Describir el estado de ánimo en el que se puso Noah al saber que Isabela lo había dejado es indescriptible, primero un lacayo le informó de la repentina partida de su mujer, ya que no estaba Festhon para darle la noticia, corrió a las habitaciones de Isabela y las encontró desiertas, no había quedado más que unas cuantas pertenencias desperdigadas, su corazón estaba encogido, pero cuando entró al estudio donde estaba el acta de divorcio firmada por la misma Isabela su tristeza se transformó en furia, tomó la nota donde sin ninguna contemplación le decía que tomara el dinero que se había ganado, lo arrugo apretándole fuerte en su puño y lo arrojó maldiciendo…
- ¡Maldita seas Isabela Ayamonte, y ese estúpido mayordomo traidor también!
También le dolía la partida de Festhon, tenía años trabajando para su familia, había estado ahí desde que su padre era el conde, toda su niñez y juventud había estado siempre ahí en su castillo.
Abrió el acta de divorcio y encontró con mucha tristeza donde Isabela había firmado arriba de su nombre, le pasó sus dedos sobre la firma, tal vez para convencerse de que era real, sus ojos estaban al borde de las lágrimas. Se sentó para poder ordenar sus pensamientos, una combinación de rabia y tristeza.
Paso ahí los siguientes días, consumiéndose en su desesperación, la habitación estaba a oscuras, no sabía cuándo era de noche o de día, en su mente le era imposible imaginar que Isabela lo engañara, le había demostrado en muchas ocasiones que lo quería, pero lo abandonó, eso le demostraba que tanto ella como su hermano habían jugado muy bien sus cartas, ahora eran millonarios, eso es lo único que les había importado desde un principio.
Un día dijo basta de depresión, se levantó y partió rumbo a Londres. En la ciudad se divirtió como nunca, jugó a las cartas, perdiendo y ganado grandes sumas, tomaba hasta quedar sin conciencia, su gusto por las meretrices había cambiado, ya no buscaba rubias de ojos azules, si no morenas de ojos negros, pero en Londres le fueron difíciles de encontrar.
*****
En la mansión de los Ayamonte en México, Isabela continuaba triste, se incorporó a las excavaciones en Teotihuacan para no pensar tanto en Noah, y le funcionaba, eso la distraía. Era muy común ver a Festhon llevarle comida y quedarse las tardes ayudando a limpiar y clasificar las piezas, le había tomado gusto a la arqueología.
-Al menos tú te ves feliz Festhon.
-Estoy en mi elemento – le dijo mientras limpiaba una máscara de turquesa que recién habían encontrado, era una pieza muy valiosa y se había sentido privilegiado cuando se la dieron para que la limpiara, lo que hacía meticulosamente.
Isabela se rio del comentario, al menos no había perdido su capacidad de sonreír.
Ella misma se había prestado para ser la protagonista del ardid, cuando lo estaba planeando nunca pensó que se enamoraría del güero desabrido inglés, que de desabrido no tenía nada, le encaban sus ojos azules, sus labios delgados rojos, su linda sonrisa, extrañaba despertar acurrucada en su pecho blanco, la forma en que la abrazaba, sus besos y caricias.
Festhon recibía las invitaciones de bailes y fiestas y la instaba a que asistiera, le llegaron a presentar jóvenes, a parte de los que ya conocía y le hacían la corte, pero ninguno de ellos era Noah Clifford conde de Doncaster.
Por fin le llegó una buena noticia, le avisaron que el gobierno había aceptado las excavaciones en la zona arqueológica del Meco Yucatán (después Quinta Roo) Isabela pensó que eso le vendría demasiado bien, un paisaje hermoso y cerca del mar, perfecto para olvidar penas.
*****
Festhon jamás imaginó que un mar pudiera ser tan azul, el sol brillaba tanto que le encandilaba los ojos, y el calor era tan intenso que tuvo que olvidarse de sus trajes negro de mayordomo para cambiarlos por camisas de lino y pantalones crema.
- ¿Qué pasa Festhon? ¿extrañas el clima frio de Inglaterra? – le preguntó Isabela burlándose de él.
-Aunque el calor es intenso, el paisaje lo compensa todo, condesa – Isabela de pronto se puso triste, hacía mucho que no la nombraban así.
-Ya no tienes por qué llamarme así, seguramente en estos momentos estoy más que divorciada del conde Doncaster.
-Lo siento señora, no debí…
-No te preocupes Festhon, será mejor que nos preparemos para ir a la excavación.
La excavación estaba financiada por la propia Isabela, el Meco un conjunto de ruinas mayas, se encontraba enclavada en la selva tropical al pie del mar, un paraíso digno de ver, mayordomo y dama se pasaban casi todo el día buscando vestigios de una civilización pasada.
Isabela había rentado una casa muy grande cerca del lugar arqueológico, tenía el dinero suficiente para gastar en comodidades y no iba a escatimar en su estancia, la casa estaba diseñada para que sus habitantes no sufrieran calor, ventiladas y frescas. De manera que cuando regresaban de un arduo día de trabajo, llegaban a descansar a una casa cómoda, y ser atendidos por todo el personal.
A Isabela también le gustaba meterse en el mar y caminar por la playa, pero era en ese momento cuando el recuerdo de Noah le dolía más, quería que estuviera ahí con ella acompañándola, viendo juntos el paisaje que ahora ella tenía frente.