La pócima de Cupido

IV. Para vengar a este corazón

“¿Qué tan rápido puede sanar un corazón?”

Eso fue lo que Desiree se preguntó cuando notó la entereza con la que aquel corazón roto se desprendió del sufrimiento del mal amante. Fueron varias palabras, varias miradas heridas y suspiros lastimeros. Entonces el hombre se marchó mientras el mal amante quedaba en la mesa totalmente destrozado, llorando la pérdida que él mismo había ocasionado.

Anteros regresó a su lado cuando llevaba la mitad de su pastel. Se apoyó en la mesa y no quitó sus ojos del hombre que había quedado solo. Sus ojos azules contenían aquel destello rojo vengativo que hizo suspirar a la joven.

—¿Cuál ha sido su venganza?

El dios suavizó la mirada al escuchar su voz.

—Es confidencial.

—¿Todos los corazones lo son?

—Siempre.

—¿Y qué hay de lo que me contaste? —inquirió sacándolo de su trance.

El castaño fijó sus ojos en ella, pero no respondió. Se quedó en silencio, como si no quisiera interrumpir aquel momento de apreciación con “su chica”.

Desiree no estaba segura de querer una respuesta.

—¿Cómo está… ?

—Mi corazón sigue igual que la última vez que preguntaste hace una hora atrás.

Él sonrió con travesura.

—Gracias por contarme —respondió con diversión—, pero me refería a tu pastel.

La joven sintió un poco de rubor en las mejillas, pero no le apartó la mirada.

—¿Quieres probar? —ofreció, en cambio.

La mirada de Anteros se intensificó y solo por un segundo la detuvo en los labios de ella, como si una invitación prohibida acabara de hacerse, como si sopesara todos los errores que le encantaría cometer, todos los sabores que adoraría probar.

Y como otra vez no hubo respuesta, Desiree fue directo a la acción. Tomó un poco de pastel con su tenedor y lo aproximó a los labios de Anteros. No se mostró nerviosa, sino que adoptó el aire juguetón que parecía tener aquel dios travieso.

Sin apartar la vista de ella, tomó el bocado lentamente y saboreó despacio, con una pequeña sonrisa deslizándose en sus labios. Solo un segundo desvió su atención a los labios de ella y eso casi le arrancó un suspiro.

—Delicioso, ¿no crees? —preguntó él alegando otro significado a ese comentario.

—Imagino que sabe mejor cuando tu corazón no está roto —indicó ella.

Él bajó la mirada a su pecho.

—¿Has pensado… ?

—¿Cuál fue la venganza de ese cliente?

El azul volvió a ella con deleite.

—No necesitas inspiración en otros, tu rabia es poderosamente creativa —apuntó moviendo su mano para aparecer aquella pequeña maceta que se había acostumbrado tanto a ver en los últimos días—. Todos los sentimientos por la ruptura los padecerá quien arruinó la relación.

La sorpresa adornó sus facciones antes de volver a mirar al hombre que quedó allí lamentándose por aquel que acababa de irse.

—Astuto —reconoció en voz baja.

—Prefiero cuando los convierten en plantas —murmuró—. Es más divertido.

—Porque disfrutas de ver sufrir a los corazones rotos —apuntó y él dejó de reír.

—Lo detesto —dijo totalmente serio.

Ella suspiró girando la maceta en sus manos con un poco de duda. De reojo percibió a la pelirroja sirviendo algunas mesas y echando miradas furtivas a ellos.

—¿Estás ocupado? —preguntó mirando sus ojos con cierto brillo en los suyos.

—Siempre dispuesto a mi Desiree.

Ella sonrió.

—Quiero deshacerme de él —explicó—. No puedo hacerlo si es una planta.

—Cuando quieras.

—Esta noche —pidió tomando su mano, lo cual se sintió más natural de lo que habría creído—. ¿Te quedas conmigo mientras lo hago?

—Todo el tiempo que desees —respondió apretando el agarre en su mano—. Pero sé que mi chica lo hará bien.

*

Luego de eso, Desiree regresó a su departamento con el corazón escurridizo. Sabía lo que tenía que hacer, sabía qué decir, qué pensar, cómo actuar, pero lo verdaderamente inestable era la reacción de Erik. Anteros le había jurado que podía controlarlo, pero no pudo evitar tener un poco de miedo.

Así que repasó todo ese tiempo que se quedó sola todo lo que necesitaba arrancarse de Erik para poder seguir adelante. Hubo algunos audios largos enviados entre amigas que sirvieron bastante para coser unos cuantos puntos en las heridas de su corazón.

Anteros llegó y entonces los nervios la atacaron de nuevo. Ambos se situaron en la sala, a la espera de que ella diera la orden.

—Estaré justo a tu lado —recordó el dios haciéndola temblar ante la cercanía.

Desiree suspiró antes de apartarse y hacer otro recorrido por el departamento para quitarse los nervios de encima. En su mente llegaron todos los momentos compartidos con Erik allí, todas las promesas vacías, todas las palabras mentirosas, todos los abrazos desleales.




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