Cuando una persona no solo le gusta su marido físicamente, su no que también le tiene admiración, es que está muy enamorada, Abigail Cavendish de Ayamonte padecía de ese mal, en una ocasión, pasaba por enfrente de la puerta de su oficina, no quería escuchar, pero le llamó la atención como su marido le pedía a su contador mover miles en la bolsa, con toda la seguridad de que iba a ganar, y a los pocos días se enteró de todo lo que había ganado por esa estrategia, la mimaba como a una princesa, regalándole joyas, vestidos y todo lo que quisiera, y no era que Abigail le estuviera pidiendo cosas, era Alberto un hombre detallista al extremo, pero lo principal es que se sentía amada, su marido no tenía ojos más que para ella, con todo eso, digamos que Abigail era una mujer plena.
Esa tarde Alberto llegó temprano, encontró a su esposa bordando, porque si, Abigail era de las que mataba su tiempo, bordando, tejiendo, yendo a hacer visitas para tomar té, para que luego le devolvieran la visita.
-Mi querida esposa – se acercó a ella para darle un tierno beso, a lo que ella correspondió con el mismo amor.
-Regresaste temprano.
-Tenía ganas de verte.
-Me gusta que me extrañes, porque yo también te extraño a ti.
-Abigail tengo que confesarte algo, – le dijo tomado sus manos y poniéndose serio – yo me casé contigo para llegar a un fin.
- ¿A qué te refieres? – le dijo ella algo nerviosa.
-Me casé contigo solo para quitarte del camino, para que Noah se casara con mi hermana.
- ¿Por qué harías eso? – le preguntó con lo ojos cuadrados, jamás pensaría mal de su marido.
-Necesitaba que fuera mi pariente, para ser aceptado en Nueva York, quiero hacer negocias en grandes empresas estadounidenses, y necesitaba su título.
Abigail tuvo que pensar para comprender lo que su marido le estaba diciendo.
-Todo esto es una farsa, ¿no estas enamorado de mí?
Alberto cerro todo el espacio entre ellos, la abrazó.
- ¡No, jamás pienses eso! – le dijo con desesperación – te amo, te amo tanto que jamás pensé en llegar a querer tanto a una mujer, Abigail tú eres mi mundo, mi todo.
- ¿Te casaste conmigo sin quererme? – le reclamó.
-Tú belleza me impactó desde la primera vez que te vi, me enamoré de inmediato, pero eso no justifica el engaño y quiero sincerarme, no soporto que no lo sepas – él la abrazó no podía ver su cara de tristeza.
Después de una larga explicación detallada del por qué se había casado con ella, Abigail trató de justificarlo y lo perdonó, lo quería demasiado para no hacerlo, y sabía que él la quería, anduvo indignada un par de días, ahora conocía otra faceta de su marido, era pasar por sobre quién fuera para lograr sus fines, al menos tenía el consuelo que la amaba demasiado para poder hacerle daño.