La lluvia golpeaba con fuerza los cristales de la vieja casa.
Ariana permanecía sentada junto a la ventana, abrazando sus piernas mientras observaba cómo las gotas descendían lentamente por el vidrio. Había pasado las últimas horas mirando aquel mismo paisaje sin realmente verlo.
Todo había cambiado en menos de un día.
Sus padres habían muerto.
Todavía le parecía imposible pronunciar aquellas palabras.
—No puede ser… —susurró.
Sobre la mesa estaba la fotografía familiar que había tomado apenas unas semanas atrás. Su madre sonreía con aquella expresión dulce que siempre conseguía tranquilizarla, mientras su padre fingía estar molesto porque Ariana había insistido en tomar la fotografía durante la cena.
Ariana cerró los ojos.
—Mamá…
Una lágrima recorrió su mejilla.
Habían sido sus padres durante veintidós años.
Sus padres.
No importaba que no compartieran la misma sangre. Ellos la habían criado, protegido y amado desde que tenía memoria.
Nunca le habían hecho sentir diferente.
Nunca le habían dicho que era adoptada.
Al menos, no hasta unos meses antes.
Ariana había descubierto accidentalmente unos documentos guardados en el fondo de un viejo armario. Papeles amarillentos, una fotografía de ella siendo apenas un bebé y un certificado de adopción.
Cuando los enfrentó, su madre había llorado.
Su padre había guardado silencio durante varios minutos antes de confesarle que la habían recibido cuando apenas tenía unos meses de vida.
No sabían quiénes eran sus padres biológicos.
Eso era todo lo que le habían dicho.
O eso había creído.
Porque ahora, mientras observaba aquella casa vacía, Ariana no podía dejar de pensar en una pregunta.
¿Por qué alguien había dejado a un bebé en manos de dos desconocidos?
Y, sobre todo…
¿Quién era ella realmente?
Un ruido proveniente del piso inferior la hizo levantar la cabeza.
Ariana se quedó inmóvil.
—¿Hay alguien ahí?
No obtuvo respuesta.
Se levantó lentamente.
La casa estaba vacía.
Al menos eso creía.
Tomó el viejo bate de béisbol que su padre guardaba junto a la escalera y bajó cuidadosamente.
—Perfecto… —murmuró—. Mis padres mueren y ahora voy a terminar asesinada en mi propia casa. Qué manera tan maravillosa de continuar mi semana.
Llegó a la cocina.
Nada.
Solo una ventana abierta que golpeaba contra la pared.
Ariana soltó el aire que estaba conteniendo.
—Genial. Era el viento.
Cerró la ventana.
Pero cuando se giró, se quedó paralizada.
Sobre la mesa había algo que no estaba allí unos minutos antes.
Una pequeña caja de madera.
Ariana frunció el ceño.
Se acercó.
La caja tenía un símbolo extraño grabado en la tapa.
Parecía una luna rodeada por unas líneas que semejaban garras.
—¿Qué demonios…?
La tocó.
En cuanto sus dedos rozaron la madera, un dolor agudo atravesó su cabeza.
Ariana cayó de rodillas.
Y entonces escuchó una voz.
Una voz femenina.
Lejana.
Desesperada.
Corre.
Ariana abrió los ojos.
—¿Quién eres?
Corre, pequeña.
La voz desapareció.
Ariana respiró agitadamente.
Miró la caja.
Ya no sentía dolor.
Pero había algo más.
Un extraño calor comenzaba a extenderse por su pecho.
Sin saber por qué, abrió la caja.
Dentro había un pequeño medallón plateado.
Lo tomó.
Y, en el instante en que el metal tocó su piel, sus ojos cambiaron durante apenas unos segundos.
De color.
De forma.
Un brillo dorado atravesó sus pupilas.
Ariana no lo vio.
Porque en ese preciso momento alguien golpeó la puerta.
Tres veces.
Toc.
Toc.
Toc.
Ariana guardó rápidamente el medallón dentro de su bolsillo y tomó nuevamente el bate.
—¿Quién es?
—Soy yo.
La voz consiguió que Ariana bajara el arma.
Abrió la puerta.
Una joven de cabello oscuro entró prácticamente corriendo.
—¡Ariana!
—Lía…
Su mejor amiga la abrazó con fuerza.
Ariana se aferró a ella y finalmente rompió a llorar.
Lía no dijo nada.
Solo la sostuvo.
Después de varios minutos, Ariana consiguió tranquilizarse.
—No sé qué voy a hacer.
—No tienes que hacerlo sola.
—Ya no tengo familia.
Lía se apartó y la miró seriamente.
—Sí tienes.
Ariana negó con la cabeza.
—No.
—Me tienes a mí.
Ariana sonrió débilmente.
—Tú eres mi mejor amiga.
—Exactamente. Y pienso seguir siéndolo aunque tengas cincuenta gatos y te conviertas en una anciana insoportable.
Ariana soltó una pequeña carcajada.
—No me gustan los gatos.
—Entonces cincuenta perros.
—Tampoco.
—¿Cincuenta maridos?
Ariana la miró horrorizada.
—¡Lía!
La joven sonrió.
—Ahí está. Esa es mi Ariana.
Por unos segundos, el dolor pareció disminuir.
Pero Lía no tardó en ponerse seria.
—Tengo que decirte algo.
—¿Qué?
—Me voy.
Ariana dejó de sonreír.
—¿Qué?
—No definitivamente.
—Eso espero.
Lía respiró profundamente.
—Darian quiere que me vaya con él.
—¿Darian?
—Sí.
Ariana la conocía.
Darian era el novio de Lía desde hacía casi dos años.
Un hombre misterioso, reservado y extremadamente protector.
Aunque había algo extraño en él.
Algo que Ariana nunca había podido explicar.
—¿A dónde?
Lía dudó.
—A su manada.
Ariana parpadeó.
—¿Su qué?
—Su manada.
—Lía, ¿me estás diciendo que tu novio pertenece a una… secta?
—No.
—¿Una comunidad religiosa?
—No.
—¿Una familia muy rara?
—Tampoco.
—Entonces explícame qué demonios es una manada.
Lía se mordió el labio.