Los rayos del sol se deslizan por la ventana, como de costumbre.
No he dormido nada.
Me preparo para el trabajo sin ganas; los recuerdos de la noche aún están frescos en mi mente.
La luz se filtra tan brillante que no recordaba que pudiera ser tan cálida.
Veo la hora y corro. Trabajo desde casa. El día transcurre lento, como si el tiempo se ensañara contra mí.
Mi mamá me llama. No contesto.
Mientras miro el teléfono, creo ver el reflejo de la pradera de flores. ¿De qué colores son las flores? ¿Cuál será su forma?
Un hormigueo desconocido me recorre el cuerpo.
La impresión es tan repentina que salto del escritorio.
Bailo.
Como casi había olvidado hacerlo.
Entonces lo entiendo: esa es la secuencia correcta.
Viajo al prado.
Estoy en el mundo mágico otra vez.
Camino por la pradera buscando una salida, pero siento que no la hay.
Corro de nuevo. Este lugar nunca termina. No hay nada, solo oscuridad y ese lago desdichado.
Lo observo en silencio. No sé cómo llegó a ser esto. Era enorme, de aguas cristalinas. Siempre venía a nadar y, flotando sobre el agua, sentía que podía amar.
El crepitar de lo que antes eran flores me saca de mi ensoñación.
Entonces lo noto.
En el lago, una gota.
Después otra.
El agua cae perezosamente, intentando llenar ese cráter. Debe de ser un chiste. Ni en cien años eso pasará.
Observo con más atención.
Gota a gota, se va llenando.
Nunca volverá a ser un lago, pienso. No puedo ni mojarme los pies.
Escucho un sonido.
Un ring, ring.
La realidad me arrastra de vuelta.
Despierto de mi añoranza.
Esta vez, sin embargo, siento que sí hay esperanza.
Aun si el lago está seco, gota a gota sigue esforzándose por recuperar su esplendor. Hoy no corrí hacia él, sino que me busqué a mí misma.
Entiendo que me esperarás, aunque me tomó demasiado tiempo encontrarme.
La rutina es interesante cuando no estamos atrapados en ella.
Vaya.
Ya pasó el tiempo.
Terminé mi jornada. Ahora tengo un sinfín de posibilidades, de cosas que puedo hacer.
Decido plasmarlo todo sobre el papel.