La Princesa del peso

CAPITULO 3

Un año después, en un baile donde estaban casi todas las personas importantes de Londres, a Abigail le presentaron al joven Alberto Ayamonte, que, según las investigaciones de su madre, era un magnate mexicano, con tanto dinero que podía ser la envidia de cualquiera de los asistentes al baile, y sería mucho decir, ya que ahí estaban reunidos personajes que gozaban de grandes fortunas.

Para desgracia de Abigail que había estado evitando a cada hombre que se le presentó, Alberto Ayamonte no le pareció del todo desagradable, vestido impecablemente a la moda, con un fistol en la solapa que seguramente era de diamantes, y no una joya presta como las de ella, una tez bronceada, ojos grandes y oscuros al igual que su cabello, cuando su madre le dijo que le presentaría un magnate mexicano, se lo llegó a imaginar totalmente desagradable, como le habían dicho que lucían los latinos, sobre todo se imaginaba la estatura, ella era alta y ya se veía tomada del brazo de un hombre que seguramente le llegaría a los hombros, pero no, el joven Ayamonte era alto y de anchos hombros, no en vano Alberto en México era el soltero más asediado por las jovencitas de sociedad y las que no formaban parte de sociedad.

Esa noche habían bailado tres bailes, prácticamente para los asistentes, ya estaban comprometidos, Dinora que los veía desde lejos, ya se podía imaginar una vida llena de comodidades, sin tener que preocuparse más de estar viviendo de arrimadas y de la caridad de sus parientes ricos.

De manera que cuando el baile terminó, todo el camino de regreso a casa y hasta el día siguiente, Abigail tuvo que soportar la retahíla de su madre de cómo sería beneficioso que el joven Ayamonte la desposara.

Ahora Abigail tenía un amasijo de sentimientos, le quedó muy claro la inclinación que el mexicano había mostrado, y lo peor de todo era que ese hombre causaba bastante perturbación en ella, no solo era la inmensa fortuna que su madre se había dedicado a investigar, si no que era él en sí, toda su persona, cuando bailó, en sus brazos se había sentido protegida, deseada cuando la apretó por la cintura y la acercó a él escandalosamente, cuando la miró con esos ojos oscuros, y su sonrisa burlona que se pintó en su rostro cuando ella le puso los ojos cuadrados, la apretó y la tuvo a escasos centímetros de su rostro, por un segundo pensó que la iba a besar.

Toda esa mañana solo había pensado en el rostro moreno de Alberto Ayamonte, se dio cuenta que por primera vez desde hacía un año no estaba pensando en los ojos azules de Noah, ahora los remplazaba unos enormes ojos marrón.

Se había vestido y arreglado cuidadosamente, muy dentro de ella esperaba la visita del joven mexicano, no quería darle la razón a su madre, durante un largo año habían tenido una relación bastante ríspida, arduos fueron los encuentros, ella reiterándole su amor incondicional por Noah, Dinora diciéndole que el conde no tenía ni un penique, que cómo la iba a mantener y de paso tenía que pensar en ella, era su deber desposar a un hombre con la facultad de mantenerla a ella y a su buena madre. Fueron mucho las noches que Abigail había llorado hasta quedarse dormida.

Cuando la doncella entró al salón donde madre e hija cuidadosamente arreglas, esperaban la visita, a Dinora se le pintó una amplia sonrisa, mientras que Abigail no pudo evitar un retumbo en su corazón y un enrojecimiento de mejillas.

-Dígale que pase – expresó Dinora de inmediato.

Se acomodaron sus vestidos, madre le echó un vistazo a su hija la cual indicó que estaba muy satisfecha por el arreglo de su hija. Alberto Ayamonte entró con todo el porte de un caballero, inclinó la cabeza en un saludo y fue mucho la decepción de Dinora al ver que sus manos estaban bacias, no llevaba el típico ramo de flores que todos los jóvenes usualmente llevaban en una visita de cortejo.

-Señor Ayamonte no esperábamos una visita de su parte – expresó Dinora, una gran mentira ya que solo a él era al que estaban esperando.

- ¿Tendría que disculparme por mi intromisión?

-No, para nada, nos es muy grato verlo de nuevo, por favor tome asiento, pediré un servicio de té, discúlpenme un momento – Dinora salió del salón para darles un tiempo a solas, el cual Alberto no iba a desperdiciar.

-Señorita Cavendish se encuentra especialmente hermosa hoy.

Abigail no pudo evitar sonrojarse aún más, desde que entró, se había sentido incomoda, pero del tipo agradable, como el pensar no ser lo suficientemente guapa para agradarle, y también tener mucho cuidado en sus modales para llegar a conquistarlo.

-Señor Ayamonte tengo que expresar que su inglés es perfecto.

-Bueno créame que tuve una maestra bastante estricta – el comentario la hizo sonreír.

-Me imagino que México es un país muy exótico – expresó para seguir un hilo de conversación.

-Lo es, tenemos unas playas con un mar de un azul tan intenso como sus ojos – Alberto se inclinó hacia ella, reduciendo la distancia, el comentario, junto con ese movimiento terminó por desarmar a Abigail que ahora estaba hiperventilado.

Alberto metió la mano a uno de sus bolsillos y sacó un cofrecito de terciopelo, extendiéndoselo, ella lo tomó algo nerviosa, cuando lo abrió dejó ver una pulsera con piedras cristalines, seguramente y sin durarlo eran diamantes, en ese preciso instante Dinora entró, llevándose una mano en el pecho expresando la admiración por la joya.




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