¿Quién usa la noche para dormir? Eso está sobrevalorado. Debo escribir eso que durante el día he estado soñando.
Tantas preocupaciones me abruman. Aunque sepa que tengo flores en la pradera, no tengo tiempo para recorrerlas.
Esta madrugada me dirijo hacia allá intentando volverte a encontrar. Solo pienso en el comienzo, cuando la luz brillaba tanto que no podía ni mirar.
Ahora brilla por su ausencia. Quiero creer que, muy a lo lejos, todavía puedo distinguir lo que me parecen ser algunas estrellas. Si el pasado no regresa, aún tengo un largo futuro que puedo alcanzar.
Comienzo el baile que abre el pasadizo.
Nada ocurre.
Recuerdo las plumas guardadas. Las tomo para mirarlas. De pronto, un recuerdo fugaz aparece en mi mente. Como si mi cuerpo tuviera vida propia, reanudo el baile.
El pasadizo se abre.
Entro.
Sé que sí... no le contaré a nadie.
¿O sí? Después, más tarde, puedo desistir.
¿Qué puedo hacer?
Pienso en el viejo amigo que desapareció.
Como si lo llamara, vuelve a aparecer.
Otra vez.
No.
Ya no es como la última vez.
Ahora puedo ver un imponente cuervo. Su penetrante mirada me hace estremecer, suspendido en el cielo.
O eso creo.
A estas horas no puedo estar segura de lo que veo. A lo mejor es mi imaginación. Todavía siento los pelos de punta, ese sentimiento que creí olvidado.
Sí...
Ahora recuerdo.
El cuervo mira en dirección al lago. Deja caer una pluma. Se siente pesado, como si por ello fuese a desaparecer.
Ya sabía.
Como aquel día, junto al lago, ha vuelto a desaparecer.
La fría brisa me estremece. Lo miro a lo lejos, solo que esta vez no intenté alcanzarlo.
¿Para qué?
No estoy segura. Esta maldita duda que me embarga nunca termina.
¿Estará ofendido?
Siento que cada vez que lo veo es cuando más lo necesito.
Miro la hora.
Ya ha amanecido.
No me alcanza el tiempo para seguir corriendo.
Alzo la mirada.
Aquí nada acaba.
Plumas interminables me esperan.
Flores que ya no brillan.
Pensándolo bien, son cosas que pasaron o quizás pasarán. Miro la pluma. Aparece una frase:
«Solo existe hoy».
Me río.
Ah, qué ironía.
Decido ir a ver el lago antes de irme. No me sorprende. Está más seco. Puedo oler el polvo de la tierra seca.
Estornudo.
Espera...
Es un halo de luz otra vez.
Apenas visible.
Estoy segura.
Sí.
Ya no tengo más dudas.
Otra vez, parece que una pluma más se suma. La pondré en la almohada que nunca uso.
Solo, tal vez, algún día, recostada en la pradera con mi almohada, podré volverte a ver.
Otra pregunta se suma a la lista incontable de incógnitas.
He olvidado los pasos de baile...
¿O la entrada ya no me reconoce?
¿Las flores de verdad están?
Aun en ausencia de luz, respiro el fresco aroma de flores que no deja que la oscuridad lo cubra todo.
Quién sabe...
Tal vez solo las imaginé.