La presión espacial

Matarratas

Chase estaba de nuevo en su despacho de la nave, de donde cada vez salía menos.

Con la cara metida entre las manos y los codos apoyados en las rodillas, sentado en el sillón, miraba al suelo lleno de duda y desesperación.

Todo se desmoronaba a su alrededor y para añadir un nuevo sufrimiento, se estaba dando cuenta de que el pegamento que cohesionaba a sus hombres no era él, sino su amigo Massiev.

Era normal, en realidad. Ellos siempre se relacionaban con Massiev, no con él. Él daba las órdenes o decía lo que quería al rubio y éste, el mando más alto del ejército, se encargaba de traducirlas a acciones y transmitírselas a sus oficiales. Sí, él estaba por encima en el organigrama del poder, desde luego, pero el subconsciente no entiende de organigramas.

Había tenido que despedirlo de la misión. Además de aplicarle una sanción económica importante y desproveerle de su puesto, claro. Podía haber hecho más, pero tuvo en cuenta que Massiev era Massiev y no cualquier otro mindundi. Lo hizo sin verle la cara, eso sí. Se negó. Le dió la orden de volver al planeta antes de que pudiera regresar con la nave secuestrada a la flota, y el rubio así lo hizo, sin rechistar esta vez.

Ahora el propio Chase era el Gobernador del planeta, su dueño y el capitán general de las fuerzas armadas.

Y no era por ambición o ganas de concentrar el poder, sino por pura necesidad. El hecho de que sus hombres se relacionaran habitualmente con Massiev y no con él, también quería decir que él apenas conocía bien a ninguno de ellos. No podía confiar en nadie y para evitar luchas intestinas, se autoproclamó y ocupó él mismo el cargo.

Pero lo hizo, una vez más, solo en el organigrama. No tenía idea de lo que hacía Massiev habitualmente en su día a día, ni de cómo gestionar un ejército. Y esto atrajo nuevos problemas.

Si antes del desafío de Massiev ya había suspicacias con respecto a aquella alianza nim entre los integrantes de su ejército, ahora, se habían multiplicado por diez. Y habían sobrepasado el nivel de la suspicacia.

El día anterior se habían presentado en su despacho nada menos que seis capitanes de nave. Le indicaron su deseo de dimitir amablemente, y aceptaron si se les tenía que aplicar alguna sanción, incluso si tenían que ser desterrados de Leao o cumplir penas de privación de libertad por un tiempo.

Chase ni siquiera los castigó. Solo les impuso una pequeña sanción económica. Incluso les dejó llevarse una de las naves pequeñas para volver a casa.

No había tenido corazón para hacerles nada más: Aunque había llegado a aceptar que aquella alianza podía terminar siendo algo bueno si aquella emperatriz triunfaba en sus pretensiones... ese triunfo se le hacía costoso de imaginar.

Si él mismo hubiera podido, se habría marchado en ese instante.

Pero de nuevo, las consecuencias de ser misericordioso se habían presentado: ahora mismo, acababa de marcharse por la puerta un soldado raso que le había informado de que tres capitanes más habían seguido el destino de los otros seis. Estos, ni siquiera habían ido a visitarle ni a presentarle una dimisión ni unas explicaciones. Por su cuenta. Sin miedo a las consecuencias.

Pensó en dar la orden a otras tres naves de salir y perseguir a la que estaba escapando, pero se dio cuenta de la inutilidad de tal acción. Pondría a parte de su gente en contra de otra parte de su gente. Lo cual terminaría poniendo aún a más gente en contra suya. Tampoco podía quedarse sin hacer nada, desde luego, así que lo que hizo fue informar al planeta. Si arribaban a Leao, les esperaría una sorpresa en forma de juicio militar y calabozo por un buen tiempo.

Aunque siempre estaba la posibilidad de que aquellos tres se olieran algo y prefirieran ir a otro sitio. En ese caso, cuando todo acabara, se encargaría de ellos. Si podía.

Si podía.

Llevaba días sin ver a la emperatriz, pese a que ella permanecía en su navecilla auxiliar en el espacio, cerca de su flota. Eso no le generaba ninguna tranquilidad, pero tampoco había querido pedirle ayuda para lidiar con la desconfianza de su gente. Aún le quedaba algo de orgullo.

Sin embargo, unas horas atrás, había sido ella la que le había llamado y se había mostrado conocedora de la situación, ofreciéndose para ayudarle en lo posible.

No sabía muy bien como sentirse con respecto a eso. A estas alturas, ya no sabía bien como sentirse con respecto a nada.

Por un lado, si todo salía como ella decía que saldría, la cosa podía ir bien. Quizá hasta pudiera recuperar algo del prestigio que estaba perdiendo a pasos agigantados, y que seguiría perdiendo en los próximos días. Por otro lado, viendo cómo todo el mundo huía de su lado, hasta él mismo comenzaba a dudar de su propio juicio.

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En la nave auxiliar nim, Cleo se estaba dando un relajante baño en ese mismo momento. Aunque su ánimo era mucho mejor que el de Chase, su tranquilidad tampoco era absoluta: había recibido una noticia que esperaba, pero que no por esperada le generaba menor ansiedad.

La noticia era bien sencilla: la pulsera de Aliz había mandado la señal que emitía cuando dejaba de estar en contacto con su piel. Y llevaba así más de un día.

La pulsera, desde luego, estaba equipada con la máxima tecnología en escudo y un sistema de comunicación, además de un cierre de seguridad propio de los últimos avances nim. Si esperaba que aquello ocurriera era únicamente porque aún sabiendo todo eso, sabía que no sería suficiente para parar a los rateros terrestres si éstos se lo proponían. Y también sabía que Manuel se encargaría de que se lo propusiesen.

Porque evidentemente, la pulsera la tenía él. Lo sabía de sobra. El localizador indicaba que se encontraba en el propio Palacio. Y el mal funcionamiento del aparato quedaba descartado. Sus ingenieros podían tener falta de experiencia en sistemas antirrobo, ya que en Iilnirev los robos eran casi inexistentes, pero en cuestión de fiabilidad, eran los mejores.




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