La presión espacial

Cleo emperatriz

Cleo, de pie en el estrado, dio la señal, una vez más. Las cuchillas afiladas con láser ultrasónico, junto a la velocidad a la que cayeron, aseguraron un mínimo sufrimiento a los poseedores de las cabezas que se separaron de sus cuerpos y cayeron en decorados canastos.

Chase, a su lado, sentado en su lugar “oficial”, la observaba con una mezcla de admiración y miedo. Llevaban seis meses gobernando y era el quinto acto como aquel que realizaban. Cleo le había prometido que sólo harían falta un par más y después, pararía, pero él se seguía sintiendo muy incómodo.

Mientras el gentío en la plaza aplaudía y jaleaba la matanza, Cleo volvía tranquilamente a su asiento, justo al lado de su socio de gobierno. No pudo evitar fijarse en su cara.

—Sigues sin estar convencido, ¿no es así? —Le preguntó mientras tomaba asiento.

—Bien lo sabes… —contestó él, disimulando el gesto, pero no la palabra.

—Creo que es bastante obvio que la gente está de nuestro lado… —Cleo señaló la plaza.

Estaba a rebosar de gente. Brindaban, cantaban, celebraban, gritaban. La algarabía era ensordecedora y difícilmente obviable. El ambiente era festivo.

—Sí… pero aún así… no me gustan estos espectáculos de violencia. No soy un sanguinario.

—Chase, ya sabes que a mí tampoco. Pero son necesarios. Muy necesarios, diría yo.

—No lo sé…

—Te lo he explicado mil veces, Chase. No solo necesitamos a la gente de nuestro lado. La gente somos nosotros. Tienen que ver que somos de los suyos y que odiamos lo que ellos odian con la misma fuerza. Porque en realidad, lo hacemos.

—Yo no odiaba a esa gente. Ni siquiera conocía a la mayoría. —protestó Chase.

—¡Oh! Parece que hay que usar contigo la misma técnica que con la plebe… ¡mira eso! —Cleo señaló una de las pantallas-dron gigantes que había flotando sorbe la plaza. En ellas se habían emitido primeros planos de los ajusticiamientos, pero antes y después, se ofrecían imágenes que mostraban cuáles eran las razones que habían llevado a esas personas a perder la cabeza de ese modo.

En la que Cleo señalaba, aparecía un hombre trajeado en varias fotografías, pasando una tras otra… firmando unos documentos, inaugurando una especie de poblado, en una fábrica… después, aparecían fotos de fosas comunes, un puñado de cuerpos de niños amontonados en un agujero terracoso y siendo enterrados por hombres adultos con palas.

—Como no se oye desde aquí, yo te explico lo que están diciendo los altavoces. Este es… bueno, era, Santiago Valasnich, presidente de la compañía GoSnich, que fabricaba dispositivos informáticos. Lo que se ve después son las fosas comunes que descubrimos hace dos meses justo al lado de las minas de explotación de mineral que utilizaba como materia prima para fabricar sus productos. Los niños eran obligados a trabajar de sol a sol por poco más de un plato de comida, hasta que fallecían de cansancio. El pueblo en el que aparece cortando la cinta de inauguración, por cierto, es el pueblo donde vivían estos niños, construido al lado de las minas. Tenían registradas a 300 personas en un pueblo con más de mil casas… evidentemente todas estaban abarrotadas, esos niños no estaban registrados ni tenían contrato ni derecho alguno.

Chase no decía nada, solo meneaba la cabeza haciendo la señal de “no”. Cleo continuó.

—Su cabeza está ahora en un cesto. El que estaba a su lado, por cierto, cuya cabeza está en otro cesto, era el encargado que tenía contratado como responsable de aquellas minas. A los jefes directos de los chicos fallecidos, los vamos a encarcelar durante un par de décadas. Al inspector gubernamental de la zona, al alcalde del pueblo y al presidente del país donde ocurrió esto, se les separará la cabeza del cuerpo cuando hagamos este acto en África el mes que viene. Tenemos pruebas de que todos ellos conocían lo que ocurría y no solo no hicieron nada, el alcalde hasta proporcionaba “mano de obra” desechable.

—Está bien, era gente despreciable, monstruos… ¿pero no nos convertimos nosotros también en ello asesinándolos a sangre fría?

—¿Se convierte en un monstruo quien acaba con una amenaza para la sociedad?, ¿En serio?

—Esa gente también tiene familia… y sus familias no tienen la culpa de nada.

—En muchas ocasiones, de una forma u otra, las familias saben lo que están haciendo estas personas, y en el mejor de los casos, hacen la vista gorda. Y si no… pues sí, será injusto, pero no se puede hacer nada.

—Se puede no matarlos.

—Chase… Hace un año, la mayoría de la gente sufría injusticias mientras que unos pocos se aprovechaban de ello. Ahora, unos pocos sufren injusticias mientras la mayoría de gente, gracias a estas injusticias que estamos cometiendo, vive mejor.

—Me recuerdas a alguien…

—Ya sé a quién te recuerdo. Y sí, tienes razón, estamos utilizando argumentos similares. Pero hay una diferencia. Aquí no se trata de víctimas colaterales. Te estoy demostrando que esta gente merece lo que les pasa.

—Nadie merece morir…

Cleo decidió no continuar con la discusión, mientras la gente en la plaza comenzaba a dispersarse. Ella tenía su propia opinión al respecto, probablemente mucho más cercana a la de Chase de lo que él creía. Pero la cuestión es que su voluntad era indiferente. Aquello era necesario.

Algunos nims recogían los recipientes con las cabezas de los recién ajusticiados y en la plaza la algarabía bajaba poco a poco de intensidad. Cleo sabía cómo funcionaban aquellas cosas, por desgracia. Entre aquella gente habría quien estaba celebrando por verdadera alegría y quien lo estaba haciendo con disimulo, muerto de miedo temiendo ser el siguiente.

No le gustaba la sensación de ser temida, pero era lo natural, y así es como debía ser, se decía. Al menos, por el momento. La gente no aceptaría a un gobernante no-humano sin aquella espectacular presentación.

Además, su actividad no se había limitado a cortar cabezas. Aquello era lo más visible y espectacular, pero el trabajo más productivo se estaba produciendo en otro lado.




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