La primera orden

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El ocaso marcaba el fin de la marcha por el territorio fronterizo. Los enemigos no habían avanzado, o al menos no lo parecía, porque no se habían topado con ningún centinela en el camino. Su ejército estaba cansado por el día largo de caminata y exploración.

Leander observó el cielo anaranjado con admiración, era su costumbre detenerse unos minutos a prestar atención el paisaje cuando aquellos colores decoraban el firmamento. Los pájaros volaban libres en el cielo y se posaban en los árboles pavoneando esa autonomía. Siempre había envidiado la paz que gozaban las criaturas salvajes, vivían sin preocupación por el mañana. Él hubiera deseado ser así, al menos en un ápice.

La calma vespertina avecinaba una noche sin mayores riesgos, aunque él nunca estaba del todo tranquilo. Cumpliendo con la misma rutina de cada día, caminó entre las tiendas del campamento que habían establecido y les dio a sus generales la señal de que lo acompañaran a su carpa. Los cuatro hombres y él se reunieron frente a una pequeña mesa, que apenas soportaba el peso del mapa de cuero que indicaba los caminos de Apricity.

Con expresión casi de aburrimiento les indicó el recorrido y la formación para el día siguiente. Marcó los movimientos y esperó las opiniones e informes del día. Myran, Keir, Dagen y Asger, jefes de las cuatro columnas de Themis y habían servido a su padre por años. Eran mucho mayores que él, que apenas tenía veintiséis años. Y aunque acataban sus disposiciones, siempre apostillaban algún comentario que pretendía dejar en claro su inexperiencia e ineptitud. Y eso que hacía diez años que Leander era el rey de Themis.

—Majestad, debemos proceder con mayor cautela posible, ya que mañana estaremos pisando territorio nómada —el tono de Myran era condescendiente, como el que utilizaba un padre con su hijo de cinco años. Leander mantuvo su expresión impertérrita, disimulando la afección que le provocaba el poco respeto de sus hombres—. Los centinelas nos informaron que cruzamos un templo elemental.

Le entregó una piedrecita que no tenía nada llamativo a simple vista, pero que en cuanto entró en contacto con su mano comenzó a desprender una luz violácea. El rey acarició el mineral, mientras lo observaba con detenimiento.

Los nómadas eran el pueblo más numeroso y el único que no se regía por una monarquía. Se guiaban con los Escritos Sagrados para manejar los conflictos entre ellos y contaban con su poderosa línea de guerreros para defenderse de los reinos.

Ellos nunca habían sufrido un ataque de parte de esa nación, pero tampoco los habían provocado. Era preferible mantener las buenas relaciones con ellos. Themis negociaba cada tanto, cuando los ejércitos tenían que cruzar por sus dominios, que eran todos y ninguno al mismo tiempo. Los nómadas, como su apelativo bien lo indicaba, se trasladaban constantemente.

—No quiere decir que ellos estén transitando por la zona —añadió Keir, mientras peinaba su barba, larga hasta su pecho. Era su general más antiguo y el más conocedor, respecto a los otros reinos—. Aunque se reubican cada cierto tiempo, dejan sus lugares de adoración intactos. Lo que quiero decir es que puede que se hayan mudado y que el templo estuviese en nuestro camino, sin ninguna otra historia.

—No existen las casualidades, Keir de Oryn —exclamó Dagen, entrelazando los dedos—. Es más probable que sea una trampa y no deberíamos dejarnos llevar por esa ingenuidad.

Los hombres gruñeron en discrepancia los unos con los otros, dejándolo a un lado de la riña. Leander ahogó un suspiro de frustración y se aclaró la garganta antes de proceder.

—De todas maneras, es preferible que nos manejemos con discreción. Que los hombres mantengan la voz baja y cuidaremos tanto la vanguardia como la retaguardia. Si nos cruzamos con ellos, asegúrense que nadie empuñe la espada ni por precaución.

Sus hombres lo miraron como si recién se estuviese uniendo a la conversación, pero asintieron y acto seguido se retiraron de la tienda. Leander mantuvo su expresión impertérrita, hasta en la soledad de su tienda.

Diez años habían pasado desde su coronación, diez años que había vivido más en el campo de batalla que en su castillo. Y aún soportaba la carga de angustia que eso conllevaba. La eterna lucha por los territorios con los dos reinos contrarios y los continuos tratos con los nómadas, habían moldeado su existencia. Era la vida que le había tocado por su condición Real, había sido arrastrado a ello, mejor dicho.

Se quitó la armadura, que para esas horas pesaba como dos personas y un animal de carga. Se vistió con ropas más livianas y que le daban más libertad de movimiento. Como toque final, ciñó el cinturón y colocó su espada enfundada a un costado. Salió de su tienda, de manera silenciosa y mostrando una calma que no poseía. Myran, que no se había alejado más que unos pasos del lugar de reunión lo miró con las cejas alzadas. No hacía falta que se expresara en voz alta, su rostro era más que conciso al respecto, y cuestionaba su siguiente movimiento.

—Saldré a dar unas vueltas antes de la cena —respondió el rey a la pregunta no dicha.

—¿Llevará custodios, Majestad?

Leander sonrió con amabilidad. Le molestaba, especialmente, que quisieran apostillarle niñeros. Pero se mordió la lengua para no herir la sensibilidad de su general. Como siempre lo hacía.

—No, solo son unos minutos. Pero si me tardo, puedes venir a acompañarme.




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