PARTE II: DOMINGOS EN LA MONTAÑA
Senderos de montaña cerca de Valle Sereno variaban de fáciles caminatas familiares a escaladas técnicas que requerían equipo.
Arturo y Adelina preferían el medio: Sendero del Lago Escondido. Cinco millas ida y vuelta. Ganancia de elevación moderada. Recompensa: lago pristino rodeado de pinos que pocos turistas conocían.
Domingo 9 AM, empacaban mochilas pequeñas.
Adelina: dos sándwiches de mantequilla de maní y mermelada (había descubierto combinación en supermercado, sorprendida por nostalgia de infancia que evocaba), dos manzanas, barra de granola, botella de agua.
Arturo: más agua, kit de primeros auxilios pequeño (había aprendido de YouTube), manta pequeña, libro que probablemente no leería pero le gustaba opción.
Nada de guardaespaldas. Nada de chofer esperando en estacionamiento con AC encendido. Nada de itinerario preciso cronometrado al minuto.
Solo ellos, sendero, y tanto tiempo como quisieran.
Primera media milla era a través de bosque denso. Suelo del sendero cubierto de agujas de pino. Luz del sol filtrándose en rayos entre ramas. Ardillas regañando desde alturas seguras.
Adelina caminaba adelante, Arturo detrás, ritmo establecido sin palabras. Ocasionalmente ella señalaba—pájaro interesante, flor silvestre, vista parcial de valle abajo.
No conversación. Solo presencia compartida.
A los dos millas, sendero abría a claro rocoso. Vista de valle completo abajo—Valle Sereno pequeño y ordenado en la distancia, montañas más allá.
—Pausa para agua—declaró Adelina, sentándose en roca plana.
Se sentaron lado a lado, bebiendo, observando valle.
—¿Ves nuestra casa?—preguntó Arturo, entrecerr
ando ojos.
—No. Demasiado pequeña. Demasiado lejos. Somos invisibles desde aquí.
—Bueno.
—Muy bueno.
Tres millas: Lago Escondido.
No era grande—quizás cien yardas de diámetro. Pero perfectamente redondo, agua tan clara que podías ver fondo, rodeado de pinos que se reflejaban en superficie como espejo.
Eran únicos allí. Usualmente lo eran. Sendero era suficientemente difícil para desanimar familias casuales, no suficientemente dramático para atraer excursionistas serios.
Perfecto para ellos.
Extendieron manta en orilla. Comieron sándwiches que sabían mejor aquí—aire de montaña, esfuerzo ganado, simplicidad—que cualquier comida de chef.
Adelina se recostó en manta, mirando dosel de árboles arriba.
—¿Recuerdas nuestro último "picnic" antes de mudarnos?
Arturo recordaba. Evento corporativo disfrazado de "picnic casual." Tienda blanca en jardín de mansión. Personal de catering. Setenta invitados. Adelina en vestido de diseñador. Él en "casual" que aún costó $800.
—Comida fue mejor—admitió—. Chef preparó esas tartas de langosta con caviar.
—Esta es mejor.
—Mantequilla de maní vs langosta con caviar. Elección controversial.
—No es sobre comida. Es sobre no actuar. No "trabajar la habitación." No ser evaluado.—Adelina se volvió para mirarlo—. Aquí, nadie nos ve. Nadie nos juzga. Podríamos hacer cualquier cosa.
—¿Cómo qué?
—Como esto.
Se besaron. Largo. Lento. Sin audiencia. Sin performance.
Cuando se separaron, Adelina rio.
—¿Recuerdas último lugar semi-público donde nos besamos así?
—¿Salón comunitario? ¿Nuestra boda real?
—Sí. Porque esa fue última vez que no nos importó quién miraba.
Se quedaron en lago durante dos horas. Arturo leyó (eventualmente). Adelina puso pies en agua—helada pero refrescante. Observaron águila circular arriba, cazando.
Tiempo sin estructura. Riqueza de horas sin compromiso.
3 PM, caminaron de vuelta. Piernas cansadas pero satisfactoriamente así. Tipo de cansancio que viene de uso, no de estrés.
En auto de regreso:
—Esto es mejor que cualquier restaurante Michelin—dijo Adelina.
—Sándwiches de mantequilla de maní en lago.
—Exactamente. Porque lo elegimos. Lo creamos. Lo experimentamos sin mediación de servicio, chef, maître d'. Solo nosotros.
—¿Extrañas restaurantes fancy? Honestamente.
Adelina consideró.
—A veces. Sabores complejos. Presentación artística. Pero—pausa—no extraño performance de ir a restaurantes fancy. Vestirse. Ser vista. Conversar con otras mesas porque networking nunca termina. Prefiero sándwich en lago. Cada vez.
—Incluso si sándwich está ligeramente aplastado porque empacamos mal.
—Especialmente porque está aplastado. Imperfección es parte del encanto.
Editado: 14.01.2026