— ¿Slava? —al asomarse por la ventana, la joven se quedó petrificada, sin dar crédito a sus propios ojos.
El hombre aguardaba bajo el alféizar, envuelto en las sombras del jardín, pero incluso así, ella podía distinguir su sonrisa pícara. Sin perder un instante, Estanislao se aferró a un saliente de la pared, buscando apoyo con el pie. Apenas unos minutos después, franqueaba el marco de la ventana y saltaba con agilidad sobre la alfombra carmesí.
Giró la cabeza, buscándola desesperadamente. Al encontrarla, su corazón golpeó con fuerza contra la jaula de sus costillas. Tras dar unos pasos veloces, la estrechó contra sí, hundiendo el rostro en su melena dorada.
— Dioses... cómo te he echado de menos —murmuró, apartándose apenas lo justo para capturar su sonrisa radiante antes de entregarse, sin más contención, a sus labios carnosos y rosados.
Las manos de la joven se deslizaron hacia su cintura, aferrándose a él como si temiera que pudiera esfumarse de repente.
— Te amo... te amo tanto —susurró él, deteniéndose un instante solo para pronunciar aquellas palabras antes de buscar de nuevo su boca, como si su vida dependiera de aquel beso.
Se besaron largamente, refugiados contra la fría pared del dormitorio. La puerta estaba echada con el cerrojo; no temía que ninguna sirvienta entrara de improviso. El emperador no perdonaría saber por quién su hija había despreciado al príncipe.
Con los labios encendidos por el deseo, la joven apoyó la mejilla en su pecho, soltando un leve sollozo.
— Slava... no hubo noticias tuyas durante tanto tiempo. Temía que tú... que te hubieran...
Las manos del hombre descendieron por su espalda en una caricia reconfortante.
— Ya estoy bien —dijo él, apretando los labios. Ella pudo percibir el rastro de la mentira en su tono, pero él no pensaba revelarle los horrores que había tenido que sobrevivir. No ahora—. Rie... cásate conmigo.