La Princesa del peso

CAPITULO 1

Ciudad de México 1896 en una de las mansiones ubicada en la colonia condesa, bonita a la vista, con todas las comodidades de la época, su dueña, la joven Isabela Ayamonte, alegre, de talante suabe y afable, como cualquier jovencita en su posición puede tener, ya que no tenía que preocuparse por nada, la situación en la que se encontraba era de sumos privilegios, rica hasta el punto de no tener ni idea de la cantidad que poseía. Pero, aunque Isabela podía hacer con su vida lo que ella quisiera, todo su tiempo lo enfocaba en actividades que muchas personas de su círculo social, las habrían catalogado como radicales.

Esa tarde se encontraba muy atareada dando instrucciones porque su querido hermano Alberto regresaba de Nueva York, quería que su cocinera le preparara su comida favorita, que las flores del comedor estuvieran frescas de colores vivos para que se vieran alegres, y que su habitación tuviera las sábanas y cobertores limpios, todo arreglado y bien airado. El manejo de la mansión se le había impuesto desde muy pequeña, tenía apenas trece años cuando su madre murió y desde entonces se le había instruido en cómo llevar una mansión tan inmensa como la suya.

Cuando Alberto Ayamonte entró a su casa, fue recibido eufóricamente por su hermana, el cariño que sentían el uno por el otro era demasiado, habían crecido juntos llevando solo un año de diferencia, juegos, travesuras, regaños, y enojos los habían pasado juntos, pero ahora que solo se tenían uno al otro, su cariño se había incrementado, y se cuidaban.

Alberto tomó las riendas del inmenso imperio financiero que había dejado su padre, para el joven no había sido ninguna imposición, de mente abierta, entendimiento rápido, una inteligencia que superaba por mucho a su padre, ahora que contaba con toda esa fortuna a su disposición se planteó aumentarla lo más que pudiera, para lograrlo puso sus miras en el norte, el país Estadounidense que pasaba por la edad dorada, personas haciéndose multimillonarias por que supieron mover sus piezas, creando empresas desde cero, que ahora estaban valoradas en millones de dólares, y el joven Ayamonte quería ser parte de eso, su padre triunfó en México, él conquistaría el país americano.

Pero después de unos meses de cenas, fiestas y reuniones en clubes, se dio cuenta de que entrar en ese círculo no le sería tan fácil, y no porque su dinero valorado en pesos mexicanos no fuera suficiente, Alberto aprendió a la mala el termino (snob) los nuevos magnates neoyorquinos se habían abierto paso a la fuerza para que los antiguos ricos los aprobaran. No les fue fácil, tardaron años, tuvieron que hacer uso de chantajes, sobornos y cuanto estuvo a su mano para poder ser parte de ellos, solo para dar una idea un solo palco en el teatro Academy fue tan peleado que no tuvieron otro remedio que construir otro teatro, el Metropolitan. El que un jovencito rico mexicano se les quisiera colar para hacer negocios con ellos no sería para nada fácil.

-No tienes ni idea Bela de cómo se me quedó viendo ese viejo J P Morgan – le decía Alberto a su hermana cuando estuvieron solos en la sala – parecía como si su quijada se le fuera a desencajar.

La expresión le causó gracia a Isabela, solo de pensar al viejo, con una quijada oscilando en su cara.

-Eso te enseñará a no andar buscando nada en países extranjeros y menos en el norte, ¿para qué quieres hacer negocios allá? No te vasta con todo lo que tienes aquí.

-Mi querida hermana, no tienes ni idea de lo que podría lograr si las puertas estadounidenses se me abrieran.

-Pero ya viste que no se te pueden abrir.

-No Bela, te dije que sería muy difícil, pero imposible no es, solo tengo que ver la manera de que me acepten, además esos viejos herméticos no tienen ni idea de lo que yo les podría aportar, solo por su estúpido snobismo.

Las palabras rudas de su hermano no la sorprendieron, lo conocía demasiado bien, desde hacía tiempo demostró ser implacable a la hora de hacer negocios, lo había hecho en México y no le cabía duda de que era solo cuestión de tiempo el que Alberto lograra lo que se había propuesto.

*****

Unos días después Isabela se vio obligada a organizar una tarde te té para su tía, la cual le había mandado una nota con un propio, para avisarle que estaría de visita con su hija por la tarde.

- ¿Qué pasa? – le preguntó Alberto que la notó algo disgustada.

-La tía Constanza viene esta tarde junto con la prima Clara.

Alberto de inmediato supo el motivo del disgusto de su hermana.

-Ambos sabemos que no vienen a verme a mí.

-Lo siento hermanita, esta tarde me temo que voy a estar muy ocupado.

La cara de Isabela se desencajó aún más.

-Yo también tenía mis planes para esta tarde, y créeme que no era una tarde de té como toda una señorita de sociedad.

-Apruebo tus inclinaciones radicales, lo sabes muy bien – le dijo Alberto acercándose a ella – sabes muy bien que, si no tuviera en mis hombros el peso del legado de mi padre, yo mismo sería parte de ellas, siempre he confiado en ti para que me representes en todos esos actos, pero la familia es familia, y la tía Constanza y nuestra prima son de lo más cercano que tenemos, no podemos hacerles un desaire.

-Está bien, las atenderé con todo el protocolo de una tarde de té – le dijo Isabela sonriéndole a su hermano algo resignada – en cuanto a mis actividades radicales, sabes muy bien que lo hago más bien por mí y no por ti.




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