La pócima de Cupido

IV. Para un amor bendecido

Luego de dar muchas vueltas en la cama, de pasar algunas noches sin dormir y que las plantas de su casa parecieran recuperar una pequeña pizca de color, Dalia repasó las palabras de Floria con más ánimo del que hubiera creído. Había sido doloroso verla de nuevo, pero también le había dado una emoción que aún no podía descifrar.

Se levantó de la cama y se vistió con una camiseta básica y unos pantalones holgados antes de escuchar un ruido en su balcón. Fue cuando se encontró con Botones, el gato del vecindario al que Floria solía alimentar.

Dalia sonrió con ternura antes de abrirle la puerta y dejarlo entrar, de inmediato fue a saludarla.

—¿Cómo estás, Botones? —preguntó acariciando su lomo.

El felino maulló contento antes de marcharse a comer del platito que siempre le dejaban en la cocina.

Dalia aprovechó el momento para peinarse y revisar algunas consultas del trabajo. Con impaciencia miraba el reloj esperando la hora del almuerzo.

Tomó su medicación para la ansiedad y esperó a que el tiempo se dilatara lo suficiente antes de abandonar todo y subir las escaleras del edificio para ir a la terraza. No era un lugar al que solía ir, las pocas veces que fueron con Floria era para mirar las estrellas o tomar un poco de sol. De hecho estaba muy vacío, estaba abandonado, solo era una terraza con sillas, una mesa y algunas reposeras, nada que lo hiciera brillar.

Y seguía igual que siempre.

Así que por primera vez intentó ver algo más que eso, intentó visualizar el jardín que Floria le había pedido, borrar esa única maceta con una planta marchita y hacer que el lugar se llenara de color.

Tomó fotos y notas para poder empezar a diseñar el último requisito de Floria. Supo que no sería fácil, pero también que quería intentarlo.

***

Más tarde, cuando acabó su jornada laboral, fue en busca de la persona que sabía podía ayudarla a crear un jardín tan especial. Pero otra vez, no pudo entrar a la florería, sino que se quedó pensando en qué debía pedir.

—Las magnolias son un buen comienzo.

Dalia volteó hacia la voz y se encontró a la joven de cabello castaño que le había sugerido el ramo para encontrarse con Floria.

—Tú…

—Hola, Dalia —saludó con una media sonrisa—. ¿Quieres compañía?

Lo pensó un poco mientras observaba el rojo en sus labios y en su abrigo, el cabello castaño caía dándole un aire de elegancia, pero también inspiraba un aura de confianza inigualable. Recordó al mesero que la atendió y dijo que eran pareja, se veía de un aspecto más rebelde al de ella. Dos polos opuestos.

—Creo que podría aceptar un poco de ayuda para llevar las compras —respondió con amabilidad—. Disculpa, no recuerdo tu nombre.

—Desiree —dijo antes de plantar un beso en su mejilla y enroscar su brazo en el suyo—. Si necesitas ayuda con el jardín, estoy disponible.

—No te ves muy amante de las plantas —señaló con una mueca, pero la otra rio.

—Al principio no lo era, pero no puedo negar que me llevaron a mi felicidad —explicó con ojos brillantes—. Así que creo que algunas segundas oportunidades son necesarias para encontrar el camino.

Asintió y ambas entraron a “Un pedazo de paraíso” siendo anunciadas con un habitual tintineo. Una vez más, la florería se encontraba vacía, y aunque Dalia había comenzado a ver algunos colores de forma más vívida, encontraba los de la florería un poco más apagados que la última vez, como si se diluyera su esencia lentamente.

Dita apareció por el pasillo con una radiante sonrisa, aunque decayó un poco al observar la compañía de Dalia. Su atención persistió un poco más en el rostro de la joven.

—Dalia, ¿cómo te ayudo?

La joven miró a Desiree que le sonrió a modo de aliento.

—Hablé con Floria en la cafetería y me pidió que construyera un jardín en la terraza de mi edificio para no volver al cementerio. Yo no tengo idea de por dónde empezar, pero tomé algunas fotos y videos y me preguntaba si hay algo en este jardín que deba hacer diferente a uno normal.

Dita la escuchó con atención y luego miró cada una de las fotos y los videos que le enseñó. Luego observó a la otra joven que la acompañaba con un poco de hostilidad.

—No me mires así, yo solo le ofrecí ayudar a cargar las cosas hacia el edificio —dijo soltando su agarre para cruzarse de brazos.

—Sabes que debe hacerlo por su cuenta, es parte de la tarea —reprochó—. Y deja de marcarla.

—¡Le estoy dejando mi protección! —se excusó y la otra rodó los ojos—. Tengo que cuidarla hasta…

—No —interrumpió Dita de forma contundente—. Los he dejado a ti y a Anteros intervenir únicamente como asistencia, no cruces los límites.

—Pero necesitas ayuda —replicó preocupada.

Dalia observaba la discusión sin entender nada de lo que estaba ocurriendo. ¿Ella había ocasionado esa pelea? Nunca había visto a Dita dando una mirada tan aterradora. Y, aun así, Desiree no se amedrentaba, le discutía de manera incansable… pero también haciendo ver que había otro trasfondo que no conocía.




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