CAPÍTULO 17: Investigación Secreta
La casa estaba en silencio a las 2:47 AM cuando Arturo bajó las escaleras con Esperanza en brazos. La niña había despertado llorando, hambrienta y necesitada de cambio de pañal. Estos rituales nocturnos se habían convertido en su especialidad—una paternidad práctica que jamás imaginó disfrutar tanto.
"Shh, mi amor," susurró, meciendo suavemente mientras preparaba el biberón en la cocina. "Papá está aquí."
Esperanza se calmó casi instantáneamente, sus ojos oscuros—tan parecidos a los de Adelina—mirándolo con esa confianza absoluta que solo los bebés pueden ofrecer. Una confianza que Arturo sentía cada día más indigno de recibir, especialmente ahora.
Mientras el agua se calentaba, notó luz emanando del sótano. La puerta estaba apenas entreabierta, ese espacio que oficialmente no existía. Su oficina secreta. El lugar donde el millonario Arturo De la Vega todavía vivía, aunque el consultor freelance Arturo Vega pretendía no tener idea de su existencia.
Con Esperanza alimentándose tranquilamente en el hueco de su brazo, descendió los escalones alfombrados del sótano. Cada paso era silencioso—habían invertido en aislamiento acústico de grado militar cuando remodelaron la casa. Nadie podía escuchar lo que sucedía aquí abajo.
La escena que encontró era familiar pero siempre impactante: Adelina rodeada por seis monitores, sus dedos volando sobre dos teclados simultáneamente, auriculares en una oreja para poder escucharlo entrar. Había café frío en tres tazas diferentes esparcidas por el escritorio. Sus ojos mostraban esa intensidad que reconocía de sus días como CEO—cuando dirigía salas de juntas y tomaba decisiones que movían millones.
"Encontré algo," dijo ella sin voltear, sus ojos fijos en cascadas de datos financieros. "Y no te va a gustar."
Arturo se acomodó en la silla ergonómica junto a ella, ajustando a Esperanza para que pudiera continuar alimentándose. El contraste era surrealista: un bebé de un año durmiendo pacíficamente mientras sus padres desentrañaban una conspiración corporativa.
"¿Peor que lo que ya sabemos?" preguntó, observando los documentos que Adelina había proyectado en la pantalla principal.
"Mucho peor." Adelina finalmente lo miró, y había ira contenida en sus ojos. "TitanCorp no es solo otra empresa codiciosa. Es un patrón sistemático. Mira esto."
Comenzó a mostrarle archivo tras archivo. Proyectos en seis estados diferentes, tres países. Cada uno seguía el mismo guion escalofriante:
Paso 1: Identificar comunidad vulnerable—típicamente clase media baja, propietarios de viviendas pero sin recursos legales significativos.
Paso 2: Proponer desarrollo "revitalizador"—centro comercial, complejo residencial, algo que sonara a progreso.
Paso 3: Promesas vagas de reubicación y compensación que nunca se materializaban en contratos vinculantes.
Paso 4: Construcción parcial, luego abandono del proyecto cuando convenía financieramente.
Paso 5: Compra de propiedades devaluadas a precio de remate de residentes desesperados.
Paso 6: Desarrollo de lujo real, desplazamiento completo de población original.
"Dios mío," murmuró Arturo, sintiendo náusea crecer en su estómago. "Es gentrificación industrial. Una fórmula perfeccionada."
"Y completamente legal," agregó Adelina amargamente. "Técnicamente no rompen ninguna ley. Solo... destruyen vidas con pequeñas letras y tecnicismos."
Esperanza terminó su biberón y eructó suavemente contra el hombro de Arturo. Él la meció automáticamente, pero su mente estaba corriendo. En la pantalla frente a él había rostros—artículos de periódicos locales sobre familias desplazadas. Un hombre de 68 años que perdió la casa donde vivió 40 años. Una madre soltera forzada a mudarse dos horas lejos de su trabajo. Una comunidad entera dispersada como hojas en el viento.
"Valle Sereno es solo el siguiente nombre en la lista," dijo Adelina, abriendo otro archivo. "Pero aquí está la parte que realmente me preocupa."
Mostró un organigrama corporativo complejo—capas sobre capas de LLCs, holdings offshore, fondos de inversión con nombres anodinos. Pero Adelina había seguido el dinero, como solo alguien con su experiencia podía hacer.
"El financiamiento viene de Valdez Capital. ¿Reconoces ese nombre?"
Arturo entrecerró los ojos, rebuscando en su memoria. "Suena vagamente familiar..."
"Deberías. Intentaron comprar una división de tu empresa hace seis años. Los rechazaste porque su reputación era—cito tus palabras en el memo interno—'cuestionable en el mejor de los casos, criminal en el peor.'"
La memoria regresó como un golpe. Valdez Capital. Fondos buitre que se especializaban en situaciones de distress. Habían sido vinculados a media docena de escándalos, aunque nunca procesados exitosamente. Eran expertos en operar justo dentro de los límites de la legalidad.
"Si Valdez está detrás de esto..." comenzó Arturo.
"Entonces TitanCorp es solo la cara pública," completó Adelina. "El músculo real, el dinero real, está varias capas más profundo. Y créeme, Arturo, esta gente no se detiene. No tienen conciencia. Solo tienen hojas de cálculo."
Arturo se levantó cuidadosamente, caminando hacia el monitor de bebé que habían instalado también en la oficina secreta. Esperanza dormía ahora, su respiración profunda y regular. La colocó en el moisés portátil que guardaban aquí para estas vigilias nocturnas, cubriéndola con su manta favorita—la que había tejido Eleanor Whitmore con sus propias manos.
Cuando regresó al escritorio, encontró que Adelina había abierto más archivos. Documentos legales, correos electrónicos filtrados, grabaciones de reuniones de junta directiva que alguien había hackeado y subido a foros de darknet.
"¿De dónde sacaste todo esto?" preguntó, impresionado a pesar de la gravedad de la situación.
Editado: 14.01.2026