Desde que había irrumpido en la “reunión de conspiradores” y había pronunciado aquellas palabras envalentonadas, la vida de Teo había dado un vuelco increíble.
Era lo normal: uno no se ofrece para matar al Presidente del Mundo y sigue viviendo tan pancho.
Después de todo el proceso de comprobación de su identidad, cuando terminaron de interrogar a Tomás y a su madre, Teo ya no estaba tan seguro de lo que había hecho y estaba empezando a preguntarse por qué narices lo había hecho.
Aquellas palabras eran prácticamente una sentencia de muerte y él nunca había sido un suicida. Ni un kamikaze.
Oriol le había dicho que durmiera esa noche en una habitación contigua a la de su madre y que al día siguiente le daría toda la información y las instrucciones. Todas las indicaciones daban a entender que “la cosa” iba a hacerse y que no había marcha atrás: Teo iba a ser quien la llevara a cabo.
Teo había dormido fatal esa noche, como no podía ser de otra forma. Cuando se había metido en la cama eran más de las cuatro de la madrugada y estaba seguro de que había pasado al menos una hora más dando vueltas incómodas en el lecho antes de caer rendido y... no descansar.
No descansar porque no hizo más que tener pesadillas.
En una, él aparecía con Úrsula en Dubai (o en una ciudad que su cerebro interpretaba como Dubai, pues nunca había estado allí). Les perseguía la policía y ellos escapaban siempre por la mínima, hasta que llegaban a la playa. Ahí saltaban a una barca como la que le había llevado a Montjuic, y ella “perxaba” a toda velocidad... para caer muerta a disparos segundos después. Teo, sin embargo, se salvaba, pero no podía hacer más que recoger su cuerpo ensangrentado en sus brazos.
En otra, estaba con Oriol en una sala oscura y aquél no hacía más que lanzarle puñetazos a la cara una y otra vez. Él los esquivaba, pero cada vez estaba más cansado.
En la última, aparecían Manuel y la mujer que iba con él. Él estaba en el suelo, tirado, y aunque tenía brazos y piernas, eran como de adorno, no podía moverlos y aquellos dos no hacían más que reírse de él mientras él les pedía ayuda sin recibirla.
Se había levantado empapado en sudor cuando el reloj marcaba algo más del mediodía siguiente. Su madre le había dado las buenas tardes y le había contado que le había dejado dormir porque tenía que partir esa misma tarde. Le había dicho dónde estaban las duchas y le había proporcionado ropa cómoda para el viaje y unas cuantas mudas.
Teo le había dejado a su cuidado su enorme mochilón, con sus pocos subs, su portátil y todas las cosas que había cogido de casa. Y al dejárselas, había sentido un pinchazo. Había mirado aquella mochila y había pensado si no sería la última vez que la vería en su vida. Y entonces, no quiso mirar a su madre otra vez, porque pensó que, si la miraba, también podría ser la última vez que la viera.
Tuvo la irracional idea de que si no recordaba cuándo fue la última vez que había visto a su madre, entonces tendría más posibilidades de poder volver a verla.
Mentalmente, apenas se reconocía a sí mismo. Cuando había marchado con Oriol hacia el aeropuerto, se había notado hasta con ganas de vivir, agitado. Una sensación que no notaba desde hacía muchísimo tiempo. No es que fuera cantando de alegría, pero por dentro sentía que tenía un propósito más allá del de seguir vivo un día más. Y que la consecución de ese propósito estaba a la vuelta de la esquina.
El viaje en coche hacia el aeropuerto había sido corto, pero le había servido a Teo para recordar el tiempo que había pasado, de joven, viviendo dentro de la Ciudad, cuando había disfrutado de su beca en el Instituto.
Al terminar aquel becado, casi quince años atrás, había vuelto a su barrio, y las cosas no le habían sobrevenido de golpe y sopetón. El cambio en su experiencia vital de la Ciudad a su barrio no le había parecido tan sustancial en un primer momento, solo había ido comprobándolo poco a poco, después. Muy al contrario que ahora, cuando era mucho más consciente de las diferencias que había en todo cuanto le rodeaba.
Esto se debía a que cuando había salido de su barrio hacia el Instituto era aún un chiquillo y sus padres, con mucho esfuerzo, habían conseguido criarlo minimizándole los traumas y las desgracias a las que uno era sometido en aquel lugar. Al volver, ya convertido en adulto, sus padres habían intentado seguir sobreprotegiéndole, pero él ya había conseguido la suficiente experiencia en la vida como para darse cuenta de cosas que antes no veía.
Ahora, al mirar desde la ventanilla los barrios cercanos a los muros exteriores de la ciudad de Barcelona, notaba la diferencia de una forma tan evidente que dolía. Aunque aquel no era, ni mucho menos, un barrio privilegiado de la Ciudad, sino uno más, del montón. Pero las calles estaban más o menos limpias, la gente paseaba por allí, había personas con mascota, un polideportivo funcional con gente haciendo deporte dentro... Sí, las canastas carecían de mallas, pero lo importante es que estaban allí y que había personas con el ánimo suficiente como para utilizarlas. Nada de todo eso ocurría más allá de los muros.
Su primer destino no era Dubai, sino Ámsterdam. Ámsterdam era una ciudad casi tan grande como Barcelona y la capital de la nación de Benelux. Era una Ciudad curiosa, pues pese a estar por debajo del nivel del mar, había sido de las menos afectadas por la subida de los océanos en la década de 2080. La razón no era otra que ese mismo dato: antes de la subida, ya estaba por debajo del nivel del mar.
Los ciudadanos de Ámsterdam y de buena parte de Benelux llevaban siglos haciendo retroceder al mar y ganándole batallas, antes de que la desgracia ocurriera. Estaban más preparados que nadie cuando ocurrió. Y aquello era evidente cuando se sobrevolaba aquella Ciudad, pues el casco antiguo estaba íntegro y uno podía observar las casas del milenio pasado, con más de cuatro y cinco siglos de antigüedad.