La pradera de flores

La pradera sin luz

Hace muchos años, cuando descubrí por primera vez las hermosas flores de la pradera, me emocioné tanto que giré y giré hasta sentirme mareada.

Todavía era muy joven. Vivía embobada, con la mirada puesta en el mañana, siempre correteando y bailando como si nada pudiera afectarme.

Me llamo Ray. Pronto tendré treinta años.

—Cualquiera que lea mis pensamientos pensará que soy una anciana.

Vivo sola desde hace cinco años. Antes de eso...

Ya no es importante.

Regresando a la pradera...

Era un lugar mágico.

Siempre que viajaba allí sentía que podía volar. El viento jugaba con mi pelo enmarañado y yo me dejaba llevar.

Ah... qué hermosos días aquellos.

Me gustaba flotar en el amplio lago cristalino. Sus aguas eran tan quietas que podía ver a los peces danzar. Estaba tan lleno de vida.

Todavía no sé qué pasó.

Hasta ayer me enteré de que aquella manifestación de la naturaleza se había secado.

Siento agujas clavándose en mi piel.

Grito al viento, pero nadie me oye.

—Ayúdenme —susurro—. Por favor, solo regrésenme a cuando era más joven.

Una bruma espesa me envuelve.

Me escucho pero no estoy moviendo los labios.

¿Realmente idealizo el futuro?

La atracción cuando te miro...

Es una corriente electrizante recorriendo mis venas.

Pierdo los sentidos.

Corro hacia ti.

Solo existe hoy.

Las praderas de flores brillan a nuestro alrededor.

Solo yo las veo.

La luz se escapa.

Corro frenéticamente.

Intento atraparla.

Otra vez...

Llego tarde.

Solo queda la ausencia.

Un sentimiento que ya viví.

Aquel día cuando el bosque mágico apagó su luz.

Ese maldito cuervo regresa.

Como un susurro.

Apenas perceptible.

Tan efímero.

¿Huir?

¿Para qué?

Sí.

Quiero sentir.

Siento el calor recorrer el dorso de mi piel.

Es la mirada penetrante de un viejo conocido.

Sé que estoy viva.

¿Para qué, si siempre vuelvo al inicio?

No aprendo.

Alzo mi baile para ver si abre el pasadizo.

Con fuerzas.

Incesante.

No aparece.

Me golpea el recuerdo del despecho.

Solo quedan los intentos.

La luz sigue desapareciendo.

No te veo.

Corro hacia ti.

Nunca llego.

Me desespero.

Te llamo y escucho el eco.

El golpe frío del fondo.

¿Dónde quedó la corriente?

Logro ver una luz indeleble.

Parpadeo.

¿Será que ya imagino?

La luz reaparece.

¿Por qué?

Sigo corriendo.

Más desesperada.

Entonces se me escapa.

Qué escurridiza.

Lo intento otra vez.

Otra vez.

El cuervo, un viejo amigo, reaparece.

¿Para qué vuelve?

Deja una pluma y desaparece.

Lo imagino alejándose.

Miro la pluma.

La recojo.

Contemplo, absorta, su peligroso brillo oscuro.

Entonces comprendo que, aunque no haya luz, la pradera sigue teniendo flores.

Despierto abruptamente.

No recuerdo cuándo me desmayé.

A mi lado veo la pluma.

La coloco junto a la primera, sin entender.

¿Estoy en un sueño...

o el sueño soy yo?




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