La princesa mística

Capítulo 5

Astra

El ambiente es denso; cargado de tensión y a la espera de algun movimiento incorrecto para poder lanzar el primer ataque.

—Tharás, ¿ya lograste descubrir que tiene Janet? —pregunto sin apartar la mirada de todos, rodeando junto a Jox y Bromar a nuestra colega que se encuentra indefensa en el regazo de un elfo qeu ahora me parece más confiable que toda esta banda de hombres.

—Mueve los ojos y un poco los dedos.

Asiento. Al parecer el efecto de la paralisis ya esta pasando—. Hay que ganar tiempo en lo que hago un plan para salir de aquí. —Guardo de momento la espada. Volteo a ver al hombre que me persiguió por años y no puedo evitar hacer un gesto de desagrado—. Has envejecido.

Se frota la barba—. Los años en mí, si pasan. —Se acerca, dejando a la vista su altura, pero sobre todo, todas las cicatrices marcadas en el cuerpo, producto de grandes batallas; en especial contra los elfos—. Tú te ves igual que la última vez que peleamos—rie—, ¡que tiempos aquellos!

De igual forma rompo la distancia, siendo cautelosa—. ¿Todavía quieres la revancha? Siempre salí victoriosa.

De pronto una daga aparece cerca de mi garganta. Lo recordaba más lento.

—Esta podría ser la excepción, querida. —Amenaza mientras presiona más fuerte hasta que una espada lo hace retroceder no tanto pero lo suficiente para dejarme respirar en paz.

—Aléjate de ella.

—¿Tú eres Jox?

Él frunce el ceño—. ¿Cómo sabes mi nombre?

Silas encoge los hombros—. Sé muchas cosas.

Una sensación dessagradable me recorre la espalda—. ¿Dessde cuándo nos observas? —inquiero.

Suelta una risa grave, la cual termina de contagiar a su ejercito entero.

—¿He dicho algo gracioso?

Nuevamente silencio.

Los ojos azul eléctrico de Silas se tornan peligrosamente observadores—. Si—responde burlón—. Es gracioso que no te has dado cuenta de algo muy importante niña. "Yo gobierno la parte oscura de la humanidad." O al menos así lo llaman los elfos, en realidad deberian decir que gobierno la libertad humana, ¿sabes cuántos de nosotros no deseamos tener una vida tranquila sin necesidad de robar, mentir, matar o extorcionar? Hay padres, abuelos e incluso madres aquí, tratando de llevar unas cuentas monedas a casa. —Señala a todos los presentes—. Mientras tanto esos cerdos estan disfrutando del paraíso verde.

—¡Ustedes destruyeron su propio paraíso! —Grita Tharás.

Trago en seco.

—¿Quién es ese? Me parece nuevo por estas Tierras.

Lo oculto con el cuerpo—. Ve al punto.

Eso lo irrita—. Tengo ojos en cada rincón de este lugar, así como personas dispuestas a servirme cuándo y cómo lo necesite. Supe cuando entraste al mercado, cuando fuiste al bar, cuando secuestraste a ese hombre y que llevas a dos cadáveres por detrás antes de llegar a mí.

—Nos trajiste hasta aquí.

Niega—. Tú sola encontraste el camino.

Aprieto la quijada al pensar en cada una de las cosas—. Manipulaste la información. Sabías que interrogaría a alguien que hablara de ti. Sabías que buiscaria burlar la seguridad y que usaría los túneles. Entonces sí nos trajiste.

Sonrie—. Solo puse las piezas.

Suelto una risa amarga—. Muy conveniente.

—Es divertido cuando las personas creen que están tomando sus propias decisiones.

Cierro los puños antes de que las llamas comiencen a arder. Es normal que se preparará tanto. Años siendo rivales lo mentalizo para enfrentarme. Sabe cómo pienso y actuo. Para su mala suerte, he cambiado.

Jox da un paso al frente. Bromar se acerca y Janet por fin empieza a incorporarse de manera agitada por todo lo que ha escuchado. Si algo odia tanto como yo, es ser manejada como un titere.

Levanto la mano—. No,

Me miran confundidos—. Astra...

—No—repito. Miro de nuevo al hombre—. Quiere que peleemos. Necesita que estemos cansados y desea darles un expectaculo conmigo, ¿no es así? Soy la colección que no pudiste tener en tus años de gloria y mucho menos ahora.

Hace unos cuantos movimientos entre los dedos con la daga—. Mmm, Entonces imagino no quieres lo que buscas.

—Presiento que sabes qué es lo que busco.

Su sonrisa se ensancha—. Presiento que tú sabes que lo sé.

—Entonces ahorrémonos tiempo. —Doy un paso hacia él. Jox intenta detenerme con una mano, pero niego—. No voy a pelear.

Silas observa el movimiento—. Qué decepción.

—Vengo a hacer un trato. —Lanzo dos par de bolsas pequeñas, una de ellas se abre revelando monedas de oro puro. Los murmullos empiezan junto a los ojos brillando de fascinación. Silas, en cambio, parece divertido.

—¿Un trato?

—Tú tienes algo que necesito.

—Probablemente.

—Y yo tengo algo que tú quieres.

Sus ojos recorren mi cuerpo—. Definitivamente.

Aprieto la mandíbula—. El mapa.

Silas guarda silencio y por un instante veo sorpresa en su rostro, como si algo que ya sabía por fin se estuviare materializando. Me lo confirma en cuanto una sonrisa llena de satisfacción le inunda el rostro—. Así que finalmente llegaste hasta eso. Parece que pasaron siglos, niña.

Ruedo los ojos, aburrida de sus acertijos—. ¿Lo tienes?

—Sí.

Mi corazón da un golpe—. Dámelo.

Silas ríe—. No.

Jox resopla—. Sabía que no sería demasiado fácil.

Silas extiende una mano. Uno de sus hombres se acerca y coloca un pequeño estuche negro sobre su palma. Lo abre. Dentro hay un mapa diminuto pero bien conservado. Debe ser preciado para él. Nadie cuida con esmero algo que desprecia.

Mi respiración se detiene cuando lo inclina un poco. No puedo verlo con claridad desde aquí, pero reconozco el símbolo.

El mismo que apareció en las historias. El mismo que quise destruir. Y el mismo que llevo marcado.

Silas vuelve a cerrar el estuche—. ¿Qué quieres de mí?

Levanta los dedos—. Tres cosas.

Jox suelta una carcajada incrédula—. Claro. ¿Por qué no?




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