La Primera Dama

4

Llegué a mi casa arrastrando los pies. Abrí la puerta con desgano y la cerré recargando mi espalda en ella.

—Hola hija—saludó mi tío desde la sala—, ¿qué tal tu primer día?

Tomé aire y caminé hacia la sala, donde mi tío veía un partido de futbol en su inmensa pantalla.

—Hola—saludé—, bien, creo. Me cansé un poco pero así es esto.

Mi tío me ignoró, estaba más concentrado en gritarles órdenes a los jugadores en la pantalla y en beber de su inmensa cerveza.

— ¡Síguelo! —Gritaba mi tío— ¡Ya la tienes, tira!

—Iré a preparar la cena—anuncié, aunque sabía que Yuusavi no me escucharía.

Antes de dirigirme a la cocina, fui a mi habitación a ponerme mis pantuflas y ropa más cómoda. Los pies estaban matándome, eso se debía a que ya tenía mucho tiempo que no pasaba casi todo el día de pie ni trabajando sin parar. Ahora tenía que acostumbrarme de nuevo.

Prendí la estufa y puse el sartén de la comida a calentar. Mientras esperaba a que se calentara, me puse a lavar los trastes que mi tío había ensuciado durante el día, gracias a Dios que eran pocos.

Un golpe seco en la mesa me hizo darme la vuelta. Yuusavi estaba ahí y el golpe se debía a la inmensa cantidad de libros que había colocado frente a mí.

— ¿Qué es esto tío?—pregunté.

—No creíste que tener empleo te iba a excusar de seguir con tus estudios ¿verdad?

—Pues…

—Entonces, nos quedamos en el capítulo siete. Abre tu libro en la página ochenta y cuatro.

—Pero y la…—intenté replicar.

—Nada de peros—me interrumpió Yuusavi—, tenemos que estudiar.

—La cena tío—repliqué—, debo calentarla.

Mi tío se quedó quieto y miró el sartén que ya empezaba a despedir su delicioso aroma a lentejas.

—Está bien—suspiró—, solo porque en serio tengo hambre. Estudiaremos después de cenar.

De inmediato quitó los libros de la mesa y colocó los platos para ponernos a cenar. Yo me reí para mis adentros, nunca había conocido a una persona tan testaruda como mi tío.

Después de haber cenado, mi tío cumplió su promesa y pusimos manos a la obra. Me sentía feliz de poder continuar con lo que más me gustaba, pero de verdad me sentía muy cansada, me era difícil seguirle el paso en sus explicaciones y en varias ocasiones tuvo que despertarme con una palmada en la espalda.

—Venga, vamos—me animaba—, ya falta muy poco, terminemos este capítulo y luego vamos a dormir.

Asentí amodorrada con la cabeza y volví al estudio. Cerca de las doce de la mañana, mi tío por fin me dejó ir a dormir. No recuerdo el trayecto hasta mi cama, pero en cuanto llegué a ella, me tiré sin siquiera preocuparme por levantar las cobijas y taparme con ellas. Estaba tan cansada que en la misma posición en la que me acosté, así me desperté. Estiré la mano para tomar mi reloj y ver qué hora era.

— ¡Rayos! —exclamé.

Faltaba apenas media hora para las ocho de la mañana. Me levanté con la adrenalina corriendo por todo mi cuerpo, no podía creer que me hubiera quedado dormida. Esta vez no pude prepararle el desayuno a mi tío y salí cerrando la puerta de golpe.

Corrí todo cuanto mis cortas piernas me permitían, esquivaba gente aquí y allá. Me acordé del primer día que llegué a esta ciudad, todas las personas me parecían demasiado ocupadas y atareadas, incluso llegué a pensar que sus vidas eran muy tristes, y ahora, seis años después estaba yo haciendo lo mismo que ellas. “Cae más pronto un hablador que un cojo” me recordé mientras continuaba corriendo por las atestadas calles de la ciudad.

Bajé mi velocidad una cuadra antes de llegar a la secretaría, para recuperar el aliento y que nadie se diera cuenta que estaba presionada por el tiempo. Además, el haber corrido todo el camino me había ayudado a llegar cinco minutos antes de mi entrada. Entré como si hubiera despertado hace dos horas y caminé hacia el elevador. La recepcionista estaba de nuevo allí, en su escritorio y su semblante cambió en cuanto me vio entrar, gritaba un profundo desprecio por mí, seguramente aún le dolía mi comentario de ayer. De nuevo no me dejé intimidar por ella y le sonreí como si de una amiga se tratara, creo que eso la terminó de molestar y me pareció escucharla susurrar un “asquerosa india” antes de que las puertas del elevador me ocultaran de su vista.




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