preguntó Adelina.

—Con algunos. Los que estaban listos para escuchar. Otros necesitaban años para volver a Shakespeare y finalmente entenderlo.—Eleanor pasó taza a Adelina—. ¿Cómo va libro que te presté?

—Terminé en dos días. Era... exactamente lo que necesitaba.

—¿Sobre reinvención?—Charles miró entre ellas—. ¿Tema relevante?

Arturo y Adelina intercambiaron miradas rápidas.

Eleanor lo notó.

—No necesitan compartir nada que no estén cómodos compartiendo. Solo curiosidad de vieja profesora que nunca perdió hábito de hacer preguntas.

Algo sobre ambiente—calidez, ausencia de juicio, libros creando sensación de seguridad—hizo que Arturo bajara guardia.

—Solíamos trabajar en mundo corporativo. Posiciones de alto estrés. Buenos salarios. El tipo de trabajos que impresionan en reuniones sociales.

—Déjame adivinar—dijo Charles—. Te estaban matando lentamente.

—Exactamente.

—He visto eso—Charles sorbió su café—. Amigos míos. Colegas. Persiguieron dinero, prestigio, poder. Subieron y subieron y subieron. Y luego uno tuvo ataque cardíaco a los cincuenta y dos. Otro cáncer a los cincuenta y seis—estrés, dijeron doctores, debilita sistema inmune. Tercero se suicidó a los sesenta—exitoso por todas medidas externas, vacío por dentro.

—Murieron ricos pero vacíos—agregó Eleanor suavemente—. Y sus familias heredaron dinero pero no tiempo con ellos. No conversaciones significativas. No recuerdos reales.

Adelina sintió lágrimas picando ojos.

—Por eso nos fuimos. Decidimos que vida era muy corta para no vivirla. Para desperdiciarla en salas de juntas y reportes trimestrales y política corporativa.

—Decisión sabia—dijo Eleanor—. Rara, pero sabia.

—¿Rara?—preguntó Arturo.

—La mayoría de gente no tiene coraje—explicó Charles—. Reconocen miseria pero racionalizan. 'Solo unos años más.' 'Solo hasta que niños terminen universidad.' 'Solo hasta que tenga suficiente para retiro cómodo.' Y luego despertan a los setenta y se dan cuenta que intercambiaron décadas por seguridad que podrían haber construido con menos.

—¿Ustedes no hicieron eso?—preguntó Adelina.

—Tuvimos suerte—dijo Eleanor—. Trabajos que amábamos. Enseñar, diseñar—ambos vocaciones que daban significado. No siempre pagaban bien. Especialmente enseñanza. Pero despertábamos queriendo ir a trabajar.

—Aunque hubo ofertas—agregó Charles—. Firmas corporativas querían que diseñara rascacielos. Grandes proyectos. Salario triple. Rechacé. Preferí diseñar escuelas, bibliotecas, casas que familias realmente vivían.



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En el texto hay: humor, romance, amor

Editado: 14.01.2026

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