La Princesa Perdida de la Manada

Capítulo 2 — Una vida que terminó demasiado pronto

El amanecer llegó demasiado rápido.

Ariana llevaba toda la noche despierta.

Había intentado dormir, pero cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar aquella voz.

Corre, pequeña.

Después aparecía una imagen.

Una mujer.

Una mujer hermosa, de cabello oscuro y ojos dorados, sosteniendo a un bebé entre sus brazos.

La mujer lloraba.

—Perdóname…

Ariana siempre despertaba antes de escuchar el resto.

Y aquella noche no había sido diferente.

Abrió los ojos de golpe.

El corazón le latía con fuerza.

Se incorporó lentamente y miró alrededor de su habitación.

Todo estaba igual.

La cama.

El armario.

Las fotografías.

Los libros.

Pero algo había cambiado.

Ariana llevó una mano al pecho.

Aquella extraña sensación seguía allí.

Como un calor profundo que parecía venir desde el interior de su cuerpo.

—¿Qué me está pasando?

No obtuvo respuesta.

Naturalmente.

Porque la única persona que podía explicárselo no estaba allí.

Su madre.

Ariana cerró los ojos.

La tristeza volvió a golpearla.

Se levantó de la cama y comenzó a guardar algunas cosas en una maleta.

Ropa.

Documentos.

Fotografías.

Un pequeño álbum familiar.

Cuando abrió el cajón de la cómoda, encontró una fotografía que nunca había visto.

Frunció el ceño.

Era una fotografía antigua.

En ella aparecían sus padres adoptivos.

Pero no estaban solos.

Había otra persona.

Una mujer.

Ariana acercó la fotografía a su rostro.

La mujer tenía aproximadamente treinta años.

Era hermosa.

Cabello largo y oscuro.

Ojos claros.

Y había algo en su rostro que resultaba extrañamente familiar.

Ariana sintió un escalofrío.

Detrás de la fotografía había unas palabras escritas a mano.

Ella debe permanecer oculta.

Ariana dejó de respirar.

—¿Qué significa esto?

La puerta se abrió.

—¡Ariana!

Ella se sobresaltó y escondió la fotografía.

Lía apareció en la habitación con dos vasos de café.

—Buenos días.

—¿Tú sabías que mis padres conocían a una mujer llamada…?

Ariana miró nuevamente la fotografía.

No había nombre.

Solo una fecha.

Veintidós años atrás.

Lía se acercó.

—¿Qué encontraste?

Ariana le mostró la fotografía.

Lía palideció.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Lía.

—Te dije que nada.

Ariana entrecerró los ojos.

—Me estás mintiendo.

—No.

—Sí.

—No.

—Lía.

—Está bien.

La bruja suspiró.

—No sé quién es.

Ariana la observó unos segundos.

—Pero sabes que no es una persona cualquiera.

Lía bajó la mirada.

—No.

—¿Quién es?

—No lo sé.

Ariana guardó silencio.

—Entonces descubriremos quién es.

Lía asintió.

—Pero primero tenemos que irnos.

Dos horas después, una camioneta negra esperaba frente a la casa.

Darian estaba apoyado contra la puerta.

Ariana lo había visto pocas veces, pero nunca había podido evitar sentir que aquel hombre era diferente.

Mucho más grande que la mayoría.

Su mirada era intensa.

Y cuando estaba cerca de Lía, parecía transformarse por completo.

—¿Estás segura de hacer esto? —preguntó Darian.

Ariana miró por última vez la casa.

—No tengo nada que me retenga aquí.

—Esta seguirá siendo tu casa.

Ariana sonrió tristemente.

—Ya no.

Lía se acercó y tomó su mano.

—Vamos.

Ariana respiró profundamente.

Subió al vehículo.

Y cuando la casa desapareció detrás de los árboles, una lágrima recorrió su rostro.

No sabía que acababa de despedirse de su vida humana.

Porque aquella mujer que había sido durante veintidós años estaba a punto de desaparecer.

El viaje duró varias horas.

Ariana intentó dormir.

Fue imposible.

Darian conducía.

Lía iba a su lado.

Y Ariana observaba el paisaje.

Cada vez había menos edificios.

Menos carreteras.

Más árboles.

Finalmente, el vehículo se detuvo frente a una enorme barrera de hierro.

Ariana se incorporó.

—¿Aquí?

Darian asintió.

—Aquí comienza nuestro territorio.

La barrera se abrió.

Y Ariana sintió algo.

Un tirón en el pecho.

Como si algo invisible la hubiera reconocido.

Se llevó una mano al corazón.

—¿Estás bien? —preguntó Lía.

—Sí.

Pero no era verdad.

Porque desde algún lugar del bosque había escuchado un aullido.

No con sus oídos.

Dentro de su cabeza.

Por fin.

Ariana cerró los ojos.

—¿Escucharon eso?

Darian miró a Lía.

—¿Qué cosa?

—Un lobo.

Darian sonrió.

—Aquí hay muchos.

Ariana negó lentamente.

—No.

—¿No?

—Este era diferente.

Darian dejó de sonreír.

Durante unos segundos observó a Ariana por el espejo retrovisor.

Algo dentro de él acababa de despertar.

Su lobo estaba inquieto.

Ella.

Darian frunció el ceño.

—No puede ser.

—¿Qué? —preguntó Lía.

—Nada.

Pero Darian sabía que algo extraño acababa de suceder.

En el palacio, Adrian caminaba de un lado a otro.

Su lobo no dejaba de gruñir.

Está dentro del territorio.

—Eso es imposible.

La sentimos.

—Puede ser cualquier mujer.

No.

Adrian apretó la mandíbula.

—No voy a aceptar a una desconocida como mi pareja.

El lobo respondió con un gruñido.

Ella es nuestra.

—Yo soy el rey.

Y ella será nuestra reina.

Adrian golpeó una mesa.

—¡Basta!

El ruido hizo que varios guardias entraran.




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