Noah no había tomado una decisión precipita, más bien la tomó pensando en la venganza.
*Primero al casarse con la dichosa hermana, estaría cerca de Abigail.
*Segundo Abigail no se desharía de él tan fácil.
*Tercera si, era una suma cuantiosa.
*Y cuarta ningún estúpido mexicano le quita lo que le pertenece, Alberto Ayamonte ahora tendría que vivir soportándolo a cada momento.
Mandó una carta al castillo para su mayordomo Festhon viajara a Londres junto con cocinera y mucama.
Después de unos días la mansión no lucia tan lúgubre, se había quitado las sábanas de los muebles, limpiado y aireado.
Estaba esperando la misiva de parte de Ayamonte, la cual llegó esa tarde.
“Noah Clifford conde de Doncaster.
Se le espera en la recepción que se llevará en casa de los Ayamonte para dar a conocer el compromiso de Isabela Ayamonte con usted.
Esperando que se encuentre bien Alberto Ayamonte.”
Definitivamente Noah entró de mal humor, no le gustaba para nada esa imposición, pero tenía que seguir adelante si quería continuar con su plan.
Lo primero que se topó fue a Abigail, quien trató de llevarlo a un rincón.
- ¿Cómo se te ocurrió aceptar el trato de Alberto? – le dijo totalmente disgustada.
- ¿Pensé que era tu idea? Que me querías cerca de ti.
- ¡Por supuesto que no! – lo fulminó con la mirada.
Cuando se dieron cuenta de la presencia de Alberto ella tomó algo de distancia.
-Conde de Doncaster, venga le presentaré a mi hermana.
Isabela conversaba sonriente a una persona, cuando se volvió a verlo, Noah miró la que sería su esposa, definitivamente fue mucha su decepción, todo lo contrario de Abigail, Isabela era de estatura media, flaca, morena, lo único salvable era su impecable vestido, bastante caro, hasta un hombre que no sabe nada de eso, se podría dar cuenta, las joyas que lucía definitivamente eran esmeraldas y que esmeraldas, tamaño, corte, color, de lo más fino, al menos su futura esposa se sabía arreglar.
-Bela – la llamó Alberto por su diminutivo, algo que Noah notó y pensó que el jamás la llamaría de esa forma – el conde de Doncaster, Noah Clifford.
-Un gusto conde – ella se inclinó como cualquier jovencita inglesa bien instruida.
Solo eso faltaba, que su futura esposa fuera una mojigata, seria, tímida, y lo peor de todo mexicana, esa fue la primera impresión que Iasabela le causó a Noah. El solo le devolvió la inclinación.
Los invitados a parte de disfrutar una deliciosa cena y buena bebida se dieron cuenta de la poca relación que tenían los novios, en toda la noche, Noah solo se acercó a Isabela cuando los pusieron juntos para hacer el brindis de su compromiso y desearles buena suerte, si Noah pensaba que Isabela era tímida lo confirmó en ese preciso momento, cuando se sonrojó al ser el centro de atención y todas las miradas estaban puestas en ella.
Noah ni siquiera quiso tener una plática con ella, por el contrario, se mantuvo lejos, aunque Isabela tampoco hizo por tener algún contacto con él. Por el contrario, sus ojos solo estaban atentos a Abigail que siempre se mantuvo ocupada atendiendo a los invitados, hasta que por fin encontró un momento cuando ella salió de salón, inmediatamente fue tras ellas.
La encontró en uno de los pasillos donde la tomó por el brazo y la metió a una habitación.
- ¿Qué haces? ¿estás loco? – expresó disgustada, hizo por salir, pero él le cerró el paso -déjame salir, cualquiera puede vernos, me estás comprometiendo.
-No, hasta que me escuches.
-Y qué voy a escuchar, que te casas con mi cuñada – le expresó levantando la voz.
- ¡Todo lo hice por ti! – le dijo exasperado, mientras la sujetaba por los brazos.
- ¡¿Por mí?! ¡Si cómo no!
- ¡Lo hice para estar cerca de ti, para cuidarte, te juro que en cuanto me lo pidas te saco de este lugar!
-Si, viéndote constantemente con mi cuñada.
- ¡Esa mujer no me interesa en lo más mínimo! – expresó en voz alta, para que le quedara claro.
- ¡Pero te vas a casar con ella! – al igual que él, desesperada y reclamándole.
-Escúchame Abigail, solo te quiero a ti, siempre ha sido así, y siempre lo será.
Ella se zafó de su agarre y salió a toda prisa, Noah se llevó las manos a la cara, tratando de calmarse y al mismo tiempo para detener las lágrimas de coraje y desesperación.