La pócima de Cupido

VI. Amante de la venganza

Aquel vestido ajustado de lentejuelas rojas con un pronunciado escote en el frente que alguna vez había comprado para salir con sus amigas, ahora era el atuendo adecuado para visitar el famoso bar que te prometía el amor verdadero.

Desiree usó un labial a juego con el vestido y un maquillaje pronunciado mientras dejaba libre su melena castaña en suaves ondas. En su bolso no olvidó colocar el bombón que le había robado a Anteros esa tarde.

Una vez lista, salió de su apartamento y caminó las pocas calles que la separaban del bar. No tenía intención de buscar algo que ya había encontrado. Así que solo fue para divertirse y recrearse la vista con el vengador de los no correspondidos.

Él creía que todo lo que había ocurrido entre ellos era solo parte de una venganza que había desechado hacía tiempo de su corazón. No le importaba el patético de Erik, solo quería aquello que había conseguido sin darse cuenta. Las miradas dulces, los roces ocasionales, la voz reconfortante, el cuidado y la atención en sus miedos y en sus lágrimas, las bromas de sexy connotación, las risas traviesas en la comodidad de la calma.

Desiree iba tan ensimismada en sus pensamientos que no notó a la mujer en su camino hasta que chocó con ella y la hizo tirar sus cosas al suelo.

—Oh, en verdad lo siento —murmuró inclinándose a ayudarla a recoger unos papeles.

Cuando cruzó sus ojos con los suyos, le sorprendió encontrar un destello rosa en sus iris marrones. Pero la otra joven no se dio por aludida porque le sonrió tomando los papeles.

—No es problema. A veces las cosas importantes no nos dejan ver el camino —dijo con una melódica y suave voz.

Desiree la observó unos largos segundos mientras percibía un delicado perfume a rosas.

—¿Te conozco?

—Es la primera vez que me ves —aseguró la mujer de cabellos dorados—. Pero toma —añadió antes de acercarle una rosa roja—. Imagino que podrías compartir esto con tu amado.

Desiree tomó la rosa con curiosidad y la observó, era bella y tenía el color de la pasión en sus pétalos. Levantó la cabeza para agradecerle a la chica, pero esta ya no estaba.

Con una sensación extraña continuó su camino hasta dar con el bar que tantas veces le había mencionado Anteros. Lo vio tan parecido como a otros que había visitado: luces tenues, música tranquila y conversaciones que no llegaba a oír.

No obstante, pronto notó que no se parecía a lo que ella había visto en otros bares.

La excentricidad jugó su papel cuando vio a un par de personas desaparecer tras cortinas de humo para dejar animales en su lugar como sapos, cucarachas y hasta gusanos. Luego notó cómo los amantes que estaban en medio de una sesión de besos muy intensa se desvanecían del lugar, aunque ahí no había gritos, sospechaba que era hacia una habitación más íntima.

Una de las cosas que llamó la atención de Desiree fue que no había rastros de los famosos bombones de venganza, así que allí solo había espacio para el amor… uno rápido, uno lento, uno dulce, uno pasional… o quizás todos ellos a la vez.

Tres hombres en distintos momentos se acercaron a ella para conversar, pero con un gesto de la mano los rechazó a todos. Una chica también lo intentó cuando se sentó en un pequeño sillón con vista a la barra, pero también la descartó.

Sus ojos marrones quedaron fijos en Anteros pese a la multitud que los separaba y a la distancia que había entre ambos. Incluso cuando un camarero se acercó a tomar su pedido y solo pidió un martini, sus ojos no abandonaron al dios que sacudía las mezclas de tragos y furtivamente lanzaba alguna mirada inquieta en su dirección.

Cuando su martini llegó, Anteros la observó con curiosidad y ella levantó la mano para saludarlo junto con una sonrisa coqueta. Él solo apartó la mirada para escuchar algo que su hermano le estaba diciendo.

Desiree esperó sin saber muy bien cómo enfrentar ese momento. La rosa a su lado le dio un poco de coraje, pero debía encontrar el modo de hablar a solas con Anteros y hacerle entender que lo que había pasado entre ellos no tenía nada que ver con la venganza hacia Erik. Ella no era la clase de mujer que se acostaba con un hombre para olvidar a otro. Si había pasado la noche junto a Anteros fue porque sintió que había algo real entre ellos.

—Veo que te has decidido a visitar mi bar.

Desiree levantó la mirada para encontrarse con los ojos traviesos de Eros sobre ella.

—Espero que no hayas venido por otro enfrentamiento —apuntó con sorna—. La última vez no te fue muy bien.

—No eres tú ni tu imprudencia el motivo por el que he venido —afirmó con ojos desafiantes—. La última vez hiciste trampa.

Una risa suave se escapó de los labios del rubio.

—Si tengo ventaja, debo usarla —dijo antes de señalar hacia la copa media vacía de ella—. Aún no has pedido el trago de la casa.

—Ya te he dicho que no he venido en absoluto por ti.

—Ya, pero el trago de la casa también tiene la magia de Anteros. —La observó de cerca para medir su expresión—. ¿No lo pedirás?

—No vine aquí por ese trago.

La sonrisa de Eros se ensanchó y se inclinó un poco hacia ella para observar de cerca el ligero fastidio que la acompañaba.




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