Las magnolias habían sido un buen comienzo.
Dalia había pasado toda la semana preparando las macetas con las semillas, aunque no habían florecido hasta ver todos sus capullos, sí habían crecido ramas y comenzaban a hacerse su lugar. Aquellas notas de verde fueron un símbolo de esperanza, en el fondo de ella vibraba el anillo que nunca le pudo dar a Floria, pero también había un sentimiento nuevo que comenzaba a acercarse a su corazón: la calma.
No obstante, había llegado el momento de ir por más semillas… así también como el domingo, el segundo en que no visitaba el cementerio. Ese pensamiento le quitó un poco de la sensación de logro que estaba conquistando.
Así que alimentó a Botones una vez más y se marchó de camino a la florería. Quizás unas palabras cálidas de Dita le ayudarían a marchitar el anhelo de visitar la tumba de Floria una última vez.
Esta vez no tuvo dudas de entrar, aunque sí se detuvo a mirar las flores y la tomó por sorpresa lo pálidas que se veían, los colores vibrantes y llamativos, ahora solo eran tonalidades pasteles apagadas y un sentimiento de urgencia se apropió de ella… las flores solo eran signo de que Dita no se encontraba en las mejores condiciones y cuando levantó la mirada para llamarla, lo corroboró al encontrar a Desiree y otro hombre atendiendo el lugar.
—¿Dónde está Dita? —preguntó con prisa.
—Hoy no se sentía muy bien para estar aquí —respondió Desiree. Su voz fue contenida, pero exudaba preocupación.
—¿Y tú no la puedes ayudar? —inquirió—. Eres una diosa del amor y podrías…
La risa del hombre interrumpió sus palabras.
—Es diosa consorte, así que tiene poderes menos efectivos —su voz de superioridad le sonó un poco chirriante a Dalia—. Aun así, lo que tiene Dita no puede curarlo un dios… como si no nos lo hubiéramos planteado antes —indicó poniendo los ojos en blanco.
Dalia observó con molestia al hombre rubio antes de regresar a mirar a Desiree, una figura con la que ya se sentía mucho más cómoda luego de sus primeros encuentros, esta también observaba mal al rubio.
—Pero las flores pierden sus colores y sus aromas —señaló con angustia—. Si la diosa principal del amor está maldita, ¿cómo sobrevive el amor? ¿Qué va a pasar con el jardín de Floria? Aún me falta mucho para poder terminarlo.
—No debes preocuparte, Dalia, se verá la manera de conseguirlo —alentó Desiree con amabilidad, pero no sonó muy convencida—. Y sobre tu jardín, Dita me ha dejado tu encargo preparado.
Se inclinó bajo la mesada y sacó una pequeña bolsa de papel junto a una bolsa con galletas.
—Preparé estas galletas para ti con ayuda de Anteros —ofreció con una sonrisa—. Pensé que te gustaría algo dulce luego de la tarde de trabajo.
Dalia tomó ambas cosas con un poco de sorpresa, las galletas eran con chispas de chocolates, de sus favoritas.
—Gracias.
Estaba a punto de marcharse, pero no pudo ignorar la mirada fija del hombre rubio sobre ella. No obstante, este no la apartó cuando ella fijó sus ojos en él.
—Tú eres la chica que está armando el jardín para su novia fallecida —señaló.
—Sí.
Luego miró a Desiree con más curiosidad.
—¿Anteros ya la vio? —preguntó y la otra asintió—. Ya veo…
—¿Y tú quién eres? —cuestionó Dalia finalmente.
En un principio no le interesaba conocerlo, pero ya que parecía conocer muy bien su situación y todos lo conocían, no le gustaba sentirse en desventaja.
El rubio sonrió con picardía.
—Adivina.
—Eres un dios, ¿verdad?
—¡Vaya que eres lista! —se burló.
—Pareces un poco frívolo para ser un dios del amor —comentó causando una sonrisa cómplice en Desiree—. ¿Himeros?
El rubio negó con la cabeza y salió detrás del mostrador para acercarse a ella.
—Eros, dios primordial del amor, el deseo, la atracción y la fertilidad —se presentó tendiéndole una mano.
Con un poco de duda, Dalia la aceptó y la sonrisa de él se hizo más grande. El tacto era suave, pero había algo atrapante en él, algo que se expandía hacia dentro de su piel. Sus ojos azules se volvieron rojos intensos en un brillo que le resultó aterrador.
—Tu corazón ama la muerte.
“La muerte no extingue el amor”.
Dalia jadeó antes de soltarse del agarre y retroceder asustada. Un dolor surcó su corazón como si acabara de ser apuñalado por hierro caliente. Su mano fue directo a su pecho para buscar un poco de calma mientras las lágrimas se juntaban en sus ojos.
—No sabes nada sobre mí — respondió con voz temblorosa.
Sus ojos azules brillaron en rosa antes de retroceder un paso.
—Solo sé que hay tres cosas que no deberías hacer: no vuelvas a su tumba, no llores en sus flores y no guardes su anillo cuando acabes el jardín.
Dalia se sintió desconsolada y buscó ayuda en Desiree, pero esta se abstuvo de ayudarla y solo la miró con preocupación. El dolor en su pecho la quemó por dentro, las lágrimas se escaparon de su rostro cuando echó a correr fuera de la florería. No sabía a dónde ir, pero su corazón parecía estar buscando a una sola persona y esta vez no fue capaz de ver su camino hasta que se encontró en su destino.