Manuel estaba a tope.
Era el día decisivo. Tenía plan A, plan B, plan C… casi se le acababan las letras del abecedario. Tenía todo bajo control. Aquel día podía acabar de muchas formas diferentes, pero todas tenían algo en común: él salía ganando.
No había dejado cabos sueltos, se sentía satisfecho de su propio trabajo y de las decisiones que había tomado.
Su viaje a Barcelona había sido productivo y no solo había abierto el abanico de posibilidades de las cuales poder aprovecharse, sino que además, había resultado gratamente beneficioso para su salud mental.
Habían preparado el “show” a conciencia, habían encontrado a un tonto que lo protagonizara y después había pasado un tiempo muy agradable con Lola.
Habían ido a celebrarlo al reservado que Lola tenía alquilado en una conocida discoteca catalana, y después se habían marchado a pasar el fin de la madrugada y el día siguiente a la casita que ella tenía en el norte de la provincia, al lado de la playa, en una urbanización privada de máxima seguridad y privacidad.
Manuel, presa del alcohol y otras sustancias, había caído rendido en la cama nada más llegar allí, pero por suerte para él, no era el único que tenía ávidas ganas de sexo, y unas horas después Lola lo había despertado de una forma muy agradable.
Habían pasado el día siguiente retozando en su piscina privada y pasando de ahí a la cama y de la cama a la piscina, con breves descansos para comer. Lo había pasado tan bien que había decidido quedarse un día más y aquella había sido otra decisión excelente: para el segundo día de retozos, tanto él como ella estaban más que saciados y comenzaban a sobrarse el uno al otro. Momento perfecto para largarse sin remordimientos.
Al llegar al Palacio se había encontrado con noticias sorprendentes, si bien, eran algo que le había preocupado bien poco. Al parecer, la chica nim había estado comportándose de forma extraña desde que él se había ido. Según le habían contado, había pedido pasar tiempo con los perros, lo cual no era nada tan extraño, pero después, esa misma noche, había pedido montañas de comida y varias botellas de vino y había cenado encerrada en su habitación. Después, no había llamado al servicio para que se llevaran las sobras ni limpiaran. El día siguiente había sido aún peor, repitió la petición tanto en la comida como en la cena y en el entretiempo, la habían visto deambular por pasillos y estancias del Palacio, a veces cantando, a veces gritando. Y lo más extraño: la habían sorprendido bañándose desnuda en pleno Lago Verde.
Manuel pensó que a la pobre se le había ido la olla. Primero había perdido aquella pulsera, que debía ser muy importante para ella y los planes que tuviera discutidos con su emperatriz. Después, se había quedado completamente sola cuando él se había marchado de viaje.
Al enterarse de todo esto, Manuel la visitó sin demora en su habitación, a donde ella no le dejó entrar. Aquella habitación tenía que estar que daba auténtico asco. Ella se mostró excesivamente locuaz y habló por los codos, a veces atropellándose con las palabras, y mostrando una especial obsesión con que su “jefa” volviera y pudiera verla.
Tras esta visita, Manuel estaba convencido: la pobre estaba perdiendo la cabeza. Pero no había nada peligroso en ello. No parecía que fuera a cometer ninguna locura y cuando repitió la visita unas horas más tarde, la encontró mucho más sosegada, quizá calmada por su presencia allí: al menos ya tenía alguien cerca a quien conocía.
En todo caso, a él le importaba poco. Con que no le diera por hacerse daño y no volviera a pedir tres litros de vino para cenar, le valía. Ya no era importante para el plan. Sólo podría influir de alguna pequeña forma en el plan F… o el G. Y no esperaba tener que llegar a ese punto. Si las cosas iban como tenían que ir, aquella Aliz sólo sería un monigote más.
Tras convencerse de ello y con la mente relajada, había podido dormir por fin una noche entera y había descansado muy bien. Ahora, a primera hora de la mañana en el Palacio, después de desperezarse y darse una recobrante ducha, se encontraba lleno de ganas y excitación. Hacía tiempo que no se sentía así, quizá desde que había perpetrado la traición a su anterior jefe para subir a Al Fahri al poder. Eran días especiales, días en los que realmente se sentía el Rey del mundo.
Había llegado la hora de jugar.
Su primera tarea sería ir al aeropuerto a recoger a su “mano ejecutora”. El tal Teo, que le había caído bastante mal al conocerlo, por alguna razón que desconocía. Suponía que era por el hecho de que, en realidad, la actuación de aquel chico sería la que desencadenaría el inicio de uno de sus planes, y según la decisión que tomara, él tendría que ejecutar el plan A, o el B.
Además, el tipo le parecía un candidato nefasto. Un pringado. Era un joven inestable, algo que saltaba a la vista. En su mirada se veía el fuego de la venganza, pero en su actitud se notaba que estaba allí sólo porque la vida le había llevado a tomar muy malas decisiones, no porque en realidad fuera un asesino sanguinario.
Mejor. Menos pena le daría cuando tuviera que afrontar su desgraciado final, aunque en realidad, tampoco se la habría dado de ser alguien que le hubiera caído mejor.
Sin embargo, era aquella inestabilidad de aquel Teo lo que le había obligado a desarrollar dos líneas de actuación principales. No se fiaba un pelo de él, y sabía que había un buen número de posibilidades de que el chico al final se echara atrás y no ejecutara su parte de la misión. Con sus dos opciones, aquello ya no importaba. Si se cargaba al presidente, caería, y caería también si no lo hacía.
Salió del Palacio por la parte del garaje oficial. Subió a uno de los coches oficiales. Se decidió por uno cómodo y grande, con espacio para seis personas, casi una limusina. Quería que el chico se sintiera importante.
Condujo los escasos kilómetros que separaban el Palacio del aeropuerto con total tranquilidad. Con música en la radio, dando golpecitos al volante al ritmo de la misma, con la ventanilla medio bajada y notando la brisa vespertina en plena cara. Estaba de un extremo buen humor y quería aprovecharlo antes de verle la cara a aquel pobre amargado con sed de venganza.