La predicción de Madame Clarice

Capítulo 1.

En dos o tres pasos crucé el corto pasillo y abrí la puerta de madera con un letrero más burlón que vi en mi vida “La felicidad te espera aquí”, que casi salió volando junto con sus bisagras. Parecía que, si en ese momento hubiera aparecido una chispa en un radio de varios metros, el aire habría estallado con concentración de mi rabia. A pesar de la calma exterior, por dentro estaba hirviendo como una olla de presión. Y quién sabe qué hubiera pasado, si no hubiera descubierto el origen de mi ira nada más cruzar el umbral de la oscura oficina.

- ¿Quién es Madame Clarice? – gruñí con voz escenificada.

- ¡Joven!... - la mujer de negro abrió mucho los ojos con sorpresa y apoyó sus dedos huesudos con guantes de encaje sobre un escritorio grande y parecía antiguo.

- Es lógico que es usted, - sin escucharla hasta el final, concluí, mirando al visitante congelado de miedo en la silla frente a ella. - ¡Salga de aquí, se acabó la sesión!

- Pero... - un hombre frágil de unos cuarenta y cinco años se aferró a un maletín de cuero negro y murmuró algo, pero inmediatamente se dio cuenta por mi cara enojada de que no iba a escucharlo.

Esta era la pura verdad, ya que había perdido todo interés en esta criatura absurda, y ahora sólo miraba a la adivina, quien, a diferencia del cliente tembloroso, no tenía intención de desvanecerse delante de mi furia.

-Toma el dinero y lárgate de aquí, - le aconsejé al pobre hombre, metiendo un par de billetes de cien dólares en el bolsillo superior de su camisa a cuadros.

No hubo necesidad de repetirlo por segunda vez, el hombre se retiró rápidamente de la oficina, tropezando con sus propios pies y casi tirando la silla fuera de su lugar.

En la oscura habitación del semisótano, que olía a humedad y a incienso barato, sólo quedamos nosotros dos. Miré más de cerca el lugar, cuando la primera ira disminuyó. Esta habitación no se parecía en nada a la cueva de una bruja, sino que parecía más bien al despacho de un abogado o de un psicólogo, que en principio era lo mismo. Aunque estaba aquí un poco oscuro de más.

Cuando mi madre me habló de la todopoderosa Madame Clarice, que le prometió que yo encontraré la mujer de mi vida antes de que acaba el año, por alguna razón me imaginé a una astuta dama de unos cuarenta años con una túnica incomprensible, adornada con amuletos y plumas en la cabeza, que adoptaba la imagen de bruja para confundir a las pobres señoras mayores y con más facilidad meter en sus cabezas sus chorradas.

 Sin embargo, la señora sentada en la silla frente a mí, parecía completamente normal, o más bien normal para una anciana con demencia. Tenía más de setenta años o tal vez incluso ochenta. Llevaba un elegante vestido negro con cuello blanco, que se llevaban a mediados del siglo pasado. Un collar de perlas brillaba alrededor de su cuello, su cabello gris, pero espeso, estaba recogido en un cuidado moño y sus ojos increíblemente claros y profundos estaban delineados con lápiz negro. Que hacía sus ojos aún más increíbles.

"¿Quizás ella realmente tiene la habilidad de hacer magia?" - Pensé de repente, pero inmediatamente descarté este pensamiento, ya que no creía en toda esta herejía y ahora planeaba llevar a cabo el diálogo exactamente como lo había planeado originalmente.

-Qué bueno que éste burro se haya ido, - dijo Madame Clarice después de una breve pausa. – Era un tipo sin capacidad para reaccionar ante los estímulos. Su vida pasada no lo abandonó aún. Aparte de la diabetes y la cerveza de promoción, no obtendrá nada en el futuro.

La mujer miró la puerta de madera por unos momentos más, como arrepentida, luego de lo cual suspiró profundamente y volvió su atención hacia mí.

 – ¿A qué viniste, guapo? ¿Quieres felicidad? ¿O algo más interesante? Siento que tu corazón languidece en tristeza sin amor.

Casi me ahogo con tal afirmación y, al ver cómo la adivina comenzaba a colocar las cartas sobre la mesa, quedé completamente desconcertado.

- ¡Con el debido respeto a su edad, señora, usted languidecerá tras las rejas por fraude, si no detiene estas maquinaciones suyas!

- ¿Incluso así? - Madame Clarice se dio cuenta de que el asunto no era tan simple como parecía, y con un hábil movimiento barrió las cartas de la mesa y las guardó en el cajón superior de la mesa. - Dime. ¿Eres de la policía o del FBI?

- Del FBI, - respondí seriamente, pero inmediatamente descarté la idea de hacer un espectáculo. - ¿Qué le dijiste a mi madre? ¡Maldita sea! ¿No entiende que extorsiona a gente decente?

- ¡Para, jovencito! ¡Soy una bruja decente, cuida tu lenguaje! No extorsiono a nadie, ellos mismos lo dan todo para obtener la felicidad. – se enfadó la vieja.

– Dime, ¿también pagas los impuestos por estafar a la gente?

Me desenrollé la bufanda, me quité el abrigo y me senté en la silla donde hace un minuto estaba sentado un tonto con camisa a cuadros, esperando un milagro en el año saliente.

- Predigo la felicidad, si la hay, no le miento a nadie. No estafo a nadie. Por cierto, tengo cientos de clientes satisfechos. Y no sólo aquí, sino en todo el país.

- No me hable de eso. ¿Por qué usted lavó el cerebro a mi madre? ¿Por qué le dijo que encontraré la mujer de mi vida y no solo mujer, sino una familia? Ahora ella me está sacando del quicio llamando a todas mis ex, preguntando, si sus hijos son míos. Y esas a su vez se me quejan a mí. Realmente no me gusta esta situación y quiero que esto se para.

Madame Clarice suspiró profundamente y apoyó los codos sobre la mesa. ¿Cuántos hombres tan escépticos ha conocido en el largo camino de su vida? ¡Un montón y dos montones más! Nada, todos andan felices después de su ayuda.

- ¡Te reconocí! - la mujer se dio cuenta y abrió con confianza el segundo cajón de su escritorio.

Después de rebuscar entre revistas viejas y algunos informes de su oficina de brujería, finalmente encontró lo que buscaba. Sacó una fotografía de un chico guapo y sonriente.




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