En Nueva York, Alberto movía todas sus influencias para alcanzar sus fines, se había hecho buen amigo de uno de los socialités más queridos por las grandes familias, el hombre lo invitaba a todos los eventos sociales que valían la pena. Esa noche él y su flamante esposa asistían al baile donde estarían reunidos todos los magnate, Abigail no desentonaba, vestida a la última moda, con joya que ya las quisiera la misma reina de Victoria, entraba del brazo de su esposo, ya se había corrido la voz de que era el cuñado de conde Doncaster, y su esposa su propia prima, ellos no tenían ni idea de que el pobre hombre estaba en la total ruina, solo les importaba escuchar el título, de manera que Alberto Ayamonte era tratado con la mayor condescendencia y así fue saludado por el mismo John D. Rockefeller, deslumbrado con sus modales de caballero, y su esposa la más fina dama, el magnate petrolero lo trató como un igual.
-Estoy seguro señor Ayamonte que su cuantiosa inversión nos hará crecer aún más.
-Yo también lo creo, y con la incrementación del oleoducto hasta México abriremos las fronteras.
-Ya lo creo señor Ayamonte, ya lo creo.
Alberto cuando pensaba lo hacía en grande, una astucia innata para hacer crecer su dinero, lo hacía admirado y deseable a la vista de cualquier mujer, y Abigail lo sabía, le encantaba pavonearse por todo Nueva York, orgullosa de ser la esposa del mexicano que había logrado tantas cosas en tan poco tiempo.
En el baile la pareja daba de que hablar, formaban muy bonita pareja, él alto, moreno, de buen aspecto, y ella rubia, de ojos azules bastante hermosa.
-Todos nos miran – le decía ella.
-Te miran a ti querida – le decía, orgulloso de su esposa.
Cuando Alberto comenzó con la trampa que le habían puesto a Noah, para poder separarlo de Abigail, jamás pensó que sería la persona que lo llegaría a hacer feliz, al principio había pasado noches en vela pensado si valía la pena sacrificarse tanto solo por incrementar su fortuna, la joven le había agradado desde que la vio, pero eso distaba mucho de la felicidad, la posibilidad era muy remota, en primer lugar, ella estaba muy enamorada de otro hombre, al grado de haberse entregado a él, su madre había jugado un papel muy importante al imponerle el matrimonio, pero Abigail se había enamorado de él al poco de conocerlo, y cómo no, a qué joven con tan pocas posibilidades económicas no le gusta sentirse protegida en todos los sentidos, ahora que tenía viviendo con él varios meses, estaba completamente enamorada, en especial, porque lo había visto discutir sobre negocios y era un hombre implacable, pero en cuanto la miraba a ella, se convertía en el hombre más tierno del mundo.
Por otra parte, estaba la suegra, Dinora, que ahora vivía con ellos en Estados Unidos, y no podía ser la mujer más feliz, Alberto se la había ganado a pulso, la consentía y mimaba, y ella se derretía por su yerno, y más bien el conflicto lo tendía Abigail si hacía enfadar a su esposo.
-Me parece que te fue muy bien con el magnate – expresó Abigail despojándose del costoso abrigo que llevaba puesto.
-Por supuesto, tú marido consigue todo lo que quiere – le decía completamente seguro de sí mismo, algo que a ella le encantaba.
Esa noche se veía especialmente hermosa, y no podía negar, que su mujer era clave en sus negociaciones, tenía un porte noble innato, fruto de la minuciosa instrucción de su madre.
Se acercó a ella, le tomó sus mejillas con ambas manos, le encantaba ver de cerca sus ojos azules, ella lo miró con amor, estaba muy enamorada, él la besó y ella correspondió, quitarle todas esas capas de vestuario era un desafío, pero con paciencia Alberto ayudó a quitárselas una tras otra, para cuando terminaron apenas podían contener el deseo, él la llevó directo a la cama, para hacerla suya, todas las formas en que Alberto le hacía el amor la hacía sentir plena, en toda su vida nunca pensó en casarse con un mexicano, y menos que un mexicano la llegaría hacer tan feliz.