Aquella no era una casa grande. Ni el edificio donde se encontraba era un edificio lujoso. No había piscinas. No había guardas de seguridad. No había campos de deporte. Pero estaba limpia, era amplia y más que suficiente para que una familia de tres pudiera vivir cómodamente en ella.
Los dos adultos que allí moraban tenían sus empleos.
Ella era la propietaria de una tiendecita en la playa que últimamente estaba muy concurrida. El turismo aumentaba cada año y el comercio, que había empezado vendiendo únicamente trajes de baño, ahora vendía también flotadores, souvenirs, camisetas, vestidos de verano, gorras, pequeñas tablas de surf… hacía nada que había tenido que alquilar el local de al lado para ampliar el negocio.
Él era profesor de matemáticas en la escuela del barrio y daba clases a chicos de diez años, la misma edad que tenía su hijo.
Es por eso que ahora, ambos llegaban a la vez a aquella casa, después de haber recorrido a pie, paseando tranquilamente, los ochocientos metros que les separaban de la escuela.
—¡Mamá! ¡A papá le van a dar un premio!
Gritó el niño, corriendo por el pasillo para llegar cuanto antes al salón, donde estaba su madre.
—¿No me digas? ¿Sí? —contestó la madre, con esa voz de madre que ponen todas las madres cuando creen que sus hijos les toman el pelo o quieren jugar con ellas.
—No le hagas ni caso —el hombre dejó su mochila en una silla y se inclinó para besarla a ella, que estaba sentada en el sofá.
—¿De qué habla? —preguntó la mujer.
—Me han llamado del departamento de administración general y me han invitado a asistir a una reunión con los asesores nim.
—Pues está muy bien, ¿no?
—Sí, claro. Pero no es ningún premio. La comisión de educación suele reunirse con profesores de todos los colegios, van haciendo rondas...
—Bueno, pero tampoco se reúnen con todos los profesores. Si de tu colegio te han elegido a ti, quizá es porque les interesas para algo.
—No lo sé. El caso es que la reunión es el fin de semana que viene, e íbamos a ir a ver a mi madre.
—¿Dónde es la reunión?
—En Ámsterdam. Nos pagan el viaje y el alojamiento. A los tres.
—Pues eso ya es un premio. Podemos ver la ciudad, ya que vamos. No vas a estar reunido todo el tiempo. Seguro que a tu madre no le importa que vayamos la semana siguiente.
—No lo sé. Últimamente no para, tampoco. Se ha hecho cooperante en nosecuantas comisiones ciudadanas.
—Seguro que le da igual, si le dices por qué no podemos ir. Llámala y se lo comentas, yo hago la comida hoy.
—Está bien.
Se fue al escritorio donde estaba el comunicador, mientras ella andaba hacia la cocina y el pequeño encendía el televisor.
Se sentó en la silla y sacó el papel que le habían dado en el colegio. Aquella carta del Gobierno Mundial, que ahora residía en las nuevas Naciones Unidas Interplanetarias, llevaba el logo impreso en una esquina. Aquello ya le daba mal rollo.
Pero lo que más mal rollo le daba no era eso. Era el listado de los asistentes a aquella reunión, que estaban inscritos en la parte de abajo. Cuatro asesores nim de los que se habían quedado en la Tierra tras la partida de la emperatriz Cleo tres años atrás. Cuatro seres de aquella especie que había transformado el planeta en poco más de una década de un pútrido estercolero a un floreciente jardín.
No tenía miedo de ellos. Sabía que aquellos asesores podían ser implacables si sospechaban que había abusado de su puesto para obtener algún beneficio económico o alguna ventaja social. Pero él podía despreocuparse completamente de ello: su único objetivo en su trabajo era enseñar a los niños aquello que le apasionaba. Y tampoco conocía a nadie que pudiera estar en su contra e inventarse algo para denunciarle.
En todo caso, el problema con aquellos asesores no era ese. El problema eran sus nombres. Más concretamente, uno de aquellos nombres. Como todos los nombres nim, tenían cuatro letras y un apellido de ocho. Marcó el identificador de su madre en la pantalla mientras releía en el papel aquel nombre que tanto le preocupaba:
Aliz Uzzanibe
En la pantalla, la llamada era rechazada por ausencia del receptor: su madre no estaba en casa. Dejó grabado un mensaje.
—Mamá, llámame cuando puedas, ¿vale? Úrsula, Jan y yo nos vamos a Ámsterdam el viernes que viene y no vamos a poder ir a Valencia. Llámame y vemos como lo tienes para vernos a la siguiente. Te mando un beso bien gordo.
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—Es increíble, Teo. Hace catorce años que te vi por última vez, y pareces más joven que entonces.
—Debe ser que por aquel entonces era una piltrafa que comía basura sacada de un vertedero y ahora tengo una familia y me alimento bien.
Aliz sonrió. Teo también. Estrecharon sus manos y se dieron un abrazo amistoso.
En aquella austera sala del edificio oficial que el Gobierno Mundial tenía en Bruselas no había más que lo necesario para mantener una reunión: una mesa, unas sillas, un par de armarios, un perchero y una ventana. Había otras tres salas donde los otros asesores entrevistaban a otras personas, pero evidentemente, a él le había tocado con Aliz.
—Me alegro mucho de verte. Me pasé más de dos años tratando de encontrarte. — Dijo ella.
—Y yo me pasé casi un año tratando de volver a mi casa. No me fue fácil volver a España.
—¿Por qué no fuiste al desierto? Estuve peinando la zona con un helicóptero al día siguiente.
—Porque tu nave aún no estaba allí, y yo ya no me fiaba de nadie. La Ciudad era algo que podía ver con mis ojos. Por supuesto, no entré o la policía me habría detenido. Me quedé en uno de los barrios de extramuros. En Dubai eran enormes.
Aliz mantenía una expresión afable, pero la sonrisa que tenía antes de que Teo empezara a hablar ya no estaba en su cara. Se notaba que tenía algo en el interior que quería sacar, pero lo costaba hacerlo.