La Princesa del peso

CAPITULO 2

La estirpe de los condes Doncaster era una de las más antiguas, los antepasados habían participado en múltiples guerras y batallas, tenían un asiento asegurado en el parlamento, y durante años la palabra de un Doncaster era ley.

Pero un imperio pocas veces se puede mantener, y para la mala suerte de Noah Clifford último conde de Doncaster ya hacía dos generaciones que ese imperio había comenzado a decaer, principalmente por el bajo precio del trigo enviado desde Estados Unidos, variantes de la época en la que estaba atravesando, a la cual ellos no pudieron ir a la vanguardia, por pensar que todo siempre sería igual, más equivocados no podían estar.

El castillo en que había pasado su niñez requería de tantos arreglos que de no hacerlos se vendría abajo, los bastos territorios que arrendaba y que en alguna época llegaron a mantener generaciones, ahora lucían desiertos sin que nadie se atreviera a sembrar ni una sola hectárea por los altos costos de los insumos, además para qué, si podían conseguir los cereales a un precio más bajo que el que ellos producían, para qué sembrar, y luego tenían el problema de la migración de los trabajadores hacia las ciudades industriales y maquiladoras.

Los jóvenes aristócratas se enfrentaban a la dura realidad de no contar con dinero, y lo peor de todo es que no sabían trabajar sus tierras, desde el punto de vista de un noble el trabajar era caer en lo más bajo, pero Noah desde que perdió a su padre, había sobrevivido por que se encarga de la siembra de una pequeña porción de tierras. Ahora su personal constaba de un mayordomo, una criada y una cocinera que mantenía a duras penas, en un castillo de una treintena de habitaciones, se había reducido a usar solo un par de ellas. En el campo contrataba los servicios de solo dos trabajadores que, al terminar la jornada, se retiraban a sus casitas donde tenían a sus familias, de manera que todas las tardes el joven Noah regresaba a su castillo cansado y frustrado.

Cuando Noah era un niño solitario en un enorme castillo, buscaba la compañía de su único amigo, su vecino Devon Lennox, un niño aristócrata al igual que él, pero su familia aún conservaba un poco del patrimonio familiar milenario. Los dos niños eran casi de la misma edad y se hicieron muy amigos, pero el primer golpe de abandono que le llegó a Noah fue causado por su mejor amigo, los padres de Devon lo enviaron a estudiar a Eton, según sus padres el colegio más prestigioso de Inglaterra, donde lo enseñarían a ser un caballero, después de la partida de Devon, Noah se quedó solo y no sería el único que lo dejaría.

Después de unos años el castillo volvió ser alegre cuando llegó una prima segunda que le robó el corazón, la hermosa Abigail Cavendish pasaba por la misma situación economía de su primo cuando llegó a refugiarse con su madre, pasó años en el castillo conviviendo con el joven Noah, se convirtieron en compañeros de juegos, al punto que no podían estar el uno sin el otro, cuando los llegaban a separar para que la jovencita tomara clases para ser una damita y Noah para ser un caballero, las horas se les hacían eternas, por las tardes se escabullían de sus respectivas vigilancias para estar juntos.

Ya cuando llegaron a una edad casadera el cariño de niños se había convertido en verdadero amor, y si de niños no podían separarse ahora no podían vivir el uno sin el otro, nada los hacia más feliz que estar siempre juntos, era muy común verlos cabalgando, paseando por el jardín, cuando no estaban en la biblioteca, estaban el comedor, siempre juntos, nadie sabe de qué tanto hablarían, pero sus platicas eran interminables, todos sabían lo felices que eran por que por lo regular reían y se les veía felices.

Eran tan parecidos físicamente que si alguien no los conociera pensaría que eran hermanos, delgados, altos, de tez blanca herencia vikinga, de cabellos tan rubios que parecían rallos de sol, los ojos de azul intenso, en general los dos eran hermosos, tal vez su amor intenso fue producto de su poca convivencia con personas ajenas a ellos dos, solos en ese inmenso castillos, en el que solo habitaban sus madres, el personal y uno que otro maestro, que habían dejado de ir cuando cumplieron quince, el padre de Noah había muerto y su madre estaba cada vez más enferma.

Mientras que la madre de Abigail se había dado cuenta de la inclinación de su hija por Noah, no era un secreto su amor, ambas madres los habían visto desde las ventanas, caminar por los jardines, una que otra vez se habían tomado de la mano, otra vez escandalosamente Noah se había atrevido a tomarla por la cintura y darle vueltas felices y sonriendo, la señora de nombre Dinora se encontraba en la disyuntiva de dejar a su hija ser feliz o terminar de tajo con esa relación.

Dinora nunca se imaginó que su hija había llegado a flaquear entregándole su tesoro más preciado, pero no podía estar más equivocada, el amor de Noah y Abigail era tan grande que no pudieron evitar estar juntos en reiteradas ocasiones, la primera vez fue en los establos, un simple beso de cariño se transformó en uno más apasionado, Noah la tomó por la cabeza reclamando más tiempo, tocó sus dientes y su lengua, a Abigail le gustó demasiado esa sensación, la temperatura de sus cuerpos comenzó a subir, él reclamó piel y sus manos comenzaron a subir su falda acariciando sus piernas, ella le desabotonó su camisa blanca una invitación a Noah para que hiciera lo mismo y la comenzara a desnudar, en un montón de paja los dos jóvenes se entregaron por primera vez, Noah jamás había estado con una mujer y para su buena suerte lo hizo muy bien, porque Abigail disfrutó cada segundo que él la estaba poseyendo, tal vez fue el gran amor que sentían uno por el otro lo que les hizo sentir tan amados, deseados y felices. Los encuentros íntimos fueron reiterados, varias fueron las noches en las que Noah se escabullía en la madrugada a la habitación de Abigail y viceversa.




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