La pradera de flores

Visitando

Miro el calendario y recuerdo que hoy es el día de ir a visitar a mi madre.

Se llama Denia. Es reservada, siempre tiene una hermosa sonrisa y nunca dice que no. Eso me estresa.

Por eso decidí vivir lejos. Para no intervenir en su vida ni en sus decisiones.

No sé si fue una buena decisión.

Me apresuro a prepararme y tomo un taxi hasta su casa. Como siempre, me espera con un banquete.

Mientras comemos, miro alrededor. Hay cientos de fotos mías. Sin exagerar.

Después de comer, tomo uno de los álbumes y comienzo a hojearlo.

Ella empieza a contarme cómo era yo de bebé. Miro las fotografías y veo ese brillo en mis ojos.

Qué bonito es ser despreocupada.

Miro mi reflejo en el celular y suspiro.

Parece que ahora tengo cuarenta años.

Una fotografía capta mi atención. Tengo unos cuatro años y sostengo un pequeño polluelo entre mis manos. Estoy tan radiante que sonrío al recordarlo.

De repente, parpadeo.

Y estoy allí.

En la hermosa pradera de mis recuerdos.

El polluelo acaba de salir del huevo.

Tapo mi boca con las manos.

Es un cuervo.

No recordaba eso.

Como es habitual, sigo mirando mi recuerdo, esperando el momento en que aparezca mi amigo cuervo.

Solo que esta vez no viene.

Parpadeo otra vez y regreso a la realidad.

Decido contarle a mi madre un poco de cómo me siento en verdad. Quién sabe, a lo mejor entiende. Al fin y al cabo, ella también tiene sus propios demonios.

—¿Siempre sabes cuál es tu estado de ánimo? —le pregunto.

Me mira de una forma extraña durante un largo rato.

Luego responde:

—Cuando se trata de ti, nunca lo sé.

Bajo la mirada.

—¿Y eso es normal?

—Es normal no entenderlo todo. Solo debes esperar a que pase.

La miro y le sonrío.

Seguimos mirando fotos hasta que llega la hora de regresar a casa.

Ya en casa, suspiro, saco mi cuaderno y le escribo todo lo que pasó.

Y también todo lo que quise que pasara.

Lo no expresado.

Le cuento aquello que me emocionó: ese hermoso paisaje y el pequeño polluelo.

¿Qué nombre le habré puesto?

Me duermo.

Mi mente baila y conecta la secuencia de pasos para entrar a mi mundo mágico.

Allá me golpea el viento frío.

Qué lugar tan lúgubre.

No sé por qué sigo regresando.

No sé qué espero encontrar.

Corro hacia el lago y me desplomo.

Aún no aumenta.

Sigue igual.

O quizá está más seco.

¿Qué pasó con la gota de agua?

Recorro el gran lago seco, pero no la veo.

Entonces, un destello me ciega.

Una flor.

Crece tímidamente entre aquella tierra seca.

Brinco y giro sobre mí misma.

La gota no desapareció.

Solo cambió su objetivo.

Me acerco para mirarla de cerca.

Es preciosa.

Me recuerda al pajarito que sostenía en mis manos en aquella fotografía.

Entonces veo caer una pluma.

Alzo la mirada, buscando de dónde viene.

Aunque no es necesario.

Ya lo sé.

La guardo.

Decido regresar a casa.

Sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, hoy el corazón me pesa menos.




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